lunes, 9 de junio de 2014

La CIA y el atentado al "Sierra Aránzazu"

LA CIA Y EL ATENTADO AL MERCANTE ESPAÑOL “SIERRA ARÁNZAZU”

                                           Tomás Vaquero Iglesias, Piloto de la Marina Mercante
                                           Julio Antonio Vaquero Iglesias, catedrático e historiador


     Al novelista y miembro de  la Real Academia  de la Lengua Española, Luis Mateo Díez, quien escribió en “Lunas del Caribe” una hermosa historia sobre estos hechos y nuestro hermano, con nuestro agradecimiento


  El 13 de septiembre de 1964, el buque mercante español “Sierra Aranzazu” con carga general, muñecas y alimentos, y destino a La Habana, fue atacado, sin previo aviso y salvajemente, cuando navegaba  cerca de las costa de Cuba por dos lanchas de asalto  que causaron la muerte de tres de sus tripulantes: el capitán y dos oficiales. Todavía hoy cuarenta y seis años después, la  finalidad y la autoría del atentado, atribuida a grupos de exiliados anticastristas, siguen sin ser desveladas
La reciente desclasificación de los archivos de la CIA nos  permite, sin embargo, tener numerosos indicios y algunas  pruebas documentales fehacientes de quiénes fueron sus autores y de la intervención de la CIA en el mismo como inductora y participante directa en aquel brutal atentado. Éste es el relato de aquellos hechos.
El contexto del atentado
            Tras la “crisis de los misiles” en 1963 y el acuerdo con la Unión Soviética, la política hacia Cuba del presidente Kennedy dio un giro estratégico. Éste prometió a Kruchev cejar en sus intentos de invadir la isla  y con ello vino el fin de la operación Mangosta, uno de cuyos múltiples objetivos era crear, a través de la subversión, un frente contrarrevolucionario dentro de Cuba. Pero no supuso el abandono del hostigamiento a la revolución cubana, sino la utilización para ello de otros métodos  como eran el aumento de la presión diplomática sobre el régimen de Castro, la guerra económica con la intensificación del bloqueo y la continuación de los planes subversivos,  a través del apoyo a los grupos de exiliados que estaban bajo el control de la CIA desde su estación en Miami,  JM/ WAVE, que continuó existiendo y actuando a pleno rendimiento.   
Controlado y financiado por la CIA, el principal de los grupos anticastristas que operaban en el Caribe, era el Movimiento de Recuperación Revolucionaria  (MRR),   dirigido por Manuel Artime Buesa, conocido como “el chico de oro” de la CIA, quien  había tenido un papel protagonista como dirigente en la  Brigada 2506 en la fracasada invasión de Bahía Cochinos. El MRR fue financiado generosamente por la CIA: 4.933.293 dólares entre junio de 1963 y junio de 1964 para costear  armas, gastos de mantenimiento de  barcos, y compra de una avioneta y pequeños botes y pagar la nómina de los 385 hombres con que contaba la organización terrorista en los campos de entrenamiento de Nicaragua y Costa Rica, adonde se había desplazado el MRR en 1963 para que sus operaciones se realizasen fuera del territorio  de Estados Unidos y  eximir así de responsabilidad al Gobierno norteamericano. .
Para gestionar la dirección de esa nueva política hacia Cuba y organizar  los planes contrarrevolucionarios contra la Isla, se creó la Oficina de Coordinación de Asuntos Cubanos cuyo coordinador asumía la responsabilidad tanto de las operaciones legales en relación con la Isla como de las  acciones terroristas encubiertas. Entre éstas,  la de contactar con posibles disidentes dentro del ejército cubano para invadir Cuba y  derrocar a Castro.
 Tras el asesinado de Kennedy en noviembre de 1963, el nuevo presidente, L. B. Johnson. mantuvo, en líneas generales, la  política de su antecesor hacia Cuba, pero con ciertos matices, como eran los  de establecer un control más efectivo sobre los grupos anticastristas y acentuar aún más el bloqueo comercial sobre Cuba.  Sin duda, esa nueva situación era el caldo de cultivo idóneo  para que el MRR- deseoso de justificar la abundante financiación que recibía de la CIA que corría el peligro de suspenderse-,  y la  propia Agencia- con la intención de acabar de una vez con el comercio hispanocubano, que se había convertido en un balón de oxígeno para Castro- organizasen un sonado atentado contra alguno de los barcos españoles que llevaba mercancías a Cuba
Por parte española, la política de mantener relaciones comerciales con la Cuba revolucionaria fue una decisión personal de Franco. Decisión que vino determinada por el peculiar y contradictorio sentimiento “antinorteamericano” del dictador derivado de la derrota del ejército español en el 98; pero que  era también consecuencia de su pasión como gallego por todo lo referido a la isla caribeña, nacida de la estrecha vinculación entre  Galicia y Cuba a causa de la tradicional y numerosa colonia de esa región  en la Isla. Por ello, ni el famoso incidente del embajador Lojendio con Castro ante las cámaras de la televisión cubana, ni el bloqueo norteamericano que produjo la “crisis de los misiles” cambiaron su decisión inicial  de seguir manteniendo relaciones comerciales y políticas con la Cuba de Castro. 
El ataque y sus repercusiones
Las medidas estrictas de bloqueo económico de Cuba de la Administración Kennedy a  partir del 25 de octubre de 1962 que establecieron la negativa a admitir en puertos norteamericanos a barcos que participasen en el tráfico cubano, llevaron a la COMPAÑÍA  TRASATLÁNTICA ESPAÑOLA a abandonar sus viajes a la Isla. Con el permiso personal y directo de Franco, el comercio hispanocubano continuó con los barcos de MARÍTIMA DEL NORTE y las mercancías de CILASA, compañía que venía comerciando activamente con Cuba. Desde el inicio de ese nuevo tráfico, a base de mercancía general, no prohibida por el bloqueo, hasta el ataque al “Sierra Aranzazu”, se habían realizado veinte viajes a Cuba con plena normalidad, a pesar de la fuerte presión americana y las frecuentes protestas de los exiliados anticastristas.
El domingo, 13 de septiembre de 1964, el “Sierra Aránzazu” navegaba a 70 millas del extremo oriental de la costa cubana. A mediodía, un avión de reconocimiento norteamericano sobrevoló el barco, y sobre las 20 horas, después de que una lancha desconocida se acercase al mercante identificándolo, dos lanchas rápidas, una  por babor y otra por estribor, procedentes de un buque nodriza, sin previo aviso y ninguna identificación, abrieron fuego de ametralladora con balas perforadoras, incendiarias y explosivas, y disparos de cañón preferentemente sobre el puente, los alojamientos y la superestrusctura del barco, con claro ánimo de causar los mayores daños humanos y materiales. El resultado fue el incendio del buque y tres marinos gravemente heridos y otros siete de  distinta consideración. En el bote en el  que la tripulación abandonó el buque fallecieron el capitán, Pedro Ibargurengoitia, el tercer oficial de máquinas, José Vaquero, y, más tarde, en el barco holandés que los recogió y evitó con ello una tragedia mayor, el segundo oficial de puente, Francisco Javier Cabello.
La noticia del atentado fue recogida  por la prenda de todo el mundo y en España levantó una ola de indignación que se manifestó, incluso, con una manifestación ante la embajada americana en Madrid y algunos actos de protesta en otros puntos de España. Sin embargo, la petición del  Gobierno español ante la Secretaria de Estado norteamericana para la identificación de los autores no obtuvo ningún resultado. El informe encargado al FBI no aclaró nada y el informe definitivo prometido por la Secretaria de Estado nunca vio la luz.
La participación de la CIA y la actitud del Gobierno franquista
            Las hipótesis que se han venido manteniendo sobre la autoría y las razones del atentado quedan hoy invalidadas por los indicios y datos con que contamos procedentes de la documentación desclasificada de los archivos de la CIA y otras fuentes. La autoría fue obra  del MRR desde una de sus bases en Nicaragua y se llevó a cabo por un buque nodriza que alojaba dos lanchas rápidas de  asalto que fueron las que realizaron el ataque. El ejecutor del mismo fue el grupo anticastrista MRR dirigido por Artime  Constatar  que el autor del atentando fue el MRR es lo mismo que decir que fue obra de la CIA, dado el total control financiero y operativo que la Agencia tenía sobre este grupo anticastrista. Pero es que, además, hay indicios documentales de la participación en el mismo de miembros de la Agencia. Queda fuera de toda duda, por otra parte, que la acusación  de que los autores habían sido los cubanos no fue sino una intoxicación procedente de la Oficina de Coordinación de Asuntos Cubanos y de la CIA.
            En cuanto a la finalidad del atentado, tampoco puede aceptarse la hipótesis muy  difundida de que el ataque fue una especie de venganza de los anticastristas contra el barco español, porque en su viaje anterior  se había descubierto un polizón cubano a bordo y el capitán lo había devuelto a la Isla, entregándolo a las autoridades castristas. La falsedad de esa interpretación ha sido rebatida por la propia Naviera Marítima del Norte y no existe ninguna prueba documental contrastada de haberse producido ese hecho, que hay que interpretarlo también como un rumor propalado con una función interesada y  justificadora procedente de los medios del exilio cubano.
               Cuando las protestas del Gobierno español arreciaron y ya era evidente la intervención del MRR, Artime y la CIA difundieron la interpretación de que el atentando no había sido un plan premeditado sino el resultado de un error fatal. El barco del MRR se habría encontrado por “casualidad” con el “Sierra Aranzazu”, confundiéndolo con una de sus presas más apetecidas, el buque cubano “Sierra Maestra”. Además de ser inaceptable tal “confusión” como demuestra el relato de los hechos, hemos encontrado entre la documentación desclasificada un cable de un agente de la CIA dirigido a la Central  que nos demuestra sin ningún tipo de dudas que el ataque  fue previa y cuidadosamente organizado. A la vez que su contenido nos permite constatar otra vez la participación en el mismo del MRR y la sorprendente revelación de que la policía  española había averiguado su carácter premeditado y, consecuentemente, que el Gobierno franquista tuvo ya en aquellos días conocimiento de ello.
En el mencionado cable, el agente informa a la CIA de una reunión que había tenido con un tal Blanco, en la que éste le comenta  su intención de viajar a París para llevar a cabo determinados planes para el asesinato de Fidel Castro, y le informa que en la capital francesa mantendrá un contacto con “la persona que organizó  el ataque al “Sierra Aránzazu” mediante el pago al radio operador que envió  la posición a las naves atacantes”, y que ese radio operador “había contado todo a la policía española”.
  El citado Blanco no era sino el cubano Alberto Blanco Romariz, uno de los más estrechos colaboradores del oficial de alta graduación del ejército cubano Rolando Cubela Secades  que era cabeza de un grupo disidente  del ejército castrista colaborador con la CIA en un plan para asesinar y derrocar  a Castro en connivencia con Manuel Artime y el MRR. Es plausible suponer que la mencionada cita de Blanco en París era con algún miembro del MRR para la organización del “gran plan” de matar al presidente cubano.

Durante cuarenta y seis años este vandálico acto de terrorismo de Estado  se ha mantenido oculto- con la connivencia del Gobierno español de aquel tiempo- tras un espeso e interesado manto de silencio.  De ahí que el propósito de estas líneas haya sido tratar de establecer la verdad histórica acerca de aquel atentado, pero también- y sobre todo- obtener una suerte de justicia moral en memoria de los tres marinos españoles asesinados y el resto de la tripulación masacrada. Éste ha sido nuestro principal interés. En alguna medida esperamos haberlo conseguido.

sábado, 7 de junio de 2014

PRIMAVERA REPUBLICANA

                                  
                                          PRIMAVERA  REPUBLICANA

                                                            JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

Es cosa sabida. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. Y más en este año y este mes que conmemoramos no sólo el setenta aniversario del  final de la guerra civil, sino también el septuagésimo del fin de la Segunda República, porque ni la guerra civil fue una consecuencia necesaria de la República ni, en puridad, la  República terminó con el inicio del conflicto civil. Todos sabemos, decía, que el republicanismo, con más de cien años de historia en nuestro país, fue en España  algo más que una corriente política, una cultura política, identificada con la defensa y la implantación de la democracia  frente a la Monarquía que hasta la Transición o bien fue la expresión del absolutismo o bien  encarnó la realidad histórica del liberalismo oligárquico.
Por eso, como trata de explicar el reciente y ambiguo libro de  Ángel Duarte, El otoño de un ideal (Alianza  Editorial, 2009) escrito desde la exclusiva y excluyente  perspectiva del republicanismo liberal, sólo se puede considerar como una paradoja aparente el que mientras el republicanismo histórico  sobrevivió con gran esfuerzo y enormes dificultades  a las difíciles circunstancias del exilio y fracasó en su objetivo final de restaurar la República tras el fin de la dictadura , en estos últimos años de nuevo esa ideología haya  reverdecido  como si una nueva primavera republicana  rebrotase otra vez.
 No sólo las condiciones internas para la supervivencia en el exilio del republicanismo histórico fueron extremadamente duras y negativas, incluidas las profundas divisiones que existieron entre sus diferentes componentes, acentuadas incluso con el anticomunismo que la Guerra Fría propició en los medios del sector liberal del republicanismo exiliado,  sino que, además, la coyuntura internacional impuesta por el enfrentamiento de los dos bloques fue definitiva en el  fracaso de las aspiraciones  políticas  de la comunidad republicana en el exilio.
A pesar de sus grandes esfuerzos  para adaptar sus contenidos a los nuevos tiempos y adecuar a ellos una nueva estrategia que siempre tuvo, sin conseguirlo nunca del todo, como uno de sus  objetivos  principales la unión de todas sus corrientes y tendencias, el republicanismo histórico en el exilio no logró conectar ni influir decisivamente en la oposición interior al franquismo. .
Las aspiraciones del republicanismo histórico de restaurar en España el régimen democrático republicano, recibieron su herida de muerte con la incorporación del régimen franquista a las instituciones supranacionales como expresión de la consideración de España por el bloque occidental  como bastión para impedir la expansión del comunismo en el flanco sur de Europa. El espaldarazo simbólico definitivo de ese apoyo a la dictadura franquista parte del amigo americano fue  la venida a nuestro país en 1959 del presidente  Eisenhower.  
 Si a esa trayectoria sumamos la destrucción sistemática que el franquismo llevó a cabo de la memoria republicana y el olvido meditado que supuso para la misma la transición pactada que nos condujo a la democracia coronada en que vivimos, y que supuso incluso la renuncia de la izquierda a la defensa de la forma de gobierno republicano, tenemos la explicación del papel político escasamente relevante que el republicanismo histórico ha  tenido en nuestra etapa democrática. Sin embargo,  la ideología republicana ha renacido  en estos últimos años con una gran fuerza como el ave Fénix de sus cenizas. Las razones  de ese  renacimiento son, desde luego, complejas.
Sin duda,  ha tenido que ver con ello, como apunta Duarte en El otoño de un ideal, la clausura que supuso 1989 para la opción emancipadora comunista y la necesidad de la izquierda de buscar alternativas en otros horizontes ideológicos como eran los de la teoría política republicana que la   filosofía política actual no había dejado nunca de estudiar y remozar. Pero, aun con toda la importancia que hay que dar a ese nuevo escenario político e ideológico internacional, me parece que es necesario ir más allá de esta explicación monocausal
 Ese republicanismo renacido  tiene también mucho que ver con la situación que presenta nuestro sistema democrático y está impregnando de nuevo, aunque con distintos grados y matices, la visión política  de amplios sectores de la izquierda española. Izquierda  que,  o  ha vuelto sobre sus pasos y  abre sus horizontes hacia una III República, o, como es el caso de la izquierda que sustenta el partido que nos gobierna, pone el acento en una república coronada. Y en el origen  de este nuevo republicanismo también han influido, sin duda, la acción y el testimonio de las fuerzas políticas  republicanas de izquierda y las diversas organizaciones republicanas que han subsistido en la etapa democrática, con su labor de difusión de la memoria de la II República y su defensa de los valores republicanos. Aspectos que si  se mencionan en El otoño de un ideal, no se relacionan, sin embargo, con el despertar del nuevo espíritu republicano en este confuso y difuso libro que estamos comentando.    
  Este nuevo espíritu republicano  hay que ponerlo, pues, también en relación con la baja calidad de la democracia que ha traído la Transición con su clara deriva hacia la partitocracia. Esa deficiente realidad política que vivimos  ha convertido los valores cívicos republicanos  y la mayor intensidad en la participación ciudadana que defiende el republicanismo no sólo en un horizonte deseable, sino necesario para una verdadera regeneración democrática. Del mismo modo que la colusión de las posiciones del sector neocon de nuestra derecha con las actitudes fundamentalistas de la jerarquía eclesiástica española, revaloriza y sigue haciendo necesario aún más hacer realidad los valores del laicismo republicano. En fin, un republicanismo que entendido así no parece ser ni fruto de la nostalgia ni vano y fútil empeño político, como le achacan sus detractores.   
  
Es cosa sabida. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. Y más en este año y este mes que conmemoramos no sólo el setenta aniversario del  final de la guerra civil, sino también el septuagésimo del fin de la Segunda República, porque ni la guerra civil fue una consecuencia necesaria de la República ni, en puridad, la  República terminó con el inicio del conflicto civil. Todos sabemos, decía, que el republicanismo, con más de cien años de historia en nuestro país, fue en España  algo más que una corriente política, una cultura política, identificada con la defensa y la implantación de la democracia  frente a la Monarquía que hasta la Transición o bien fue la expresión del absolutismo o bien  encarnó la realidad histórica del liberalismo oligárquico.
Por eso, como trata de explicar el reciente y ambiguo libro de  Ángel Duarte, El otoño de un ideal (Alianza  Editorial, 2009) escrito desde la exclusiva y excluyente  perspectiva del republicanismo liberal, sólo se puede considerar como una paradoja aparente el que mientras el republicanismo histórico  sobrevivió con gran esfuerzo y enormes dificultades  a las difíciles circunstancias del exilio y fracasó en su objetivo final de restaurar la República tras el fin de la dictadura , en estos últimos años de nuevo esa ideología haya  reverdecido  como si una nueva primavera republicana  rebrotase otra vez.
 No sólo las condiciones internas para la supervivencia en el exilio del republicanismo histórico fueron extremadamente duras y negativas, incluidas las profundas divisiones que existieron entre sus diferentes componentes, acentuadas incluso con el anticomunismo que la Guerra Fría propició en los medios del sector liberal del republicanismo exiliado,  sino que, además, la coyuntura internacional impuesta por el enfrentamiento de los dos bloques fue definitiva en el  fracaso de las aspiraciones  políticas  de la comunidad republicana en el exilio.
A pesar de sus grandes esfuerzos  para adaptar sus contenidos a los nuevos tiempos y adecuar a ellos una nueva estrategia que siempre tuvo, sin conseguirlo nunca del todo, como uno de sus  objetivos  principales la unión de todas sus corrientes y tendencias, el republicanismo histórico en el exilio no logró conectar ni influir decisivamente en la oposición interior al franquismo. .
Las aspiraciones del republicanismo histórico de restaurar en España el régimen democrático republicano, recibieron su herida de muerte con la incorporación del régimen franquista a las instituciones supranacionales como expresión de la consideración de España por el bloque occidental  como bastión para impedir la expansión del comunismo en el flanco sur de Europa. El espaldarazo simbólico definitivo de ese apoyo a la dictadura franquista parte del amigo americano fue  la venida a nuestro país en 1959 del presidente  Eisenhower.  
 Si a esa trayectoria sumamos la destrucción sistemática que el franquismo llevó a cabo de la memoria republicana y el olvido meditado que supuso para la misma la transición pactada que nos condujo a la democracia coronada en que vivimos, y que supuso incluso la renuncia de la izquierda a la defensa de la forma de gobierno republicano, tenemos la explicación del papel político escasamente relevante que el republicanismo histórico ha  tenido en nuestra etapa democrática. Sin embargo,  la ideología republicana ha renacido  en estos últimos años con una gran fuerza como el ave Fénix de sus cenizas. Las razones  de ese  renacimiento son, desde luego, complejas.
Sin duda,  ha tenido que ver con ello, como apunta Duarte en El otoño de un ideal, la clausura que supuso 1989 para la opción emancipadora comunista y la necesidad de la izquierda de buscar alternativas en otros horizontes ideológicos como eran los de la teoría política republicana que la   filosofía política actual no había dejado nunca de estudiar y remozar. Pero, aun con toda la importancia que hay que dar a ese nuevo escenario político e ideológico internacional, me parece que es necesario ir más allá de esta explicación monocausal
 Ese republicanismo renacido  tiene también mucho que ver con la situación que presenta nuestro sistema democrático y está impregnando de nuevo, aunque con distintos grados y matices, la visión política  de amplios sectores de la izquierda española. Izquierda  que,  o  ha vuelto sobre sus pasos y  abre sus horizontes hacia una III República, o, como es el caso de la izquierda que sustenta el partido que nos gobierna, pone el acento en una república coronada. Y en el origen  de este nuevo republicanismo también han influido, sin duda, la acción y el testimonio de las fuerzas políticas  republicanas de izquierda y las diversas organizaciones republicanas que han subsistido en la etapa democrática, con su labor de difusión de la memoria de la II República y su defensa de los valores republicanos. Aspectos que si  se mencionan en El otoño de un ideal, no se relacionan, sin embargo, con el despertar del nuevo espíritu republicano en este confuso y difuso libro que estamos comentando.    
  Este nuevo espíritu republicano  hay que ponerlo, pues, también en relación con la baja calidad de la democracia que ha traído la Transición con su clara deriva hacia la partitocracia. Esa deficiente realidad política que vivimos  ha convertido los valores cívicos republicanos  y la mayor intensidad en la participación ciudadana que defiende el republicanismo no sólo en un horizonte deseable, sino necesario para una verdadera regeneración democrática. Del mismo modo que la colusión de las posiciones del sector neocon de nuestra derecha con las actitudes fundamentalistas de la jerarquía eclesiástica española, revaloriza y sigue haciendo necesario aún más hacer realidad los valores del laicismo republicano. En fin, un republicanismo que entendido así no parece ser ni fruto de la nostalgia ni vano y fútil empeño político, como le achacan sus detractores.   

   ( Publicado en el suplemento Cultura de La Nueva España (Asturias)

lunes, 26 de mayo de 2014

 CONTRA EL CANON FRANQUISTA
         JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
            

Cuando se cumple  el aniversario de los 75 años del final de la Guerra Civil, todavía, como demuestra el historiador Ángel Viñas en este libro, muchos de los tópicos  que el canon  interpretativo franquista difundió durante los casi cuarenta años de  dictadura , se mantienen, a pesar de  los avances que la historiografía sobre el conflicto ha venido realizando, sobre todo, después del final del régimen franquista. Y ello es debido, en gran medida, al hecho de  que durante la etapa democrática ha surgido, con evidentes funciones presentistas, un neorevisisionismo historiográfico que ha venido reformulando aquellas interpretaciones con otros argumentos y justificaciones    
            Difundir las aportaciones que ha realizado uno de  los más destacados historiadores de la Guerra Civil como  Ángel Viñas,  quien se ha destacado, además,   por su beligerancia  contra los mitos que ese mencionado neorevisionismo trata de mantener, es el objetivo de este libro (75 sños después. Las calves de la Guerra civil española, Ediciones B, 2014 ) que congruentemente con esa finalidad adopta  la forma de unas conversaciones con nuestro historiador que ha llevado a cabo con maestría y un buen conocimiento del tema y de la obra Viñas, Mario Amorós (autor, por cierto, de una reciente y excelente biografía sobre Allende).
            Viñas, economista de formación, llegó de la mano de Enrique Fuentes Quintana al tema de la historia de la Guerra Civil cuando éste le encargó un trabajo sobre la participación en la sublevación militar de la Alemania nazi y posteriormente le dirigió  su tesis de doctorado sobre La Alemania nazi y el 18 de julio, en la que Viñas  demostraba que el III Reich no había participado en el golpe militar de los sublevados y explicaba cuáles habían sido las razones de Hitler para el apoyo posterior al bando franquista. Desde entonces hasta hoy- con períodos de mayor o menor intensidad- sus aportaciones al tema de nuestra Guerra Civil han sido continuas. Sobre todo, a partir del comienzo de siglo con la publicación de su tetralogía sobre la República en guerra, donde con una abrumadora documentación procedente de numerosos archivos españoles y extranjeros, nos ha proporcionado la visión más sólida que tememos sobre el desarrollo de la Guerra Civil.
Del fruto de esa ingente labor historiográfica Amorós conversa con Viñas, dejando en claro y desmontando las innumerables falacias que contiene  el canon interpretativo franquista.  Desde la del “oro de Moscú”, esto es, la interpretación difundida por el franquismo de que la salida del oro español hacia Moscú fue un expolio facilitado por Negrín y no el pago a precio de mercado de la ayuda militar soviética  hasta la de  la justa reivindicación de la figura de éste, a quien Viñas destaca como un gran estadista y no un títere de Stalin y los comunistas. Mito que no sólo han alimentado las fuertes franquistas, sino que también contribuyeron  a difundir en  el exilio  determinados socialistas como Largo Caballero y Prieto , pasando por la negación del mito de la inevitabilidad de la Guerra Civil  o de la revolución de Octubre como la causa inmediata del conflicto; o la supuesta  voluntad oculta  de los comunistas de transformar la democracia republicana en un régimen comunista, interpretación difundido por los franquistas en el favorable caldo de cultivo de la guerra fría  como una  de sus  principales  justificaciones para legitimar su sublevación militar
Viñas deja  claro también la importancia que tuvo la trama civil en el golpe de Estado, al realizar ésta  una importante labor a favor de los sublevados en los medios diplomáticos de los países democráticos, sobre todo, en el caso de Inglaterra. Lo que unido a los  intereses geopolíticos e ideológicos de  este país (cuyo Gobierno conocía de antemano la inminencia del golpe de Estado y no se lo comunicó al republicano)   explica el decisivo papel que ejerció en la implementación  de  la política de no intervención que fue una de las principales causas de la derrota de la República. Además de la inhibición de Inglaterra, esa trama civil concretó la ayuda militar de la Italia fascista De hecho, en un reciente trabajo nuestro historiador descubrió los cuatro  contratos que a principio de julio de 1936 los conspiradores firmaron con la Italia fascista para  adquirir 47  aviones modernos además de otras armas ligeras y municiones. Lo que demuestra hasta qué punto los conspiradores preveían que el golpe militar iba a terminar en una guerra civil. Desmonta así la falacia que difundió la historiografía franquista y siguen defendiendo todavía hoy muchos historiadores profranquistas de que fue el desorden público que culminó en el asesinato de Calvo Sotelo la causa determinante del inicio de la rebelión militar.
 El historiador madrileño ha aportado además en un difundido libro reveladores datos sobre el papel de Franco en la conspiración. Considera con abundante documentación y sólidos argumentos que Franco, en ese momento comandante militar de Canarias con base en Tenerife,  fue el responsable  de la muerte del general Balmes, gobernador militar de Las Palmas, contrario al golpe de Estado, como condición necesaria para poder sublevar Canarias y trasladarse él a Marruecos y  ponerse  al frente del ejército de África.  
Uno tras otro, todos los temas polémicos y controvertidos  de la Guerra Civil ( Paracuellos, Gernika, el asesinato de Andreu Nin, el golpe de Casado, las relaciones de Franco con Hitler y Mussolini o las del PCE con Stalin…) se tocan en esta conversación y, sobre todos, tiene Viñas un visión original y bien fundamentada en la copiosa documentación que ha analizado, visión que contradice sustancialmente la versión profranquista del conflicto que todavía se pretende mantener con una finalidad ideológica presentista. No es extraño, pues, que, como prueba este oportuno libro, nuestro historiador sea uno de los más activos combatiente en favor de la .  desmitificación de la visión franquista  de la Guerra Civil.
(Publicado en  Cultura  de La Nueva España de Oviedo el 15 de mayo de 2014)    
           


martes, 20 de mayo de 2014

Franco el asesinato del geneeral Balmes

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Franco y el asesinato del general Balmes 

Las indagaciones de Ángel Viñas sobre los preliminares del golpe que provocó la Guerra Civil


JULIO  ANTONIO VAQUERO IGLESIAS




Franco y el asesinato del general Balmes
Franco y el asesinato del general Balmes  
 MULTIMEDIA
 ¿Cuál fue la participación de Franco en la conspiración que llevó al golpe de Estado de julio de 1936? Ángel Viñas, aprovechando la circunstancia del 75.º aniversario del inicio de la Guerra Civil y siguiendo con su tarea de desmitificar diversos aspectos sobre el conflicto a base de la utilización de nueva y no explotada documentación, nos proporciona en este libro, La conspiración del General Franco (Crítica, 2011), una nueva versión de la participación del dictador en el origen del golpe desde su destino de comandante militar de Canarias, donde el Gobierno de la República le había destinado para alejarlo de la Península como uno de los probables implicados en la conspiración militar.

La respuesta que da Viñas a esa pregunta sobre la participación de Franco en la preparación del golpe militar es demoledora e implica una nueva lectura del origen de la sublevación. Para poder garantizar su éxito en Canarias y trasladarse desde allí a Marruecos para ponerse al frente del ejército colonial español, según el papel que le había asignado «el Director», el general Mola, en el golpe de Estado, Franco ordenó el asesinato del general Amado Balmes, que tenía bajo su mando directo las fuerzas de Gran Canaria. Éste, a pesar de lo que ha venido defendiendo hasta ahora la historiografía profranquista, no era proclive, como demuestra Viñas con datos y deducciones bien fundamentadas, a sumarse al golpe de Estado. Entre las deducciones, apunta Viñas la negativa posterior del dictador a la petición de su viuda durante la guerra para que se le declarase muerto en acto de servicio para así conseguir una pensión mayor. E, incluso, hace referencia a una entrevista secreta entre ambos, de la que deduce que Franco no debió salir muy satisfecho en sus pretensiones de contar con el general zaragozano para la sublevación.

El general Balmes, según la versión de la historia oficial de la guerra de los vencedores, renovada hoy por los pseudohistoriadores revisionistas, habría fallecido a causa de un desgraciado accidente dos días antes de iniciarse la sublevación en Canarias, al disparársele una pistola cuando hacía prácticas de tiro y trató de desencasquillar su pistola apoyándola sobre su estómago. La causa accidental de su muerte ya había sido puesto en duda por algunos historiadores e incluso personajes de la época (el propio Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y ayudante de Franco, duda en sus memorias de ese «accidente» y se inclina por un suicidio y hasta por un probable asesinato). Pero es Viñas en este libro el que, en un excelente ejercicio entre historiográfico y detectivesco, no sólo echa abajo con gran fundamento la hipótesis del «accidente», sino que defiende la tesis de que la muerte de Balmes fue un asesinato dentro de un complot maquinado por Franco para garantizar el triunfo de la sublevación en Las Palmas. No habría sido, pues, circunstancial la llegada desde Tenerife el 17 de julio a Las Palmas de Franco para asistir al sepelio del general fallecido. Lo que le dio, así, la oportunidad de apoyar la preparación de la sublevación en Las Palmas y de viajar a Tetuán para ponerse al mando del Ejército sublevado de Marruecos en el «Dragon Rapide», el cual, según su voluntad, había aterrizado y le esperaba en el aeródromo de Gando.

El presunto asesinato del general Balmes el día 16 de julio habría sido, de ser cierta la interpretación de Viñas, el acto germinal de la sublevación militar, y Franco, el primer sublevado. Y echaría abajo, además, la interpretación muy extendida de que el general gallego habría decidido sólo en el último momento su incorporación a la sublevación. Aunque estuviera lejos del centro donde se tejían los hilos de la conspiración, lo cierto es que Franco mantuvo permanente comunicación con Mola y los otros conspiradores y fue él mismo el que decidió cuándo y dónde debía recogerlo el avión que la trama civil de la conspiración había alquilado en Inglaterra para su traslado a Marruecos. Ambas circunstancias, fecha y lugar, estarían, así, estrechamente vinculadas con el plan de la «eliminación» del general Balmes.

Viñas fundamenta su tesis a través de un abrumador y sólido análisis documental y especulativo-deductivo tanto de las circunstancias, contradicciones y sospechosas lagunas (las diligencias judiciales del caso, así como el resultado de la autopsia, han desaparecido) del «accidente» del general Balmes como de todo lo relativo a la organización y vicisitudes del vuelo del «Dragon Rapide» hasta Canarias. Sus pesquisas sobre el asesinato le llevan incluso a deducir quién fue el probable ejecutor material del mismo, aunque no explicite su identidad por falta de pruebas materiales Respecto al vuelo del «Dragon Rapide», rectifica la versión propagandística y sesgada que sobre el mismo había dado uno de sus organizadores y pasajero, el corresponsal de ABC Luis Antonio Bolín, versión que hasta ahora todos los historiadores daban como válida. Y esa nueva versión del vuelo le permite al autor extraer importantes conclusiones para sus tesis.

La sombra de esta primera parte del libro acerca el presunto asesinato del general Balmes ordenado por Franco es, sin duda, alargada y puede dejar en la penumbra a sus otras dos partes, que son, sin embargo, tan interesantes por su calidad y por su contenido como la primera. Una, de corte propiamente historiográfico, con utilización de nuevas y desconocidas fuentes que matizan en gran medida la literatura que existe acerca el tema, sobre las razones de la actitud de Inglaterra contra la República y el decisivo papel que en esa actitud jugó la embajada británica en Madrid bajo la dirección de sir George Grahame. La última parte del libro -y no por ello menos importante- es de carácter ensayístico, se titula «La batalla por la verdad» y desarrolla un conjunto de bien fundamentadas reflexiones -muy apropiadas en relación con el aniversario que se conmemora del inicio del estallido de la sublevación militar de 1936- acerca de las mistificaciones pasadas y actuales de la literatura sobre la Guerra Civil y su explicación histórica e ideológica y cuál debería ser el modo científico con que los historiadores tendrían que abordar su historia. Son las reflexiones de un historiador maduro que aborda esta importante cuestión no sólo con objetividad, sino hasta con una cierta beligerancia que a algunos lectores puede parecerles excesiva, pero que a otros, como el que escribe estas líneas, nos satisface plenamente.

martes, 13 de mayo de 2014

La ideología de la nueva reforma educativa

Las medidas del ministro Wert están cargadas de neoliberalismo y neoconservadurismo 









La ideología de la nueva reforma educativa  
JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS Ya lo dijo Karl Mannheim en su conocida obra sobre la ideología. No hay discurso más ideológico que aquel que se presenta como no ideológico. Y una vez más este aserto se cumple con el anteproyecto de la ley orgánica para la mejora de la calidad educativa con el que se pretende contrarreformar nuestro sistema educativo. El señor ministro de Educación, Cultura y Deporte, señor Wert, lo ha presentado negando explícitamente su condición de ideológico y alabando su naturaleza de ley aséptica y exclusivamente funcional y práctica. No es sólo que esa declaración cause cierta hilaridad (sobre todo proviniendo de alguien que es sociólogo de formación) al atribuirlo a una materia especialmente ideológica como la educación, sino que un análisis de las medidas que desarrolla tal anteproyecto legislativo muestra precisamente todo lo contrario: remiten claramente a las dos fuentes ideológicas que lo han inspirado: el neoliberalismo y el neoconservadurismo.

El neoliberalismo educativo considera la educación como un negocio y, como tal, la gestión de la educación pública debe responder a criterios mercantiles introduciendo la competitividad y los procedimientos de gestión privada en los centros educativos. Del mismo modo que el sistema educativo público, más que tener como finalidad la formación integral de los alumnos, busca para esa ideología prioritariamente como objetivo último su formación para el mercado de trabajo, que en el capitalismo actual debe ser la formación una mano de obra barata y flexible, apta para adaptarse a cualquier clase de tarea o trabajo. Basta simplemente echar una ojeada al contenido del anteproyecto presentado por el ministro Wert para percibir el tufo neoliberal que desprende todo su texto. Mencionemos algunos. El currículo escolar se centra y da prioridad a las disciplinas instrumentales básicas en la formación de la mano de obra flexible y barata que requiere el nuevo capitalismo. Las disciplinas de carácter humanístico quedan minusvaloradas en el currículo oficial propuesto; el adelantamiento al tercer curso de la opción de elección entre Formación Profesional o Bachillerato busca la desviación hacia esta última de una gran parte del alumnado como fuente de formación de mano de obra flexible y barata. Por otro lado, los centros educativos tendrán una autonomía que les permita alcanzar un perfil singular buscando que se establezca la competitividad entre ellos...

La otra fuente ideológica de la que se nutre la propuesta reforma educativa es el neoconservadurismo. Esta ideología considera la escuela pública gratuita como una red subsidiaria de la red de colegios concertados y privados. Esto es, la existencia de una doble red. Una red pública para la formación de las clases populares y medias, bajas, y la red privada para las élites y las clases altas. A la red pública se le atribuye la doble función de cubrir las necesidades de formación de mano de obra de escasa cualificación y la de contribuir a reproducir los valores y la cultura conservadores que permitan mantener la hegemonía ideológica neoconservadora sobre el conjunto de la sociedad. Concibe, además, el sistema educativo público como un filtro o un sistema selectivo que trata que la mayoría, los de abajo, sólo recorra los peldaños inferiores del sistema público y sólo las minorías, miembros de las clases altas, cubran, en el sistema privado preferentemente, todas sus etapas y alcancen así los títulos más elevados y hasta los niveles de excelencia académica.

La lectura del texto del anteproyecto muestra también por doquier la influencia de la ideología neoconservadora. Entre otras, el filtro que van a suponer las tres pruebas nacionales de reválida tras cada una de las etapas del sistema educativo. La creación de una Formación Profesional Básica estigmatizadora para aquellos alumnos que no superen la Educación Secundaria Obligatoria. Las evaluaciones concebidas, contra toda la literatura didáctica, como criterios meramente evaluativos y no correctores. La ausencia de menciones concretas en el texto a las ratios de profesor-alumno va a promover la realidad de clases sobrecargadas de alumnos y convertirse así en obstáculo (casi) insalvable para cualquier intento de educación personalizada. La gran desconfianza que emana todo el texto hacia la labor de los profesores y la desvalorización de su actividad profesional que van a suponer medidas como la que establece que éstos puedan impartir asignaturas afines e incluso ser trasladados de etapa educativa y de centro. Y en el terreno del adoctrinamiento en los valores conservadores, un mayor control del currículo por el Gobierno central y la sustitución de la Educación para Ciudadanía por otra disciplina, Educación Cívica y Constitucional, cuyos contenidos van a estar, sin duda, más en consonancia con los valores tradicionales conservadores...

No sé si el señor Wert es o no -dicen- el peor ministro de Educación de la democracia española, aunque deméritos para ello no le faltan. Pero sí es claro que ha sido un excelente gestor en la implantación de esas ideologías neoliberal y neoconservadora que impregnan su «wertgonzosa» contrarreforma.
  (Articulo publicado en las páginas de opinión de La Nueva España, de Asturias el 30/92012

martes, 6 de mayo de 2014

 BELÉN ESTEBAN COMO PRETEXTO
                                                   JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

    Portada
    Ocurre en algunas ocasiones. Los libros nos llegan como si de eslabones de una cadena se tratara. Así me ha pasado una vez más con este de Miguel Roig, Belén Esteban y la fábrica de porcelana (Península 2010). Apenas había oído hablar de Kate Moss y leí el sugestivo libro de Christian Salmon acerca de la modelo, porque me había interesado mucho su Storytelling. Ahora mi interés por este libro sobre Belén Esteban no proviene del interés televisivo que haya despertado en mí el personaje (apenas veo la televisión, ni siquiera los documentales de la 2 y sí, en cambio, soy un entusiasta de la buena radio) sino por el posible paralelismo que pudiera haber en la interpretación sociológica de los personajes de Kate  Moss y  Belén  Esteban.
            Del mismo modo que apunta  Crhistian  Salmon en el prólogo de este libro,   a mí sólo me interesa la literatura en cuanto que analiza la realidad. Y, desde luego, el éxito mediático de Belén Esteban  que  la ha elevado en un tiempo récord a las portadas del papel couché (“Ni que yo fuera Bin Laden”), forma parte, sin duda, de la realidad de de nuestros días y su  fuerza es tal que es difícil aceptar que baste su interpretación como una simple y esquemática expresión de la mercantilización de los gustos  horteras y morbosos de un amplio sector (como demuestran las mediciones de audiencia) del público televidente.
            Roig desarrolla en su ensayo una interpretación sociológica del fenómeno mediático de Belén Esteban  (refrendada a su vez por Salmón en su prólogo) en clave  posmoderna.  El capitalismo tardío ha entrado en  su  “fase líquida” (de la que nos habla Bauman) y ha acabado (como  dice el culturalismo posmoderno) con  el sujeto centrado, autónomo de la modernidad. No somos otra cosa que un conjunto de roles (sucesivos y simultáneos) adaptados, a través de innumerables conexiones y desconexiones (otra vez Bauman), para producir la máxima empatía, del mismo modo que nos comportamos  como consumidores dúctiles  o como trabajadores flexibles en el terreno del consumo y la producción. Belén Esteban encaja a la perfección, según esto, en esa  interpretación. Es como una matrioska  que se interpreta a sí misma a través de los numerosos roles que desempeña en “Sálvame” y en los cuales se ven representados sus televidentes: de madre coraje amantísima (“yo por mi hija ma-to”, “Andreita, cómete el pollo”) a  vecina modélica pasando por aplicada alumna de baile o ciudadana desencantada de la política y los políticos y… todos cuantos sean necesarios para convertir el programa en una incesante noria que gira sin cesar sin ninguna clase de argumento  y sin decir nada   en realidad, sino emitir una oleada de  sentimientos que la identifican con su público como si de una   terapia colectiva se tratara.
   Un personaje posmoderno, pues, dentro de un formato de programa también posmoderno: un reality show  en el que no hay argumento ni guión, sino que es un bucle que no tiene fin, y que es el  correlato del presente continuo, sin futuro que defiende la ideología posmoderna. Un reality show que ya  no tiene  nada que ver con el culebrón o telenovela con  argumento y guión enraizados en alguno de los grandes relatos que ya no tienen sentido para el posmodernismo. Un reality show que despliega un hiperrealismo que oculta la realidad pretendiendo mostrarla a través no sólo de la Esteban contándose a si misma, sino también de una fauna (con perdón) de participantes (comenzando por el propio presentador del programa) que produce grima en la sensibilidad y la racionalidad de todo aquel que siga (aún) las pautas de la modernidad.
       En realidad, del mismo modo que lo hizo Salmón con Kate Moss, Roig nos proporciona una interpretación de Belén Esteban contaminada por la  propia ideología posmoderna: solamente  como un personaje especular de la  posmodernidad. Pero lo que no han visto ni uno ni otro es que  esa ideología más que  reflejar el mundo del capitalismo avanzado lo que hace es legitimarlo. Ni la Esteban representa a esas capas populares y medias a las que la demediada democracia realmente existente silencia e ignora y únicamente utiliza como potenciales votantes (recuerden los políticos de toda laya que han pasado por “Sálvame”) ni es, como ella y el programa pretenden, la voz del pueblo (“la Princesa del pueblo” la denominan;“Belen Esteban. Nuestra Evita Perón”, decía un rótulo de “Sálvame”). Al contrario, nuestro personaje con su populismo fascistoide (como lo ha calificado acertadamente Josep Ramoneda), lo que hace es en, realidad, silenciar la voz de quienes dice representar ocultando las causas de la situación  política y social que esas clases populares y sectores de las medias padecen. En fin, después de todo esto, entenderán ustedes por qué uno, anclado aún en la modernidad  (y los dioses quieran que sea  por mucho tiempo), rechaza la televisión y  sigue escuchando exclusivamente la radio.       

   ( Publicado en La Nueva España (Asturias) en  enero de 2011)