martes, 24 de junio de 2014

LAS RAíCES DEL HOLOCAUSTO

                                                    

LAS RAÍCES DEL HOLOCAUSTO

                                       
                                                                           JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
                 

                  

El historiador asturiano, Enrique Moradiellos, ha hecho un paréntesis en sus habituales  investigaciones sobre la guerra civil y acerca  de la metodología histórica para ofrecernos en este su último libro una excelente síntesis informativa y divulgativa sobre el Holocausto y sus antecedentes. Su finalidad ha sido explícitamente pedagógica.  Moradiellos hace suya la afirmación del historiador francés F. Furet de que sólo desde una información histórica veraz y una rememoración  no partidaria del Holocausto, podrá evitarse su reproducción. Esto es: la  tesis clásica  que Primo Levi recogía  en su expresiva admonición: “ Si el mundo llegara a convencerse que Auschwitz nunca ha existido, seria mucho más fácil edificar un segundo Auschwitz. Y no hay garantías de que esta vez sólo devorase a los judíos”

Para ello el autor  ha procedido comenzando par el final. Primero, analiza, a través de un soberbio despliegue bibliográfico, la naturaleza y la singularidad del Holocausto y todas las fases del proceso de la política antisemita llevada a cabo por el Tercer Reich que , a partir de la invasión de la Unión Soviética por la Wehrmacht en 1941, condujeron a la política de eliminación definitiva del pueblo judío en los campos de exterminio, la eufemísticamente denominada “solución final”. Para después llevar a cabo un brillante recorrido de los antecedentes del “odio más antiguo”, con  una brillante disección de  la historia de la judeofobía  en la Antigüedad clásica y la Edades Media y Moderna  hasta el antisemitismo que se difunde en el siglo XIX  por Alemania y gran parte de Europa. Y lo hace desde la constatación historiográfica del salto cualitativo que el antisemitismo racista del XIX supuso frente la xenofobia  antijudía  anterior.

Mientras ésta última se fundamentó en prejuicios religiosos y culturales que no  presuponían, a pesar de la discriminación y los progromos, la imposibilidad de la integración de la minoría judía a través de la asimilación y la conversión, el antisemitismo del siglo XIX y XX, al contrario, se  basó en un cientificismo biológico reduccionista de inspiración darwinista   y en la metafísica romántica  de la  Raza que cultivaron pensadores y artistas como Gobineau,   Wagner, Heine o Chamberlain que les negaba  cualquier posibilidad de “redención”. En  esos planteamientos ideológicos   se inspiró el nacionalismo cultural alemán de la sangre y la tierra que consideraba al judío un pueblo irrecuperable que, por naturales  razones  biológicas hereditarias, era cualitativamente una raza inferior con  sus capacidades intelectuales y morales degradadas, pero que se oponía a la hegemonía de la raza superior alemana. Ese racismo biológico reinventó y difundió  a lo largo del siglo XIX un nuevo  estereotipo fisonómico  del judío, mezcla de  los viejos mitos de la judeofobía clásica con los del nuevo racismo: el del judío errante, de nariz ganchuda, mentón prominente, mirada furtiva y olor desagradable.  A la vez  que actualizó el viejo mito medieval del contubernio judío con Satán convertido ahora  en el complot judeomasónico, al que tantas veces hizo alusión el dictador español.

Este nuevo antisemitismo radical está en relación con los cambios ideológicos y económico- sociales de la Modernidad. La ideología liberal supuso la emancipación legal de los judíos  y con ella una profunda transformación de la judería internacional, una parte importante de la cual  pasó a residir  en las ciudades y, al dedicarse a las nuevas actividades capitalistas con la desaparición de las anteriores trabas legales, experimentó un imparable ascenso social y su concentración en las ciudades hizo a sus miembros mucho más visibles  Lo que les granjeó el odio y el resentimiento de aquellos grupos urbanos y rurales que se habían visto perjudicados por el profundo cambio histórico que aportaba  la implantación del nuevo sistema industrial. Desde esos sectores sociales los judíos fueron ahora percibidos no ya como los negadores de la divinidad de Jesucristo y los causantes de su crucifixión, sino como los agentes y beneficiarios de un sistema económico que dificultaba su modo de vida tradicional y era perjudicial para sus intereses económicos. Y  esa extendida percepción creó el caldo de cultivo idóneo para la extensión entre amplias capas de ese  antisemitismo moderno que culminó en el genocidio planificado de los nazis.

Ésa es la secuencia histórica que explica el Holocausto. Su motivación, como demuestra Moradiellos apoyándose en una solvente y abundante  bibliografía, fue, pues,  esencialmente ideológica y no el resultado de razones estratégicas militares o políticas. Como tampoco, un plan diabólico llevado a cabo por una minoría de nazis fanáticos y locos a espaldas del pueblo alemán, sino con la complacencia de amplios sectores de la población alemana y europea infectados por  aquel  antisemitismo racista precedente que contaminó  incluso hasta las Iglesias. Antisemitismo que alcanzó su expresión  genocida en el propicio contexto de la  “guerra total” que desató la invasión de la Unión Soviética por los nazis. Sin duda, en los tiempos que vivimos libros como éste  deberían ser de lectura obligatoria para los estudiantes de los últimos cursos de secundaria, pero también de meditada reflexión para toda clase de lectores.  

 

             

 

Tony Judt, historiador sociademócrata


                            TONY JUDT, HISTORIADOR SOCIALDEMÓCRATA

 

                                                                       Julio Antonio Vaquero Iglesias

                                                                           Catedrático e historiador

         
Tony Judt con J. P. Sartre
  
A principios del pasado   mes de agosto  falleció en Nueva York el historiador británico Tony Judt. Catedrático en las universidades de Oxford, Cambridge, Berkeley  y Nueva York, Judt  no sólo alcanzó en la pasada década una gran notoriedad como estudioso de la historia de la Europa reciente, sino también como intelectual público cuyas intervenciones sobre los temas más candentes de la actualidad política, intelectual y económica generaban, en ocasiones, grandes polémicas (como ocurría con sus  artículos en The  Nueva York Revieuw of Books  que gozaban de un gran prestigio).. Desde 2008, sufría una enfermedad degenerativa, esclerosis lateral amiotrófica o enfermedad de Lou Gherig que le fue dejando progresivamente inmovilizado, pero con plena lucidez mental; enfermedad  a la que se enfrentó valientemente y convirtió en objeto de algunos de sus últimos escritos, que causaron una gran impresión entre sus lectores como el titulado Noche que publicó recientemente  El País.

Nacido en el seno de una familia judía de clase media baja, Judt vivió en su juventud en un kibutz en Israel e incluso intervino en la Guerra de los Seis Días, pero pronto abandonó la ideología sionista  y defendió  la tesis de que la solución al problema palestino israelí  pasaba por la creación  un  Estado binacional en Israel, negándose a aceptar que  esa  actitud, enemiga de  las posiciones oficiales del Estado judío, pudiera calificarse como antisemitismo. Lo cual le ha valido hasta el final de su vida ser objeto de duros ataques por el lobby sionista norteamericano.

            Tanto  su obra  historiográfica como sus escritos como intelectual público expresan claramente su posición ideológica socialdemócrata desde la que  ha criticado profundamente a la experiencia comunista como a la izquierda radical que la apoyó o no se definió claramente contra ella. Una de sus obras más importantes fue Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses, 1944-1955  en la que realiza una acerba crítica a los intelectuales franceses de la izquierda que apoyaron- en su opinión-  el estalinismo. En su libro más notable que le catapultó al éxito y por el que quedó finalista del premio Pulitzer, Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, hace una revisión  de  la trama económica, social, política, intelectual de la historia de Europa desde el final de la segunda guerra mundial hasta hoy desde  el supuesto que la caída del Muro de Berlín en 1989 exigía revisar todo el pasado reciente  de  Europa  tras el colapso del mundo comunista. Y destaca que el éxito de Europa en esa etapa, tras superar las secuelas de la contienda y la Guerra Fría,  estuvo en la creación de un estado de bienestar hasta que entró en la deriva del neoliberalismo a partir de los años 80.

            Del mismo modo que en su último libro, todavía no publicado en España, Ill Fares the land como en una de sus últimas conferencias (con casi todo su cuerpo paralizado, pronunciada ante un emocionado  auditorio en Nueva York) realizó una profunda  defensa de la socialdemocracia y del socialismo no autoritario como única solución posible a los problemas de la crisis política y económica del mundo actual. Una denuncia del abandono de la política como elemento  legitimador de lo público y de la conversión de de lo privado y el mercado en una verdadera religión política con el corolario del  creciente incremento de la desigualdad económica y social entre las clases y los estados. Y la necesidad de establecer una nueva hoja de ruta que vuelva a poner lo público y el Estado en el lugar que les corresponde, si queremos evitar el tortuoso y peligroso camino por el que está avanzando la sociedad humana.

 La enseñanza  y  compresión de una  historia de las sociedades occidentales por las nuevas generaciones que explique esa deriva ha sido, para Judt, el leitmotiv tanto de  de su actividad historiográfica  como de su actividad pública hasta el último momento de su vida, cuando su cuerpo ya no era sino una jaula de una mente libre y lúcida.             
  ( Publicada en el suplemento "Cultura" de La Nueva España-Oviedo)
              

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domingo, 22 de junio de 2014

Cara y cruz del movimiento comunista


                          EL REGRESO DE PROMETEO

                                                           

                                                         JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
 

 
    Entre  la toma de la Bastilla (1789), acontecimiento revolucionario que simbolizó el inicio de la Revolución francesa y con ella los primeros conatos de llevar a cabo el ideal comunista,  y la caída del Muro de Berlín (1989) que, en sentido contrario, marcó el inicio de su derrumbe, transcurren los 200 años de vida de uno de los movimientos políticos más importante  de la historia del siglo XX. Ése es el período que recorre esta  magna obra del historiador y profesor de Oxford, uno de los más profundos conocedores de la historia del comunismo,  David Priestland, Bandera Roja. Historia política y cultural del comunismo (Editorial Crítica, 2010).


            El  hecho de que este libro- que, sin duda, va a ser a partir de ahora una obra de referencia inexcusable para comprender la naturaleza y evolución  histórica de aquel movimiento ideológico-político- haya aparecido veinte años después aquella simbólica fecha de la caída del socialismo realmente existente no es sólo – que también- consecuencia de la magnitud de su empeño y de la reciente apertura de los archivos soviéticos y chinos, sino, más bien, de que desde entonces las cosas han cambiado y ciertamente no poco.

 El “final de la historia” con el que aquel ideólogo de cuyo nombre ya nadie quiere hoy acordarse   trataba de anunciar el triunfo definitivo del capitalismo neoliberal sobre el socialismo, ha dejado paso en estos veinte años a la más grave crisis económica que ha padecido sistema capitalista en setenta años (después de la del 29) arrojando incluso sombras sobre su propia viabilidad. Por eso ha sido  este nuevo contexto histórico el momento idóneo  para revisar la historia del comunismo y tratar de explicar no sólo la razón histórica del origen, evolución  y  final del movimiento. Movimiento que, como el Prometeo mítico que robó el fuego a Zeus  para dárselo como regalo  a los hombres y, al hacerlo, les aportó el conocimiento y el progreso, buscó  liberar a la humanidad conciliando la igualdad con la modernidad. Pero también para plantearse, a la luz  de esa comprensión histórica, la posibilidad o no de que bajo otras formas pueda  reaparecer de nuevo.

            Para lograr esos propósitos, el historiador británico ha querido situarse fuera de los paradigmas historiográficos desde los que se han venido dando las interpretaciones de la historia del comunismo. Esto es: más  allá de las  interpretaciones de  la izquierda basadas en la teoría ideológica  marxista o de aquélla que entendió el comunismo como un movimiento de racionalización de sociedades atrasadas y que tuvo en el historiador británico E. H. Carr su principal adalid. Y lejos también de las de los anticomunistas de  la derecha- y algunos de la izquierda como los trostkistas- que consideraron la esencia del comunismo como una  historia de terror y represión, y que han tenido su máximo auge con la hegemonía ideológica neoliberal tras la globalización capitalista.

 La interpretación de Priestdland,  se mueve, en cambio, siguiendo la tradición historiográfica anglosajona, más en el terreno empírico que teórico. El comunismo como expresión de una intensa voluntad ideológica nacida de un poderoso ideal de igualdad y modernidad y llevada a cabo por un sector de revolucionarios como respuesta  a unos contextos  históricos específicos en que se han combinado en dosis diferentes en cada caso las desigualdades extremas, las estratificaciones sociales rígidas, las desigualdades internacionales, el imperialismo o  la guerra.    

    Desde esa perspectiva metodológica, nuestro historiador realiza un análisis cronológico del movimiento comunista desarrollado en cuatro etapas. Desde la de su origen con el  protocomunismo de la etapa jacobina de la Revolución francesa y la formación ideológica y política del socialismo marxista  con Marx y Engels y la II Internacional  a la de  su fase terminal o comunista realmente existente. En medio, están la etapa propiamente comunista con la revolución  soviética de 1917 con centro en Moscú y el marxismo-leninismo como ideología; y, tras la caída de los imperios que trajo la segunda guerra mundial,  la de su extensión fuera de Europa, por Asia, América Latina y África, aliado con el nacionalismo y dando origen a la aparición de nuevos centros del movimiento en Pekín y La Habana Etapa que coincide con la esclerotización del comunismo en la Unión Soviética en su fase  estalinista con su violencia represiva que provocó una reacción de condena por parte de un sector de  los partidos comunistas occidentales y algunas ramas del movimiento comunista.    

    El contenido de ese análisis no se limita, además, a la acción político-ideológica de los comunistas, sino también  examina  las actitudes y reacciones de las  poblaciones en las que éstos consiguieron implantar sus regímenes. Del  mismo modo que, más allá de lo que es habitual en esta clase de obras, abarca también un recorrido por la historia cultural del comunismo realizando unos excelentes análisis de las obras literarias, artísticas y cinematográficas más importantes  en que se manifestó la ideología y la acción política del movimiento. 

            El resultado no es un abrumador e indigesto cúmulo de datos, sino una catarata de información clara y bien organizada que está, además, expuesta, no con un estilo académico y plúmbeo, sino ágil y diáfano. Muchos de esos datos, aunque ya nos sean conocidos, están analizados casi siempre con una  visión nueva y original- en algunos casos hasta discutible- y muchos otros son inéditos y  nos proporcionan explicaciones convincentes de algunos de los más importantes aspectos de la historia del movimiento comunista.    

            Especial interés presenta el capítulo final sobre el final del mundo comunista. Priestland  plantea en él una novedosa tesis sobre la  caída del comunismo soviético que rechaza las interpretaciones dominantes como mitos neoliberales. No fueron  las políticas de Reagan, Thatcher y Juan Pablo II unidas a la presión popular las causas de la implosión comunista, sino que el factor realmente determinante del proceso estuvo en  las torpes maniobras de un sector de la elite del partido.     

  ¿Tiene futuro hoy el movimiento comunista? La respuesta del historiador británico es coherente con sus planteamientos y el contenido de su análisis. Bajo la forma de marxismo-leninismo, ninguno; pero bajo otras formas en las que se logre combinar la racionalidad y la igualdad con la libertad, existe alguna posibilidad si vuelven  a darse algunas de las condiciones como las que provocaron su origen y desarrollo. Y lo cierto es que hoy, ante la irracionalidad social y ecológica cada vez más evidente del capitalismo globalizado, para algunos sectores de las elites intelectuales y políticas y de la población, Prometeo todavía  sigue teniendo futuro.  
 Puiblicado en el suplemento Cultura de La Nueva España (Oviedo)

sábado, 21 de junio de 2014


EN TORNO A LA ESPAÑA IMPERIAL

                                                 JULIO   ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

 

 

 Conjunto de artículos de J. H. Elliot sobre la dimensión  europea y  americana del Imperio español

Jonh H. Elliot no es  sólo uno de los hispanistas más destacados en el campo del estudio de la historia política y cultural española de la Edad Moderna (siglos XVI y XVII), sino, además, uno de los mejores historiadores a secas de ese periodo de nuestra historia. La España imperial y su política exterior, la rebelión catalana de 1640, el reinado de Felipe IV y la biografía política de Olivares, el Imperio americano, la Corte y la cultura cortesana durante ese reinado son los principales temas que Elliott ha investigado y expuesto siempre con rigor y profundidad en sus libros. Su excelente  síntesis sobre el período de los Austrias españoles fue el manual utilizado por casi todos los alumnos universitarios y profesores españoles  que en los años 70 queríamos conocer con cierto rigor y un mínimo de  objetividad esa etapa de nuestra historia que era pasto de la retórica imperial ideológica de la historiografía franquista y adolecía de un rancio positivismo ya superado. Su  biografía política del conde -duque de Olivares alcanzó en los años 80 una gran difusión más allá de los lectores  especializados. Hasta el entonces  presidente  Felipe González colaboró en su divulgación cuando confesó que era uno de sus libros de cabecera preferidos. En 1996, Elliott fue galardonado merecidamente con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.  

Después de la publicación el pasado año de su brillante análisis del Imperio español en América, saca a la luz ahora en España un nuevo libro que es una recopilación de un conjunto de artículos ya publicados sobre la dimensión europea y americana del Imperio español, diversos aspectos del funcionamiento de  la Corte y la cultura cortesana en el reinado de Felipe IV, y en torno a la decadencia imperial española. Artículos cuya lectura constituye hoy todavía, sin duda, un adecuado complemento de  sus libros sobre esos temas.

 Cada uno de los cuatro conjuntos de artículos agrupados en torno a cada uno de esos tópicos llevan sendas  introducciones aclaratorias del autor explicando su origen y contenido. Y el libro va precedido de un prefacio donde Elliott nos cuenta cómo se convirtió en hispanista y las razones de su especialización en la etapa de la decadencia  imperial española por sus potenciales enseñanzas como antecedente de la que estaba  sufriendo tras la Segunda Guerra Mundial el Imperio británico. Y cómo en el contexto de la historiografía profundamente ideologizada que dominaba la  historia española de aquella época, optó por vincularse a la escuela historiográfica catalana de Vicens Vivens que era en aquel  momento la más influida por los aires renovadores que respiraba la historiografía europea. 

Como puede leerse en este libro, en el controvertido y fundamental  tema de la decadencia imperial española, Elliott fue, con Pierre Vilar, uno de los primeros historiadores en rebasar la tesis exclusivamente monetarista de la excepcionalidad  de la decadencia española del seiscientos. Interpretación que había impuesto el historiador económico norteamericano Hamilton, incapaz de tomar distancia de los testimonios de los arbitristas de la época. La decadencia española era, en cambio, para el hispanista británico una manifestación más de la crisis económica que afectó en ese siglo a toda Europa. Así como muchos de sus efectos y consecuencias  sociales no eran sino similares a los que padeció toda Europa.  Pero esa crisis  golpeó con  mayor gravedad  al núcleo del Imperio, Castilla, lo que explica el origen del principio del fin de la hegemonía española en Europa.       

    Todas las páginas de este libro están impregnadas de la maestría a que nos tiene acostumbrados Elliott como historiador: claridad expositiva, rigor metodológico,  abundancia y variedad de las fuentes empleadas, erudición relevante y significativa, fructífera utilización del método comparativo.... . A uno puede no gustarle tanto su tendencia al empirismo o que sus visiones introductorias no haya desarrollado más en qué aspectos estos artículos están  superados. Pero, finalmente, debe rendirse ante su manera de escribir historia y reconocer que el hispanista inglés es hoy, junto con Hobsbawn, uno de los grandes maestros vivos de la brillante tradición historiográfica británica. 

lunes, 16 de junio de 2014

Alejandro Magno entre la historia y el cine

ALEJANDRO MAGNO ENTRE LA HISTORIA Y EL CINE

   
JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
  
            Alejandro Magno es, sin duda, uno de los grandes personajes de la historia universal. Sin embargo, y a pesar de los mil cuatrocientos setenta libros y artículos publicados desde hace ciento cincuenta años sobre su vida y obra, ha tenido que esperar al impacto producido por una película para convertirse en un verdadero personaje mediático El film de Oliver Stone (2004)  sobre el conquistador macedonio ha desatado incluso estos pasados años una auténtica “alejandromanía”. Desde entonces, Alejandro Magno es ya un producto más de la sociedad de consumo, objeto de videojuegos y de series de televisión.
            Lo llamativo es que ese proceso se ha producido a pesar - o como  consecuencia- de  dos hechos aparentemente contradictorios. Por una parte, la película de Stone tuvo una recepción bastante crítica en Estados Unidos, y, por otra, la divulgación cinematográfica ha respondido a unos criterios rigurosamente históricos, como pretendía su director, sin que esto supusiera un menoscabo para su positiva recepción por otro  sector del gran público.
            El principal asesor histórico con que contó Stone para realizar su filme fue el historiador británico y profesor de Oxford, Robín Lane Fox, autor de una de las biografías más importantes que se ha escrito sobre el conquistador griego, publicada en 1973. Esa biografía  fue la base  para el entramado argumental del guión de la película  de Stone, pero, además, el historiador británico ejerció, como hemos dicho, de  celoso asesor in situ para que la versión cinematográfica respondiera a una recreación histórica no mítica ni hollywoodiense  de Alejandro Magno.

Es esta  biografía revisada y ampliada en una edición posterior  la que ahora se publica en España. Libro que gracias a las virtudes como historiador de Lane Fox  no sólo se ha convertido ya en una obra de referencia sobre la figura y la obra de Alejandro Magno, sino que, además, por la gran capacidad de su autor para la divulgación histórica, ha alcanzado un gran éxito de público y crítica fuera de España.
            Como nos muestra Lane Fox en la citada biografía, poco de convencional u ordinario hubo en los
treinta  y dos años de vida de Alejandro. En su  infancia y juventud tuvo como preceptor nada menos que a Arístóteles y como modelos de conducta a los héroes homéricos de la Iliada. Su ascenso  al  poder  en Macedonia se produjo también por un hecho extraordinario como fue la muerte de su padre, asesinado, según la interpretación del historiador británico por una conspiración de  su  esposa, Olimpia, madre de Alejandro.  Y también su propia muerte inesperada en un banquete con sus generales  estuvo  rodeada de un gran misterio. Y en medio, está su conversión  en el conquistador del mundo culminando la tarea que no pudo llevar a cabo su padre: la victoria sobre el rey persa Darío III y el  dominio de ese gran imperio que  amplió con la conquista de Bactriana e India, construyendo un  imperio universal, el más grande que  jamás haya existido y que pretendía  a su muerte  seguir extendiendo hacia el Mediterráneo y el Mar Negro, esto es, unificando todo el  mundo conocido y uniendo a Oriente con Occidente.
Aunque no fuese excepcional, tampoco era tan habitual entre los griegos el hecho de su  elevación a la condición divina y su reconocimiento como dios por las ciudades griegas. Y  todo el inmenso poder que detentó no puedo evitar tampoco el sufrimiento personal. Como  ocurrió con el   profundo dolor que  supuso para él  la muerte de su amado Hefestión, que le sumió en un profundo estado de depresión y  cuya  pérdida lloró hasta su muerte  y  fue el origen de un punto de inflexión en los  últimos años de  su reinado. Aunque Lane Fox rechaza la interpretación propuesta por algunos estudiosos  de que ese  luctuoso hecho le llevase en la etapa final de su vida a una conducta casi patológica y descontrolada, con numerosas manifestaciones de megalomanía.
Estamos, pues, ante una interpretación de Alejandro como un  personaje histórico con una  vida extraordinaria y su consideración como un hombre excepcional. Pero siempre, como ha querido también dejar claro en su película Oliver Stone, visto   como un hombre  de carne y hueso,  sin  aceptar la aureola mítica que ya comenzó a rodear  en vida  al  personaje e incluso él mismo patrocinó y  ha continuado después, favorecida por las escasas fuentes históricas directas y la numerosas indirectas y sesgadas con que se cuenta sobre su vida y obra. La biografía de Lane Fox  nos desvela un hombre contradictorio, obsesivo, capaz de lo mejor y de lo peor, profundamente marcado  por la tortuosa relación con su madre, un hombre, además, que vivió profundamente enamorado de Hesfestión, la única relación  personal afectiva  estable que mantuvo durante toda su vida.
El  valor más destacado de esta biografía - al contrario  de cierta desmesura de la que adolece la versión cinematográfica- es, en mi opinión, el justo equilibrio que ofrece como excelente obra de divulgación histórica y como libro escrito con el adecuado rigor historiográfico. Lo primero puede apreciarse claramente en las referencias continuas que va haciendo a los diferentes contextos que es preciso conocer para poder entender los diferentes  hechos y acontecimientos de la vida y la obra del macedonio que nos cuenta  el autor.
   En efecto, el profesor de Oxford nos describe, a la par y en relación con la vida de Alejandro, los contextos que nos permiten comprender ésta. Nos explica aspectos del mundo material, la vida cotidiana y las mentalidades colectivas tales como, entre otros, las características  de las  artes bélicas, armas y estrategias o de  las actividades económicas de las civilizaciones griega y persa, las costumbres acerca de la alimentación y la homosexualidad de los griegos, o las creencias  y prácticas religiosas que profesaban. Todo ello  analizado con detalle y un profundo conocimiento del mundo antiguo y además con el uso de un lenguaje asequible a cualquier clase de lector.
 Lo que no le impide, en sentido contrario y en cuanto al rigor, renunciar a explicarnos los fundamentos históricos de sus interpretaciones e incluir en su libro  un abundante aparato erudito a través de las notas (aunque se detecte algún error, no sé si del texto  original o de la traducción, como el anacronismo de utilizar el término “España”). Ese doble aspecto  permite que el libro sea susceptible de dos posibles lecturas. La del lector que únicamente esté interesado por la vida y la obra de Alejandro o la más afinada de aquel otro que, además de lo anterior, quiera entrar en los entresijos historiográficos del personaje.
 Por todo ello, y en una hipotética y, sin duda, absurda elección entre  la película y el libro, me inclinaría, sin duda, por el libro, aun teniendo en cuenta la evidente sintonía que existe entre ambos.

LA HOMOSEXUALIDAD DE ALEJANDRO
                                                          Julio Antono Vaquero Iglesias
 Para poner  a Alejandro dentro de la  historia, Oliver Stone tuvo que sacarlo del armario. Ésa fue una de las principales  razones del  escaso éxito de taquilla y de crítica que tuvo el filme de Oliver Stone en Estados Unidos fue, sin duda, sus referencias a la homosexualidad, más bien bisexualidad, de Alejandro Magno. Aspecto éste en el que el guionista y director norteamericano seguía lo que Lane Fox nos cuenta en esta biografía sobre ese asunto. El historiador británico lo da por suficientemente probado y llega,  incluso, a recoger  la cita de los filósofos cínicos sobre Alejandro: que  sólo fue derrotad una vez  y fue por los muslos de Hefestión.      
No es extraño, pues, que en una sociedad tan pacata como la estadounidense, en la que existe, además, un amplio sector de fundamentalistas religiosos, estas referencias se entendieran como inaceptables y la película se considerase como moralmente deleznable, cayendo en el anacronismo de juzgar con sus valores homófobos una realidad histórica diferente. Porque, como nos cuenta el autor británico, la bisexualidad era una práctica corriente y aceptada en la sociedad griega, una alternativa sexual aceptada por las esposas y  considerada como una costumbre y no una perversión. Su propio padre, Filipo, según nuestro biógrafo, también mantuvo varias relaciones homosexuales.     
Alejandro tuvo varias esposas y se le conoce alguna amante, incluso el libro menciona también otra relación homosexual con su criado Bagoas, pero el gran  amor de su vida fue  Hefestíón. Su pasión por él quedó  demostrada cuando éste falleció. Su ausencia no sólo le produjo, como hemos visto, primero una gran cólera  y después una gran tristeza, sino que, además, ordenó que le fueran concedidos los máximos honores a su amado. Pretendió que fuese declarado héroe, esto es, semidiós y, tras la celebración de  unos  funerales megalómanos, mandó construir un monumento en su memoria y dedicarle culto póstumo.

LOS NIÑOS ROBADOS DEL FRANQUISMO

VIDAS ROBADAS


         JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

El espanto nos embargó el corazón cuando comenzamos a saber, tras el final de las dictadura militar argentina, cómo, con frecuencia, los militares represores se habían apropiado de los hijos de sus víctimas, los habían adoptado ilegalmente y aquéllos vivían sin saber que los que creían que eran sus padres no eran sino los asesinos y represores de sus verdaderos progenitores. Nuestro espanto continuó, cuando a partir de los noventa se profundizó en el conocimiento de la represión franquista y nos enteramos que los militares argentinos habían seguido en esa práctica ignominiosa las mismas pautas que los vencedores de la guerra civil habían tenido con los hijos de las madres encarceladas de los vencidos. Y ese espanto ha alcanzado su máximo nivel estos últimos años cuando se ha ido descubriendo que pasado el primer franquismo e incluso después del fin de la dictadura, ese tráfico de niños continuó en nuestro país sin esa finalidad represora, sino únicamente como un lucrativo y criminal negocio fundamentado en la tradición anterior.

De todo ello trata Historias robadas, del abogado Enrique J, Vila Torres, especializado en estos casos del tráfico ilegal de niños y asesor de Anadir, asociación dedicada a la defensa de los afectados por estos robos de niños. Vila Torres nos relata de forma novelada un ramillete de casos, sobre todo, referidos a la etapa en que, ya fuera de la originaria finalidad de control ideológico que tuvo en las primeras décadas del régimen franquista, el tráfico de niños se convirtió en un puro y duro negocio criminal que ha llegado hasta los años ochenta.

Victorioso el franquismo, uno de sus objetivos represores fue tratar de eliminar toda influencia de los vencidos considerándolos como una deformación de la raza española, ideología en la que tuvieron papel decisivo los planteamientos del psiquiatra del régimen Vallejo- Nágera que llegó a mantener que era necesario combatir «la propensión degenerativa de los muchachos criados en el bando republicano», aconsejando que éstos debían quedar bajo el control de la red asistencial falangista o católica como medio necesario para garantizar «una exaltación de las cualidades biopsíquicas raciales y la eliminación de los factores ambientales que en el curso de las generaciones conducen a la degeneración del biotopo».

Sobre estos u otros parecidos fundamentos racistas represores se fundamentó la base legal que condujo al tráfico de niños que se desarrolló durante la primera etapa del franquismo. La orden del Ministerio de Justicia del 30 de marzo de 1940 estableció que las presas tendrían el derecho de amamantar a sus hijos y tenerlos con ellas en las prisiones hasta que cumpliesen los tres años. Lo que parecía un acto humanitario se convirtió, sin embargo, en la base para las deportaciones infantiles hacia las instituciones asistenciales franquistas que llegaron a alcanzar alrededor de los 10.000 niños. Y a partir de esas instituciones se desarrolló con el beneplácito del Estado un intenso tráfico de los hijos de las presas del franquismo que eran entregados sin el conocimiento y el permiso de sus padres en adopción a familias partidarias del régimen que solían realizar una profunda labor de adoctrinamiento de los niños contra la ideología que profesaban sus padres biológicos. Lo que dio lugar frecuentemente, como ocurrió en uno de los casos que nos relata el autor, al rechazo explícito por parte de los niños de sus verdaderos padres.

Sin embargo, cuando pasados los años de posguerra esa política represora del régimen fue abandonada, el tráfico de niños no desapareció, sino que continuó como un negocio ilegal y muy lucrativo, aprovechando las redes y la experiencia de la etapa anterior. No estamos hablando de algunos casos puntuales, sino que el número de las víctimas de ese criminal comercio puede ascender alrededor de las 200.000, como calcula el autor extrapolando los casos de su experiencia forense. Ni fueron actuaciones aisladas, sino el resultado de una trama articulada formada por médicos, enfermeras, funcionarios y religiosas que lograron sustanciosos beneficios ( la venta de uno de esos niños podía costar a los falsos padres varios cientos de miles de pesetas) con su comercio de carne humana a través del engaño a las familias sobre los cuerpos de los presuntos niños fallecidos y falsificando los datos de los registros institucionales y civiles y amparándose para todo ello en el Código Civil español en el que prevalecía el derecho de los padres a mantener el anonimato de las adopciones.

Las averiguaciones de sus familias y de ellos mismos favorecidas por la modificación del Código Civil que reconoce ahora el derecho de los adoptados a conocer sus orígenes biológicos, han ido multiplicando el número de casos conocidos o sospechosos, dejando ver la enorme dimensión de un problema que la sociedad ya no puede ignorar ni la Justicia dejar de intervenir. De hecho, la presión de las asociaciones que representan a las víctimas de este tráfico ilegal ha logrado que la Comisión de Justicia del Congreso haya tomado cartas en el asunto. Los representantes de todos partidos han apoyado la investigación y búsqueda de esos niños robados y que se tomen las medidas legislativas oportunas que favorezcan las indagaciones documentales de los afectados y el peso de la ley caiga sin contemplaciones sobre los autores de esa trata de seres humanos, que, como ha mantenido incluso el diputado del PNV en la comisión, debe ser considerada como un crimen contra la humanidad y como tal que esos delitos no estén sujetos a prescripción. Ésa sería, sin duda, la medida necesaria para que, de verdad, los autores y responsables de esos hechos que todavía hoy vivan puedan
(Publicado en La Nueva España ( Asturias), 24/3/2011)

lunes, 9 de junio de 2014

La CIA y el atentado al "Sierra Aránzazu"

LA CIA Y EL ATENTADO AL MERCANTE ESPAÑOL “SIERRA ARÁNZAZU”

                                           Tomás Vaquero Iglesias, Piloto de la Marina Mercante
                                           Julio Antonio Vaquero Iglesias, catedrático e historiador


     Al novelista y miembro de  la Real Academia  de la Lengua Española, Luis Mateo Díez, quien escribió en “Lunas del Caribe” una hermosa historia sobre estos hechos y nuestro hermano, con nuestro agradecimiento


  El 13 de septiembre de 1964, el buque mercante español “Sierra Aranzazu” con carga general, muñecas y alimentos, y destino a La Habana, fue atacado, sin previo aviso y salvajemente, cuando navegaba  cerca de las costa de Cuba por dos lanchas de asalto  que causaron la muerte de tres de sus tripulantes: el capitán y dos oficiales. Todavía hoy cuarenta y seis años después, la  finalidad y la autoría del atentado, atribuida a grupos de exiliados anticastristas, siguen sin ser desveladas
La reciente desclasificación de los archivos de la CIA nos  permite, sin embargo, tener numerosos indicios y algunas  pruebas documentales fehacientes de quiénes fueron sus autores y de la intervención de la CIA en el mismo como inductora y participante directa en aquel brutal atentado. Éste es el relato de aquellos hechos.
El contexto del atentado
            Tras la “crisis de los misiles” en 1963 y el acuerdo con la Unión Soviética, la política hacia Cuba del presidente Kennedy dio un giro estratégico. Éste prometió a Kruchev cejar en sus intentos de invadir la isla  y con ello vino el fin de la operación Mangosta, uno de cuyos múltiples objetivos era crear, a través de la subversión, un frente contrarrevolucionario dentro de Cuba. Pero no supuso el abandono del hostigamiento a la revolución cubana, sino la utilización para ello de otros métodos  como eran el aumento de la presión diplomática sobre el régimen de Castro, la guerra económica con la intensificación del bloqueo y la continuación de los planes subversivos,  a través del apoyo a los grupos de exiliados que estaban bajo el control de la CIA desde su estación en Miami,  JM/ WAVE, que continuó existiendo y actuando a pleno rendimiento.   
Controlado y financiado por la CIA, el principal de los grupos anticastristas que operaban en el Caribe, era el Movimiento de Recuperación Revolucionaria  (MRR),   dirigido por Manuel Artime Buesa, conocido como “el chico de oro” de la CIA, quien  había tenido un papel protagonista como dirigente en la  Brigada 2506 en la fracasada invasión de Bahía Cochinos. El MRR fue financiado generosamente por la CIA: 4.933.293 dólares entre junio de 1963 y junio de 1964 para costear  armas, gastos de mantenimiento de  barcos, y compra de una avioneta y pequeños botes y pagar la nómina de los 385 hombres con que contaba la organización terrorista en los campos de entrenamiento de Nicaragua y Costa Rica, adonde se había desplazado el MRR en 1963 para que sus operaciones se realizasen fuera del territorio  de Estados Unidos y  eximir así de responsabilidad al Gobierno norteamericano. .
Para gestionar la dirección de esa nueva política hacia Cuba y organizar  los planes contrarrevolucionarios contra la Isla, se creó la Oficina de Coordinación de Asuntos Cubanos cuyo coordinador asumía la responsabilidad tanto de las operaciones legales en relación con la Isla como de las  acciones terroristas encubiertas. Entre éstas,  la de contactar con posibles disidentes dentro del ejército cubano para invadir Cuba y  derrocar a Castro.
 Tras el asesinado de Kennedy en noviembre de 1963, el nuevo presidente, L. B. Johnson. mantuvo, en líneas generales, la  política de su antecesor hacia Cuba, pero con ciertos matices, como eran los  de establecer un control más efectivo sobre los grupos anticastristas y acentuar aún más el bloqueo comercial sobre Cuba.  Sin duda, esa nueva situación era el caldo de cultivo idóneo  para que el MRR- deseoso de justificar la abundante financiación que recibía de la CIA que corría el peligro de suspenderse-,  y la  propia Agencia- con la intención de acabar de una vez con el comercio hispanocubano, que se había convertido en un balón de oxígeno para Castro- organizasen un sonado atentado contra alguno de los barcos españoles que llevaba mercancías a Cuba
Por parte española, la política de mantener relaciones comerciales con la Cuba revolucionaria fue una decisión personal de Franco. Decisión que vino determinada por el peculiar y contradictorio sentimiento “antinorteamericano” del dictador derivado de la derrota del ejército español en el 98; pero que  era también consecuencia de su pasión como gallego por todo lo referido a la isla caribeña, nacida de la estrecha vinculación entre  Galicia y Cuba a causa de la tradicional y numerosa colonia de esa región  en la Isla. Por ello, ni el famoso incidente del embajador Lojendio con Castro ante las cámaras de la televisión cubana, ni el bloqueo norteamericano que produjo la “crisis de los misiles” cambiaron su decisión inicial  de seguir manteniendo relaciones comerciales y políticas con la Cuba de Castro. 
El ataque y sus repercusiones
Las medidas estrictas de bloqueo económico de Cuba de la Administración Kennedy a  partir del 25 de octubre de 1962 que establecieron la negativa a admitir en puertos norteamericanos a barcos que participasen en el tráfico cubano, llevaron a la COMPAÑÍA  TRASATLÁNTICA ESPAÑOLA a abandonar sus viajes a la Isla. Con el permiso personal y directo de Franco, el comercio hispanocubano continuó con los barcos de MARÍTIMA DEL NORTE y las mercancías de CILASA, compañía que venía comerciando activamente con Cuba. Desde el inicio de ese nuevo tráfico, a base de mercancía general, no prohibida por el bloqueo, hasta el ataque al “Sierra Aranzazu”, se habían realizado veinte viajes a Cuba con plena normalidad, a pesar de la fuerte presión americana y las frecuentes protestas de los exiliados anticastristas.
El domingo, 13 de septiembre de 1964, el “Sierra Aránzazu” navegaba a 70 millas del extremo oriental de la costa cubana. A mediodía, un avión de reconocimiento norteamericano sobrevoló el barco, y sobre las 20 horas, después de que una lancha desconocida se acercase al mercante identificándolo, dos lanchas rápidas, una  por babor y otra por estribor, procedentes de un buque nodriza, sin previo aviso y ninguna identificación, abrieron fuego de ametralladora con balas perforadoras, incendiarias y explosivas, y disparos de cañón preferentemente sobre el puente, los alojamientos y la superestrusctura del barco, con claro ánimo de causar los mayores daños humanos y materiales. El resultado fue el incendio del buque y tres marinos gravemente heridos y otros siete de  distinta consideración. En el bote en el  que la tripulación abandonó el buque fallecieron el capitán, Pedro Ibargurengoitia, el tercer oficial de máquinas, José Vaquero, y, más tarde, en el barco holandés que los recogió y evitó con ello una tragedia mayor, el segundo oficial de puente, Francisco Javier Cabello.
La noticia del atentado fue recogida  por la prenda de todo el mundo y en España levantó una ola de indignación que se manifestó, incluso, con una manifestación ante la embajada americana en Madrid y algunos actos de protesta en otros puntos de España. Sin embargo, la petición del  Gobierno español ante la Secretaria de Estado norteamericana para la identificación de los autores no obtuvo ningún resultado. El informe encargado al FBI no aclaró nada y el informe definitivo prometido por la Secretaria de Estado nunca vio la luz.
La participación de la CIA y la actitud del Gobierno franquista
            Las hipótesis que se han venido manteniendo sobre la autoría y las razones del atentado quedan hoy invalidadas por los indicios y datos con que contamos procedentes de la documentación desclasificada de los archivos de la CIA y otras fuentes. La autoría fue obra  del MRR desde una de sus bases en Nicaragua y se llevó a cabo por un buque nodriza que alojaba dos lanchas rápidas de  asalto que fueron las que realizaron el ataque. El ejecutor del mismo fue el grupo anticastrista MRR dirigido por Artime  Constatar  que el autor del atentando fue el MRR es lo mismo que decir que fue obra de la CIA, dado el total control financiero y operativo que la Agencia tenía sobre este grupo anticastrista. Pero es que, además, hay indicios documentales de la participación en el mismo de miembros de la Agencia. Queda fuera de toda duda, por otra parte, que la acusación  de que los autores habían sido los cubanos no fue sino una intoxicación procedente de la Oficina de Coordinación de Asuntos Cubanos y de la CIA.
            En cuanto a la finalidad del atentado, tampoco puede aceptarse la hipótesis muy  difundida de que el ataque fue una especie de venganza de los anticastristas contra el barco español, porque en su viaje anterior  se había descubierto un polizón cubano a bordo y el capitán lo había devuelto a la Isla, entregándolo a las autoridades castristas. La falsedad de esa interpretación ha sido rebatida por la propia Naviera Marítima del Norte y no existe ninguna prueba documental contrastada de haberse producido ese hecho, que hay que interpretarlo también como un rumor propalado con una función interesada y  justificadora procedente de los medios del exilio cubano.
               Cuando las protestas del Gobierno español arreciaron y ya era evidente la intervención del MRR, Artime y la CIA difundieron la interpretación de que el atentando no había sido un plan premeditado sino el resultado de un error fatal. El barco del MRR se habría encontrado por “casualidad” con el “Sierra Aranzazu”, confundiéndolo con una de sus presas más apetecidas, el buque cubano “Sierra Maestra”. Además de ser inaceptable tal “confusión” como demuestra el relato de los hechos, hemos encontrado entre la documentación desclasificada un cable de un agente de la CIA dirigido a la Central  que nos demuestra sin ningún tipo de dudas que el ataque  fue previa y cuidadosamente organizado. A la vez que su contenido nos permite constatar otra vez la participación en el mismo del MRR y la sorprendente revelación de que la policía  española había averiguado su carácter premeditado y, consecuentemente, que el Gobierno franquista tuvo ya en aquellos días conocimiento de ello.
En el mencionado cable, el agente informa a la CIA de una reunión que había tenido con un tal Blanco, en la que éste le comenta  su intención de viajar a París para llevar a cabo determinados planes para el asesinato de Fidel Castro, y le informa que en la capital francesa mantendrá un contacto con “la persona que organizó  el ataque al “Sierra Aránzazu” mediante el pago al radio operador que envió  la posición a las naves atacantes”, y que ese radio operador “había contado todo a la policía española”.
  El citado Blanco no era sino el cubano Alberto Blanco Romariz, uno de los más estrechos colaboradores del oficial de alta graduación del ejército cubano Rolando Cubela Secades  que era cabeza de un grupo disidente  del ejército castrista colaborador con la CIA en un plan para asesinar y derrocar  a Castro en connivencia con Manuel Artime y el MRR. Es plausible suponer que la mencionada cita de Blanco en París era con algún miembro del MRR para la organización del “gran plan” de matar al presidente cubano.

Durante cuarenta y seis años este vandálico acto de terrorismo de Estado  se ha mantenido oculto- con la connivencia del Gobierno español de aquel tiempo- tras un espeso e interesado manto de silencio.  De ahí que el propósito de estas líneas haya sido tratar de establecer la verdad histórica acerca de aquel atentado, pero también- y sobre todo- obtener una suerte de justicia moral en memoria de los tres marinos españoles asesinados y el resto de la tripulación masacrada. Éste ha sido nuestro principal interés. En alguna medida esperamos haberlo conseguido.

sábado, 7 de junio de 2014

PRIMAVERA REPUBLICANA

                                  
                                          PRIMAVERA  REPUBLICANA

                                                            JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

Es cosa sabida. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. Y más en este año y este mes que conmemoramos no sólo el setenta aniversario del  final de la guerra civil, sino también el septuagésimo del fin de la Segunda República, porque ni la guerra civil fue una consecuencia necesaria de la República ni, en puridad, la  República terminó con el inicio del conflicto civil. Todos sabemos, decía, que el republicanismo, con más de cien años de historia en nuestro país, fue en España  algo más que una corriente política, una cultura política, identificada con la defensa y la implantación de la democracia  frente a la Monarquía que hasta la Transición o bien fue la expresión del absolutismo o bien  encarnó la realidad histórica del liberalismo oligárquico.
Por eso, como trata de explicar el reciente y ambiguo libro de  Ángel Duarte, El otoño de un ideal (Alianza  Editorial, 2009) escrito desde la exclusiva y excluyente  perspectiva del republicanismo liberal, sólo se puede considerar como una paradoja aparente el que mientras el republicanismo histórico  sobrevivió con gran esfuerzo y enormes dificultades  a las difíciles circunstancias del exilio y fracasó en su objetivo final de restaurar la República tras el fin de la dictadura , en estos últimos años de nuevo esa ideología haya  reverdecido  como si una nueva primavera republicana  rebrotase otra vez.
 No sólo las condiciones internas para la supervivencia en el exilio del republicanismo histórico fueron extremadamente duras y negativas, incluidas las profundas divisiones que existieron entre sus diferentes componentes, acentuadas incluso con el anticomunismo que la Guerra Fría propició en los medios del sector liberal del republicanismo exiliado,  sino que, además, la coyuntura internacional impuesta por el enfrentamiento de los dos bloques fue definitiva en el  fracaso de las aspiraciones  políticas  de la comunidad republicana en el exilio.
A pesar de sus grandes esfuerzos  para adaptar sus contenidos a los nuevos tiempos y adecuar a ellos una nueva estrategia que siempre tuvo, sin conseguirlo nunca del todo, como uno de sus  objetivos  principales la unión de todas sus corrientes y tendencias, el republicanismo histórico en el exilio no logró conectar ni influir decisivamente en la oposición interior al franquismo. .
Las aspiraciones del republicanismo histórico de restaurar en España el régimen democrático republicano, recibieron su herida de muerte con la incorporación del régimen franquista a las instituciones supranacionales como expresión de la consideración de España por el bloque occidental  como bastión para impedir la expansión del comunismo en el flanco sur de Europa. El espaldarazo simbólico definitivo de ese apoyo a la dictadura franquista parte del amigo americano fue  la venida a nuestro país en 1959 del presidente  Eisenhower.  
 Si a esa trayectoria sumamos la destrucción sistemática que el franquismo llevó a cabo de la memoria republicana y el olvido meditado que supuso para la misma la transición pactada que nos condujo a la democracia coronada en que vivimos, y que supuso incluso la renuncia de la izquierda a la defensa de la forma de gobierno republicano, tenemos la explicación del papel político escasamente relevante que el republicanismo histórico ha  tenido en nuestra etapa democrática. Sin embargo,  la ideología republicana ha renacido  en estos últimos años con una gran fuerza como el ave Fénix de sus cenizas. Las razones  de ese  renacimiento son, desde luego, complejas.
Sin duda,  ha tenido que ver con ello, como apunta Duarte en El otoño de un ideal, la clausura que supuso 1989 para la opción emancipadora comunista y la necesidad de la izquierda de buscar alternativas en otros horizontes ideológicos como eran los de la teoría política republicana que la   filosofía política actual no había dejado nunca de estudiar y remozar. Pero, aun con toda la importancia que hay que dar a ese nuevo escenario político e ideológico internacional, me parece que es necesario ir más allá de esta explicación monocausal
 Ese republicanismo renacido  tiene también mucho que ver con la situación que presenta nuestro sistema democrático y está impregnando de nuevo, aunque con distintos grados y matices, la visión política  de amplios sectores de la izquierda española. Izquierda  que,  o  ha vuelto sobre sus pasos y  abre sus horizontes hacia una III República, o, como es el caso de la izquierda que sustenta el partido que nos gobierna, pone el acento en una república coronada. Y en el origen  de este nuevo republicanismo también han influido, sin duda, la acción y el testimonio de las fuerzas políticas  republicanas de izquierda y las diversas organizaciones republicanas que han subsistido en la etapa democrática, con su labor de difusión de la memoria de la II República y su defensa de los valores republicanos. Aspectos que si  se mencionan en El otoño de un ideal, no se relacionan, sin embargo, con el despertar del nuevo espíritu republicano en este confuso y difuso libro que estamos comentando.    
  Este nuevo espíritu republicano  hay que ponerlo, pues, también en relación con la baja calidad de la democracia que ha traído la Transición con su clara deriva hacia la partitocracia. Esa deficiente realidad política que vivimos  ha convertido los valores cívicos republicanos  y la mayor intensidad en la participación ciudadana que defiende el republicanismo no sólo en un horizonte deseable, sino necesario para una verdadera regeneración democrática. Del mismo modo que la colusión de las posiciones del sector neocon de nuestra derecha con las actitudes fundamentalistas de la jerarquía eclesiástica española, revaloriza y sigue haciendo necesario aún más hacer realidad los valores del laicismo republicano. En fin, un republicanismo que entendido así no parece ser ni fruto de la nostalgia ni vano y fútil empeño político, como le achacan sus detractores.   
  
Es cosa sabida. Pero conviene recordarlo de vez en cuando. Y más en este año y este mes que conmemoramos no sólo el setenta aniversario del  final de la guerra civil, sino también el septuagésimo del fin de la Segunda República, porque ni la guerra civil fue una consecuencia necesaria de la República ni, en puridad, la  República terminó con el inicio del conflicto civil. Todos sabemos, decía, que el republicanismo, con más de cien años de historia en nuestro país, fue en España  algo más que una corriente política, una cultura política, identificada con la defensa y la implantación de la democracia  frente a la Monarquía que hasta la Transición o bien fue la expresión del absolutismo o bien  encarnó la realidad histórica del liberalismo oligárquico.
Por eso, como trata de explicar el reciente y ambiguo libro de  Ángel Duarte, El otoño de un ideal (Alianza  Editorial, 2009) escrito desde la exclusiva y excluyente  perspectiva del republicanismo liberal, sólo se puede considerar como una paradoja aparente el que mientras el republicanismo histórico  sobrevivió con gran esfuerzo y enormes dificultades  a las difíciles circunstancias del exilio y fracasó en su objetivo final de restaurar la República tras el fin de la dictadura , en estos últimos años de nuevo esa ideología haya  reverdecido  como si una nueva primavera republicana  rebrotase otra vez.
 No sólo las condiciones internas para la supervivencia en el exilio del republicanismo histórico fueron extremadamente duras y negativas, incluidas las profundas divisiones que existieron entre sus diferentes componentes, acentuadas incluso con el anticomunismo que la Guerra Fría propició en los medios del sector liberal del republicanismo exiliado,  sino que, además, la coyuntura internacional impuesta por el enfrentamiento de los dos bloques fue definitiva en el  fracaso de las aspiraciones  políticas  de la comunidad republicana en el exilio.
A pesar de sus grandes esfuerzos  para adaptar sus contenidos a los nuevos tiempos y adecuar a ellos una nueva estrategia que siempre tuvo, sin conseguirlo nunca del todo, como uno de sus  objetivos  principales la unión de todas sus corrientes y tendencias, el republicanismo histórico en el exilio no logró conectar ni influir decisivamente en la oposición interior al franquismo. .
Las aspiraciones del republicanismo histórico de restaurar en España el régimen democrático republicano, recibieron su herida de muerte con la incorporación del régimen franquista a las instituciones supranacionales como expresión de la consideración de España por el bloque occidental  como bastión para impedir la expansión del comunismo en el flanco sur de Europa. El espaldarazo simbólico definitivo de ese apoyo a la dictadura franquista parte del amigo americano fue  la venida a nuestro país en 1959 del presidente  Eisenhower.  
 Si a esa trayectoria sumamos la destrucción sistemática que el franquismo llevó a cabo de la memoria republicana y el olvido meditado que supuso para la misma la transición pactada que nos condujo a la democracia coronada en que vivimos, y que supuso incluso la renuncia de la izquierda a la defensa de la forma de gobierno republicano, tenemos la explicación del papel político escasamente relevante que el republicanismo histórico ha  tenido en nuestra etapa democrática. Sin embargo,  la ideología republicana ha renacido  en estos últimos años con una gran fuerza como el ave Fénix de sus cenizas. Las razones  de ese  renacimiento son, desde luego, complejas.
Sin duda,  ha tenido que ver con ello, como apunta Duarte en El otoño de un ideal, la clausura que supuso 1989 para la opción emancipadora comunista y la necesidad de la izquierda de buscar alternativas en otros horizontes ideológicos como eran los de la teoría política republicana que la   filosofía política actual no había dejado nunca de estudiar y remozar. Pero, aun con toda la importancia que hay que dar a ese nuevo escenario político e ideológico internacional, me parece que es necesario ir más allá de esta explicación monocausal
 Ese republicanismo renacido  tiene también mucho que ver con la situación que presenta nuestro sistema democrático y está impregnando de nuevo, aunque con distintos grados y matices, la visión política  de amplios sectores de la izquierda española. Izquierda  que,  o  ha vuelto sobre sus pasos y  abre sus horizontes hacia una III República, o, como es el caso de la izquierda que sustenta el partido que nos gobierna, pone el acento en una república coronada. Y en el origen  de este nuevo republicanismo también han influido, sin duda, la acción y el testimonio de las fuerzas políticas  republicanas de izquierda y las diversas organizaciones republicanas que han subsistido en la etapa democrática, con su labor de difusión de la memoria de la II República y su defensa de los valores republicanos. Aspectos que si  se mencionan en El otoño de un ideal, no se relacionan, sin embargo, con el despertar del nuevo espíritu republicano en este confuso y difuso libro que estamos comentando.    
  Este nuevo espíritu republicano  hay que ponerlo, pues, también en relación con la baja calidad de la democracia que ha traído la Transición con su clara deriva hacia la partitocracia. Esa deficiente realidad política que vivimos  ha convertido los valores cívicos republicanos  y la mayor intensidad en la participación ciudadana que defiende el republicanismo no sólo en un horizonte deseable, sino necesario para una verdadera regeneración democrática. Del mismo modo que la colusión de las posiciones del sector neocon de nuestra derecha con las actitudes fundamentalistas de la jerarquía eclesiástica española, revaloriza y sigue haciendo necesario aún más hacer realidad los valores del laicismo republicano. En fin, un republicanismo que entendido así no parece ser ni fruto de la nostalgia ni vano y fútil empeño político, como le achacan sus detractores.   

   ( Publicado en el suplemento Cultura de La Nueva España (Asturias)