viernes, 30 de enero de 2015

,,MÁS ALLÁ DE LA CRISIS

                                             MÁS ALLÁ DE LA CRISIS

                                                                    JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

           


Hace algo más de un año, Josep Fontana, uno de los pocos maestros de historiadores vivo de  su generación e intelectual íntegro y comprometido con su tiempo, nos ofrecía una monumental historia del mundo tras la segunda guerra mundial que ha sido, como él mismo ha reconocido, el origen de este reciente y sugerente y oportuno ensayo historiográfico, El futuro es un país extraño (Pasado&Presente). La propia persistencia y gravedad  de la crisis económica actual que todavía en su fase incipiente analizaba en su obra  anterior, así como su compromiso como historiador e  intelectual con su tiempo, le han llevado a ahondar y buscar en esta obra  el verdadero significado de la grave situación social y económica  actual.  Y ello porque solo desde un diagnóstico certero de lo que está ocurriendo, se  podrá poner  remedio radical a  esta grave situación social y económica que padecemos. Y sólo desde  la luz  que arroja para un historiador la evolución histórica de los dos últimos siglos, se demuestra la obsolescencia de una visión del pasado nacido de la Ilustración que presuponía (falsamente) que la flecha directriz del mismo era el progreso continuo y ascendente.
El futuro, como demuestra de manera evidente y clara lo ocurrido desde los últimos decenios del siglo anterior y ha continuado sucediendo con el estallido de la crisis financiera de 2008 y su transformación en la Gran Recesión que estamos atravesando, es desde el presente - como enuncia en el título de su libro- un país  extraño, sometido a la amenaza sombría de la desigualdad, la pobreza de los más, la destrucción ecológica y la limitación fáctica  de los derechos civiles, políticos y sociales ciudadanos. Futuro este que nos conduciría  (no irremediablemente) a un mundo dominado por  esta fase del capitalismo salvaje neoliberal que estamos viviendo en el presente  Y que ha puesto a la humanidad ante una situación crucial cuyo remedio solo puede venir  de la toma de conciencia  de nuestra realidad y de la oposición y lucha consecuentes  que la mayoría de los hombres de hoy hagamos para enderezar el rumbo injusto y antidemocrático que una minoría trata de imponernos.
           
Porque para Fontana, la actual crisis económica que padecemos es algo más que otra  crisis más del capitalismo, esto es, una crisis surgida puntualmente en 2008 bajo la forma de una crisis financiera que finalmente se ha convertido en una profunda crisis económica. Más bien estamos ante una verdadera crisis social de origen  político efecto de un proceso iniciado hace cuarenta años y consecuencia de un proyecto perfectamente calculado y llevado a la práctica, primero en Estados Unidos y Gran Bretaña y después en Europa, por determinadas elites empresariales y financieras para poner fin al capitalismo de rostro humano que se había instalado tras la segunda guerra mundial.
            La crisis de 2008 hay que inscribirla, pues, en una etapa regresiva del capitalismo que demuestra fehacientemente que el progreso indefinido en que se creía no era sino un espejismo, pero también que el capitalismo domesticado implantado tras la segunda guerra mundial no había sido  concedido gratuitamente, sino  arrancado al capital a través del miedo al bloque soviético y a la lucha de las clases no propietarias. Pero en  los setenta ese  miedo se esfumó tras el proceso imparable de decadencia de la Unión Soviética. La consecuencia, en el mundo anglosajón, fue que la clase capitalista dio un verdadero golpe de estado. Y a  través de un proceso de privatización de la política (control de las elecciones, imposición de leyes económicas desreguladoras, rebajas fiscales para las empresas y los más ricos, privación y limitación de derechos civiles, políticos y sociales,,,) y de la privatización del Estado (desmantelamiento del Estado de bienestar convirtiendo en negocio privado sus funciones) abrió las puertas a esta fase de capitalismo de casino que estamos viviendo, cuyas consecuencias, además de la crisis financiera y económica, han sido la desigualdad social, la pobreza para la clase media y trabajadora, además del vaciamiento de  la democracia formal penetrada por los poderes económicos, aderezado todo  ello por las limitaciones de numerosos derechos políticos, civiles  y sociales que tanto tiempo y tantas luchas había costado conseguir.
            Fontana demuestra, además, con profusas referencias documentales, cómo  en Estados Unidos y Gran Bretaña la respuesta que se sigue intentando dar  a la crisis financiera y económica  es una solución sesgada  desde los principios de esa política neoliberal que no sólo está sirviendo para ahondar más la crisis social, sino que, en realidad, sul objetivo último tiene como objetivo profundizar más en ese modelo neoliberal y en el beneficio del capital empresarial financiero. Es el mismo proceso (especulación, crisis, rescate de la banca, empobrecimiento de los trabajadores y las capas de medias, justificado todo ello por  la fábula  que  atribuye la crisis al exceso de gasto público) que, con algo más de retraso, debido al mayor calado del Estado del bienestar que existía en nuestro continente, se ha producido también en Europa al estallar la crisis financiera. Con el agravante de que aquí se ha ido todavía más allá en el control de la política por la banca y en el empobrecimiento de los ciudadanos de la Europa del Sur.  
            A escala global, la Gran Recesión está teniendo también unas consecuencias profundamente negativas de pobreza y conflicto a cuyo análisis dedica nuestro historiador  un excelente capítulo de su libro que nos proporciona en unas pocas páginas una reveladora radiografía de la actual situación mundial. Del mismo modo, la crisis social en marcha ha originado un conjunto de nuevos movimientos de resistencia y de   protesta contra sus perversas consecuencias con cuyo estudio cierra Fontana su obra. Algunos de esos movimientos como  los de los Indignados, Occupy  Wall Street  son más conocidos por desarrollarse en el centro del sistema y otros menos por hacerlo en la periferia como los de  de los estudiantes chilenos y Vía Campesina. Quizás, porque el de los Indignados es mejor conocido entre nosotros, Fontana  pone el énfasis, sobre todo, en el análisis de Occupy, del que hace un detallado análisis de su desarrollo, significado,  limitaciones y posibilidades
             En fin, no es extraño que este libro ocupe ya un lugar preferente en  muchas de las listas de libros más leídos. Es el justo reconocimiento no sólo de la sabiduría historiográfica de su autor,  sino también, sobre todo, de algo que hoy echamos tanto de  de menos, su coherencia ideológica  y honestidad intelectual.
 ( Publicado en el suplemento cultural de La Nueva España, de Oviedo)             


sábado, 24 de enero de 2015

¡ES LA ECONOMÍA, INDIGNADOS1

 ¡ES LA ECONOMÍA, INDIGNADOS!

                                                     Julio Antonio Vaquero Iglesias


Stephane Hessel
Cada día que pasa se le hace más difícil a este capitalismo financiero que sufrimos mantener la cohesión social y contener las protestas. Y cada vez  más frecuentemente se tiene que recurrir a la represión para acallarlas. Basta recordar la dureza empleada por el Gobierno conservador de Cameron en la represión de los autores de los últimos sucesos traumáticos ocurridos en  Londres y otras ciudades inglesas o la violencia con que comienzan emplearse aquí en España las fuerzas de seguridad contra los manifestantes del 15 M. Sin duda, el rey comienza a ser visto desnudo cada día  por mayor número de ciudadanos sufrientes. Sin embargo,  el discurso hegemónico (en el sentido gramsciano) que ha legitimado durante estas últimas décadas este capitalismo senil sigue todavía vigente y los defensores de la teocracia de los mercados continúan utilizándolo como instrumento de justificación del sistema neoliberal. Se trata de salir de la crisis económica aplicando medidas propias del capitalismo neoliberal, esto es, algo así como si se tratase de salvar a un  moribundo envenenado, aumentando las dosis de veneno que le ha llevado a esa situación fatal. Y eso exige, claro está, reforzar aún más la teoría neoliberal que sustenta  tales prácticas La razón no está desde luego en un error de diagnóstico, sino en tratar de mantener hasta el final - o. incluso, aumentar- a través de las prácticas especulativas los desproporcionados beneficios que este capitalismo salvaje da a una minoría, haciendo que las consecuencias de la crisis las paguen los sectores más débiles de la sociedad, precisamente aquellos que ni se han beneficiado ni son responsables de su origen.
            Que todavía ese discurso legitimador sigue en pie y es dominante lo demuestran varios hechos. Las medidas anticrisis nacen y se justifican desde el pensamiento y la teoría neoliberal; y las críticas y remedios que proponen los sectores que comienzan a no aceptar esta situación y  protestan contra ella, no van directamente ni radicalmente  al núcleo del problema que son los fundamentos del sistema neoliberal. Basta para demostrar lo primero las reformas  que proponen los gobiernos y los organismos económicos multilaterales para tratar de salir de la crisis (la última, en España, la del proyecto de reforma constitucional para controlar el déficit). De lo segundo es prueba palpable las críticas y medidas que proponen los “indignados” del  15- M.  Enfatizan estos últimos (“le llaman democracia y no lo es”) más las reformas políticas de la democracia demediada que vivimos en España y la justa necesidad de una verdadera democracia participativa, que los cambios estructurales del sistema o el remedio a las disfunciones básicas  del capitalismo neoliberal.
         Manifiesto de economistas aterrados (Editorial Pasos Perdidos/Ediciones Barataria, 2010) que expone de manera pedagógica diez falsas evidencias (y las correspondientes medidas correctas que, según ellos deberían adoptarse)  con las  que el discurso económico neoliberal trata de justificar las medidas anticrisis que nos proponen. Sus  autores son cuatro economistas franceses“aterrados” por la situación económica actual y su contenido ha tenido ya la adhesión de unos 3000 economistas y profesionales.

 No es extraño que entre los textos de cabecera de los “indignados” esté en primer lugar el valiente y ético  panfleto de Stéfane Hessel y otros de la misma naturaleza surgidos de autores españoles. Sin embargo, ha quedado en segundo plano, aunque también haya tenido cierta difusión y aparezca ya en las  listas de los libros más vendidos, otro como
            La crisis financiera y económica ha demostrado, según ellos, que ni los mercados financieros son eficientes para el funcionamiento de la economía ni para la asignación de capital, sino que, al contrario,  se han convertido en fuente continúa  de inestabilidad. No sólo no favorecen el crecimiento económico, como asegura la teoría neoliberal, sino que realmente lo obstaculizan y son el origen de los grandes desequilibrios que estamos padeciendo. Las empresas financiadas por esos mercados buscan como objetivo casi exclusivo el obtener desproporcionados e insostenibles beneficios  para los accionistas y también para los directivos de las empresas que han dejado de ser verdaderos asalariados. Lo que, a la larga, es un obstáculo para  un crecimiento económico regular y saneado. Como tampoco, al contrario de lo que defienden los que sostienen su eficiencia, los mercados  financieros son buenos jueces de la solvencia de los Estados. Las agencias de calificación financiera no son realmente objetivas ni neutrales, sino que proporcionan a los mercados una valoración subjetiva e interesada que contribuye a determinar los tipos de interés de la deuda pública favorables para los operadores y busca alimentar la inestabilidad como fuente de enormes beneficios especulativos
             Asimismo el origen del alza excesiva de la deuda pública no está, como tratan de hacernos creer los políticos y economistas neoliberales, en los gastos indiscriminados por encima de sus posibilidades de los gobiernos en sus “ineficientes” Estados de bienestar, sino en la caída de los ingresos públicos originada como consecuencia de la debilidad del crecimiento económico y de la contrarrevolución fiscal  (bajada sustancial de los impuestos) que los gobiernos han llevado a cabo desde el final del siglo pasado basándose en la aplicación de los principios neoliberales.
Tampoco es cierto, como se apunta en el Manifiesto, que sea un hecho evidente que la única medida para  reducir la deuda pública consista en limitar  los gastos del Estado con un ajuste brutal que suponga desmantelar el Estado de bienestar. No sólo por la  injusticia social que esto supone y  los problemas de cohesión social que originaría, como estamos viendo que esta ocurriendo en el Reino Unido tras los recortes brutales llevados a cabo por el Gobierno conservador de Cameron  (por cierto, el modelo a seguir por Rajoy en España de llegar al poder, según sus propias declaraciones), sino porque esas medidas antisociales no traerían además la solución al problema: la deuda pública  podría seguir creciendo si no se produce el crecimiento económico y el ajuste brutal para reducir esa deuda lo va a obstaculizar. Porque el crecimiento económico  no es independiente de los gastos públicos estables en educación, sanidad, investigación, infraestructuras, esto es, en el mantenimiento y hasta reforzamiento del Estado de bienestar. Es fácil suponer que de llevarse a cabo esos recortes de manera masiva y simultánea en toda la Unión Europea, esa política no sólo no contribuiría a sacarnos de la crisis, sino que nos conduciría de cabeza  hacia  esa recesión que ya aparece amenazante en el horizonte. Y, como en un círculo vicioso, ésta traería aparejada, sin duda,  un incremento de la deuda pública.
            Desde luego que los autores de  este Manifiesto  no han pretendido ofrecer un programa económico cerrado como base para una política económica progresista, sino solamente  exponer a los economistas y. sobre todo, iluminar a sus conciudadanos con las críticas de algunas de las falsas evidencias con que nos bombardean hoy los gobiernos y los “expertos” que se alinean con las políticas neoliberales. En realidad, esas críticas y soluciones lo que dejan entrever es una enmienda a la totalidad de ese capitalismo senil que es disfuncional por injusto y  que cada día que pasa deja más clara  constancia de su inviabilidad para satisfacer las necesidades de la mayoría de las poblaciones. Ésa es la lección que el Movimiento del 15 M debería sacar de la lectura de este Manifiesto. Las medidas y reformas que propongan deberían estar en función de programa máximo enfocado a solucionar el núcleo del problema: buscar y  tratar de implantar  un sistema económico alternativo al neoliberal.  
 (Publicado en Ciltura, suplemento cultural de la La Nueva España, de Oviedo)
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jueves, 15 de enero de 2015

Yo también soy gitano como Leonarda

                            YO TAMBIÉN SOY GITANO COMO LEONARDA
                                                                Julio Antonio Vaquero Iglesias


LA EXCOMUNIÓN DE MIGUEL HIDALGO

ABAD Y QUEIPO: EL OBISPO ASTURIANO QUE EXCOMULGÓ A MIGUEL HIDALGO 
                                                      Julio Antonio Vaquero Iglesias
         
Miguel Hidalgo, el prócer independentista mexicano
  
Fueron varios e importantes los asturianos que intervinieron en el proceso de independencia hispanoamericana, de cuyo inicio se cumple este año el  bicentenario que están conmemorando varios países latinoamericanos. Baste recordar los nombres de José Tomás  Boves (Boves era el segundo apellido de su padre, sus primeros apellidos eran Rodríguez y de la Iglesia y había  nacido en el ovetense barrio del Postigo de Oviedo), el caudillo de los  llaneros, que fue un apoyo decisivo para los realistas frente a los ejércitos independentistas en los llanos venezolanos; el del virrey de Perú José Fernando de  Abascal, nacido también en Oviedo, que logró detener  los primeros movimientos insurgentes en Quito y en Chile. Así como también el del general  Jerónimo Valdés, nacido en Villarín (Somiedo), que participó al mando de las fuerzas realistas en la batalla de Ayacucho (1824), en la que la derrota de los realistas simbolizó el final del Imperio español en la América hispana continental. Pero quizás sea menos conocido el papel del obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, quien, ni más ni menos, excomulgó al cura y padre de la patria mexicana Miguel Hidalgo y Costilla, el promotor del  denominado “grito de Dolores” (16 de septiembre de 1810) con el que simbólicamente comenzó la primera etapa del proceso de la independencia en el Virreinato de Nueva España.
            Hijo ilegítimo de un noble asturiano, Manuel Abad y Queipo nació en Villapedre (Grandas de Salime) en 1751. Fue a la  Nueva España acompañando al obispo fray Antonio de San Miguel. Concretamente  a Valladolid, actual Morelia, y terminó siendo obispo electo de la diócesis de  Michoacán. De ideología liberal reformista, Abad y Queipo fue crítico con la  actuación de la Corona española en México y  trató de mejorar la situación de los indígenas y las castas. Imbuido de las ideas de Campomanes y Jovellanos, identificó los problemas de la colonia y propuso en sus representaciones a la Corona y en sus cartas pastorales, reformas económicas y sociales influidas por las ideas de los dos ilustrados asturianos  favorables para los novohispanos
Para el obispo asturiano  el problema fundamental de la Nueva España era la gran desigualdad social entre los campesinos (castas e indios) y los españoles ricos, dueños de la tierra. “ En Nueva España- escribió Abad y Queipo--no hay graduaciones o medianos y son todos ricos o miserables, nobles o infames". De alrededor de los 4,5 millones de habitantes  que se calculaba que vivían en la colonia, “los españoles compondrán- escribió- un décimo del total de la población y ellos solos tienen casi toda la propiedad y riquezas del reino". El resto, es decir, los indios y las castas, "son criados, sirvientes o jornaleros de la primera clase". El resultado de esta deplorable desigualdad era un odio manifiesto y un con­flicto de intereses que conducían a "la envidia, el robo, el mal servicio de parte de unos, el desprecio, la usura, la dureza de parte de los otros".
            El eclesiástico asturiano fue uno de los grandes ideólogos contra la Consolidación. Con ese nombre se conoció al decreto impuesto desde la metrópoli en 1804 para consolidar los vales reales y poder así evitar la bancarrota de la Monarquía, lo cual implicaba remitir a la Corona el valor de determinados  bienes raíces eclesiásticos y dinero metálico del que era acreedora la Iglesia americana. Este decreto significaba una desamortización encubierta, pero perjudicaba, sobre todo, a comerciantes, mineros, propietarios que debían devolver a la Iglesia sus créditos para que ésta los reenviase a España. Lo cual suponía un grave lastre para la economía mexicana por la falta de liquidez  y la pérdida de la  capacidad de inversión de los grupos afectados que provocaba. Lo que originó un gran descontento en el virreinato de  Nueva España, que era uno de los territorios coloniales en que la Iglesia debía hacer una aportación mayor. Ese descontento fue precisamente uno de los factores que provocaron el surgimiento del movimiento independentista en el virreinato.
Abad y Queipo fue, de hecho, el autor de uno de los  memoriales- quizás, el mejor fundamentado de todos- contra la Consolidación en nombre de los comerciantes, mineros y propietarios de Valladolid, y esa lucha  la compartió con el cura Miguel Hidalgo, del que era amigo cuando éste era rector  del Colegio de San Nicolás en Valladolid y lo seguiría siendo hasta el inicio del movimiento insurgente que encabezaría Hidalgo en septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores. Abad y Queipo, al contrario, no sólo no secundaria la insurgencia, sino que fue, además, un acérrimo enemigo de ella, adoptando una postura totalmente favorable a la Corona que se concretó en su  excomunión del cura mexicano.
     Abad y Queipo había sido nombrado obispo de Michoacán en febrero de 1810 por la Regencia. Pero  como no obtuvo la aprobación papal rigió  su diócesis como obispo electo, pero no consagrado. Desde esa dignidad, el obispo asturiano se convirtió en un ardoroso patriota defensor del Imperio español, enviando a la Regencia advertencias de una posible insurrección general en el virreinato, dado el vacío de poder en España. Los americanos “quisieran  – advertía-  mandar solos y ser propietarios exclusivos del reino” y los indios y las  castas  odiaban a los españoles y seguirían a los criollos en su rebelión, aunque sus intereses fueran diferentes. Pero todo podría derivar – añadía- en una guerra de razas como la que había ocurrido en Santo Domingo. Para evitar el descontento criollo, Abad y Queipo proponía acabar con el monopolio comercial de España, abriendo todos los puertos de la América española a los navíos  extranjeros. Y por si eso no fuera suficiente poner en pie un ejército de unos 20.000 hombres para defender la colonia.
        
El obispo asturiano que excomulgó a Miguel Hidalgo
    El 16 de septiembre de 1810, el cura de Dolores, Miguel Hidalgo se levantó contra el dominio  español al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡ ¡Mueran los gachupines! “. Apoyado por una masa insurgente compuesta  de castas, indios, rancheros, artesanos y mineros del Bajío, atacó Guanajuato con la intención de expulsar a los españoles peninsulares y recuperar los derechos de “la nación mexicana” poniendo sitio a la ciudad y asesinando y saqueando las propiedades de numerosos españoles peninsulares. Posteriormente asaltó Valladolid y Guadalajara a la vez que suprimía la esclavitud, abolía el tributo para indios y mulatos, prohibía el arrendamiento de las tierras comunales indígenas y exigía la expulsión de los gachupines. Derrotado en enero de 1811 por las tropas realistas del entonces brigadier y después virrey  Félix María Calleja, Hidalgo fue juzgado y pasado por las armas. Pero la insurgencia continuó en el sur de la colonia con más fuerza y un fundamentado programa político, dirigida ahora  por otro sacerdote ,  José María  Morelos.
       A los pocos días de la proclama de Hidalgo, Abad y Queipo emitió un edicto  en el que combatía la insurgencia, defendiendo a los españoles peninsulares de las acusaciones de Hidalgo y reconociendo el derecho de España a gobernar América por “ la especial providencia de Dios en la elección de los espa­ñoles para convertir y civilizar a tantos pueblos idólatras y bárbaros”.A la vez que excomulgaba al cura Hidalgo y a sus principales seguidores por no haber respetado la inmunidad eclesiástica al detener y llevar a prisión a algunos miembros del clero.
            El edicto de Abad y Queipo se expresaba en estos términos:”Un sacerdote de Jesucristo […] el Cura de Dolores don Miguel Hidalgo, levantó el estandarte de la rebelión y encendió la tea de la discordia y la anarquía, y seduciendo a una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas…En este concepto, y usando de la autoridad que ejerzo como Obispo electo y Gobernador de esta Mitra, declaro que el referido D. Miguel Hidalgo, Cura de Dolores y sus secuaces […] son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos y perjuros, y que han incurrido en la excomunión mayor del canon* Siquis Suadente Diabolo […] Los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo, como prohíbo, el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo pena de excomunión ipso facto incurrenda”.
            La anterior excomunión fue ratificada por otros obispos de Nueva España e, incluso, dada su condición de obispo no consagrado, el arzobispo de México, Francisco Javier Lizana expidió un edicto en octubre de 1810 en el que declaraba que la excomunión de Hidalgo por el obispo electo Abad y Queipo era válida y de acuerdo con los cánones.
            Además como el derecho canónico de la época prohibía quitar la vida a un sacerdote, fue necesario antes del fusilamiento de Hidalgo en Chihuahua el 31 de julio de 1821 proceder a su degradación sacerdotal en una ceremonia en  la que se le arrancó la sotana y el alzacuello, se le raspó con un cuchillo la piel de la cabeza, las palmas de las manos y las yemas de sus dedos y se cortó parte de su cabello para despojarle del orden sacerdotal. 
            Por su parte,  a la vuelta de Fernando VII en 1814 como rey absoluto, Abad y Queipo regresó a España, donde aquél le llegó a nombrar Secretario de Estado y del Despacho Universal de Gracia y Justicia de España y de Indias, esto es ministro.  Pero sólo por unos pocos días, porque fue acusado y confinado por denuncia de la Inquisición por su liberalismo y su antigua amistad con Hidalgo. Durante el Trienio Liberal fue miembro de la Junta de Madrid y diputado en Cortes por Asturias por unos meses. Detenido por liberal en la Década absolutista, fue condenado a seis años de confinamiento en el monasterio de Santa María de la Sisla (Toledo) donde falleció de enfermedad en 1825.
(Publicado en  La Nueva España, de Oviedo)

              


miércoles, 7 de enero de 2015

La factoría neoconservadora

`                              LA FACTORÍA NEOCONSERVADORA
                                                 
                                                  JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS



 Una disección de cómo han conseguido alcanzar los neocons la hegemonía ideológica en Estados Unidos                                                     
         Como es bien conocido, Susan George, de origen norteamericano y nacionalidad francesa, es una  de las intelectuales que más se han destacado en el análisis crítico de  del  neoliberalismo desde la doble perspectiva económica- social e ideológica. Y esa crítica la ha realizado tanto en su labor como dirigente de la organización antiglobalizadora ATTAC como  escritora  empeñada en la tarea de divulgar  qué es y cómo ejerce su domino global el capitalismo neoliberal. Su obra “El Informe Lugano”,  escrita en clave de ficción y con ese objetivo, alcanzó una gran difusión y se ha convertido con el tiempo en un clásico  de la ya extensa literatura antiglobalizadora.
Esa misma orientación y  finalidad presenta su último libro, El pensamiento secuestrado. Dedicado, en este caso,  a la disección y divulgación  de cuáles han sido los procedimientos por los que la derecha neoconservadora norteamericana- los neocons- ha conseguido alcanzar el poder político y social en ese país y poner en práctica su doctrina. La tesis de .la George es que, desde hace cincuenta años, la derecha norteamericana ha seguido  un premeditado y perfectamente calculado plan, para conseguir la hegemonía cultural, en el sentido gramsciano de la expresión, dentro de la sociedad americana. Esa “larga marcha”, generosamente financiada por determinados sectores empresariales y otras instituciones civiles y religiosas, ha cosechado un verdadero éxito, consiguiendo “fabricar” o“colonizar” el “sentido común” de la mayoría de la sociedad norteamericana.
Analiza la autora  las raíces y el contenido de ese pensamiento neoliberal que se ha convertido en la ideología dominante en Estados Unidos. Ideología que, a través de su poderosa influencia política, económica y cultural, ese país ha logrado difundir o imponer  en gran parte del mundo, penetrando las prácticas de las grandes instituciones supraestatales que gestionan el capitalismo global. La doctrina neoliberal  hunde sus raíces en el pensamiento neoliberal de Hayeck y sus epígonos, pero añade, a los postulados económicos del éstos, basados en el principio de la soberanía del mercado, la conversión de los ciudadanos en consumidores y el Estado mínimo, otro  componente ideológico procedente de la Derecha religiosa que lo impregna  de un tono claramente fundamentalista.
Ese fundamentalismo pone el énfasis en valores morales profundamente conservadores, de raíz antiilustrada. Son las llamadas “políticas del cuerpo” que defienden rígidos comportamientos en cuestiones de sexo, familia y sociedad, además del control desde esos valores de la enseñanza, la medicina y el conocimiento científico. Lo que se traduce tanto en su decidida beligerancia antigay, antiabortista, como en su oposición a la investigación con células madre, la pretensión de la extensión   de la pena de muerte y la defensa a ultranza del modelo tradicional de familia, entre otras prohibiciones, censuras y actitudes. Además del  unilateralismo y la política expansionista, en política exterior.            
Una de las aportaciones más novedosas del libro  consiste en que, desde esa tesis, la autora se dedica a sacar a la luz , más que la red, la galaxia de instituciones con la que esa derecha ha conseguido su hegemonía ideológica. Multitud de centros de estudio., investigación, fundaciones, departamentos universitarios, todos ellos  generosamente financiados a largo plazo y con unos márgenes de amplia libertad de movimientos, han conseguido elaborar y difundir e imponer en la  sociedad civil ese pensamiento neoconservador a través de una inextricable y concentrada red de organizaciones de masas e imperios de comunicación propios o controlados.
Detrás de esa espectacular operación ideológica está una  coalición de unos concretas instituciones, sectores sociales y empresariales: el mundo financiero de Wall Street, las grandes empresas del sector de la energía e importantes empresas multinacionales, el Complejo Militar-Industrial, los Centros de Estudios Extremistas del Mercado y la organización de comunicación, el Eje Rush Limbaugh. Pero el auténtico  cemento aglutinador de esa ideología, y que ha jugado un papel decisivo como fermento  de su difusión y éxito, ha sido la Derecha religiosa estadounidense, con los cristianos evangélicos y los católicos tradicionalistas a la cabeza. El análisis sociológico de quiénes son los componentes de esa Derecha religiosa, cuáles son lideres y las instituciones y organizaciones que encuadran sus diferentes grupo,  y cuál ha sido la estrategia que han venido adoptando con éxito para controlar el aparato del Estado norteamericano en el marco de un planteamiento decididamente teocrático, constituye, sin duda, otro de los  núcleos temáticos de mayor novedad e interés de este libro.
 Estamos, pues, ante una obra reveladora para comprender el actual escenario político de Estados Unidos. Partiendo de esa hegemonía ideológica y del supuesto de que los planeamientos neoliberales “laicos” también están difundidos entre amplios sectores del Partido Demócrata, la autora pronostica que, sean los republicanos o los demócratas los vencedores de las actuales elecciones presidenciales, pocos cambios sustanciales cabe esperar de su resultado. También su lectura en clave doméstica es muy significativa. No sólo nos permite entender mejor el significado último que tiene esa deriva política de “nuestra” derecha religiosa y su “contubernio” con el ala derecha del Partido Popular. Sino también las limitaciones del centrismo de su inmolado líder  Gallardón. Y hasta su lectura a mi personalmente me trae, lo confieso, una profunda nostalgia de las  encíclicas de Juan XXIII.  








                                                           

viernes, 2 de enero de 2015

REPÚBLICAS SIN CIUDADANOS

                REPÚBLICAS SIN CIUDADANOS      
                                                JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

Sin duda, las conmemoraciones de los grandes acontecimientos históricos suelen aportar  un ambivalente fruto historiográfico. Siempre están imbuidas de un presentismo legitimador de la realidad política presente que deforma la  historia, pero también, frecuentemente, suelen ser la ocasión idónea para  cierto revisionismo historiográfico positivo que permite avanzar en el conocimiento histórico.
La conmemoración del bicentenario de la independencia de la América hispana que estamos festejando  este  año es una buena prueba de ello. Por una parte, los ecos de los  tópicos que las historias nacionales de los estados hispanoamericanos acuñaron desde la segunda mitad del siglo XIX siguen resonando en los discursos de  las celebraciones. Pero también, a su vez, la mencionada conmemoración está propiciando la aparición de trabajos históricos que contribuyen a desmitificar, desde diferentes  perspectivas teóricas e ideológicas, los relatos que nos contaron aquellas historias nacionales. Es el caso de  este ensayo de Rafael Rojas, Las repúblicas del aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica  (Taurus, 2010), merecedor del Primer Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco.
      Rojas reconstruye en este ensayo la historia intelectual del primer republicanismo hispanoamericano, esto es, el que  abarca la segunda y tercera década del siglo XIX y se solapa con el propio proceso de emancipación, pues, la guerra de independencia  hispanoamericana no fue sólo un conflicto bélico, sino un proceso de gran complejidad que implicó también un cambio político ( de imperio a república), además de  una rebelión popular (la de las clases subalternas contra los realistas, pero también, en ocasiones, la de aquéllas  contra los  propios criollos).

            Ese primer republicanismo hispanoamericano poco o nada  tuvo que ver con el del liberalismo romántico y nacionalista posterior que construyó los estados nacionales en la región. Este último daba por supuesto que la nación (la nación cultural, claro es) ya existía antes del proceso emancipador y la “inventó”  como el  sujeto agente del nacimiento y encarnamiento republicanos en la América Hispana. Pero Rojas demuestra  en su libro, con cierta solvencia, que esto no fue así.
 A través del análisis de la vida y las ideas de ocho destacados intelectuales y políticos que, tras la emancipación, participaron  en la construcción  y gobierno de de las repúblicas nacientes (los caraqueños Simón Bolívar y Andrés Bello ,los mexicanos fray Servando Teresa de Mier y Lorenzo de Zavala, los cubanos Félix Varela y José María Heredia, el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre y el guayaquileño Vicente Rocafuerte)-, el historiador cubano  reconstruye en su ensayo  las  fuentes doctrinales en que se basó aquel  primer republicanismo y prueba fehacientemente que los políticos e intelectuales que le dieron vida intelectual y política, nunca le atribuyeron un fundamento nacional étnico y cultural. Lo pensaron siempre como una forma americana de republicanismo cívico de clara inspiración clásica e ilustrada. E, incluso, cayeron en la falsa utopía de considerar aquellas repúblicas (que deberían unirse en una confederación hispanoamericana) como un probable instrumento regenerador de una ciudadanía manifiestamente mejorable, cuando en la realidad, tal ciudadanía no existía. Esto es, trataron de  hacer realidad lo imposible: construir repúblicas sin ciudadanos
A la altura de 1830, las guerras civiles, las desigualdades sociales, las luchas locales, las tropelías de los caudillos que asolaban la región ya habían conseguido  que aquel  primer republicanismo comenzase a  renegar de sus  utopías, y  sus actores intelectuales y políticos despertasen bruscamente  de sus sueños. De ahí el desencanto y el pesimismo que los inundó y traslucen  expresiones tales  como la de “repúblicas de aire”  (Simón Bolivar ) con que ha titulado Rojas su libro, o la de  “naciones de veletas” que  escribió   fray  Servando Teresa de Mier refiriéndose a la inestabilidad política endémica que padecieron aquellas repúblicas;  de ahí, también, la deriva cesarista del último  Bolívar al pretender para sí, renunciando a su ideales republicanos, una ilimitada concentración de poder  personal.

 Sin duda, esta historia intelectual acerca del primer republicanismo hispanoamericano es manifiestamente superior a los relatos de próceres y gestas, de buenos y malos, que nos ha contado  (y nos seguirán, sin duda, contando, con un barniz  renovado, durante esta  conmemoración bicentenaria) las historias nacionales. Aunque  también tenga sus limitaciones y no dé respuesta a algunas  preguntas fundamentales que sólo  puede contestar (en mi humilde opinión)  la historia social.
(PUBLICADO EN CULTURA, SUPLEMENTO CULTURAL DE  lA NUEVA ESPAÑA DE OVIEDO)  

viernes, 26 de diciembre de 2014

LA hUELGA DEL SILENCIO

¨                                         LA HUELGA DEL SILENCIO
                                  
                                                               JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

La furia y el silencio.
Asturias, primavera de 1962
Jorge M. Reverte
282 páginas
Espasa, 2008


Jorge Reverte relata con rigor y amenidad el  importante movimiento huelguístico de 1962 en Asturias

        


    La huelga de Asturias de  1962 fue, sin duda, el punto de inflexión  en el movimiento de oposición al franquismo. Significó, por una parte, la cristalización de la nueva oposición que había emergido en la década anterior al socaire de los cambios que aportaron los primeros y tímidos ensayos de liberalización económica; y, por otra, supuso  el despegue definitivo de una nueva y fortalecida oposición al franquismo en el contexto del profundo cambio económico y social que experimentó nuestro país con el desarrollismo que trajeron los tecnócratas y  el final  de la autarquía..
            Los      historiadores  hemos reconstruido ese movimiento huelguístico  con pelos y señales con motivo de su correspondiente  aniversario. Ahora Jorge Reverte ( La furia y el silencio. Planeta, 2008) da una nueva vuelta de tuerca  a aquellos episodios que desencadenaron  los siete mineros del pozo Nicolasa de Mieres que perdieron e hicieron perder el miedo a la dictadura no sólo a los mineros asturianos, sino a casi toda la clase obrera  española como demuestra  el impresionante  movimiento huelguístico que desencadenó en Asturias y terminó difundiéndose por toda España. Además de tener  un gran  eco internacional. Tanto que fue uno de los motivos de la negativa a la petición por el régimen franquista del ingreso de España  en el  Mercado Común. 
  El  libro de Reverte no añade nada nuevo a lo que ya sabíamos sobre aquel importante episodio, sino que su cualidad específica y relevante es, como ya se ha dicho, cómo lo cuenta. El escritor madrileño ha puesto a punto en sus libros sobre la guerra civil española una peculiar y efectiva  manera de contar la historia que está a medio camino entre el relato del novelista, el reportaje periodístico y la reconstrucción histórica para lo cual utiliza las fuentes primarias como base de sus relatos. Ésta es también la fórmula que utiliza Reverte en este caso para contarnos aquellos tres meses que desde Asturias iluminaron España, como cantaban los versos de Goytisolo
En su papel de historiador, Reverte reconstruye minuciosamente los hechos, a base, sobre todo, de los informes de la Brigada de Investigación Social y la Guardia Civil. Como periodista  recurre  a la  información significativa y  de interés  humano que ha extraído  de las entrevistas realizadas  con los actores de ambos frentes de la huelga,  tanto de represores como de huelguistas Entrevistas efectuadas por él mismo o que proceden de los trabajos de historia oral llevados a cabo por los historiadores. Sin que falten, casi a modo de un reportaje informativo y de divulgación, las aclaraciones y referencias para los  lectores no versados en la mina todos aquellos aspectos y peculiaridades que presenta el trabajo minero.
  Como novelista, ensambla magistralmente  toda esa compleja y variada  información dándole forma de un relato ágil, de fácil lectura, que adopta  en determinados pasajes un profundo tono literario que trasluce el gran amor que Reverte siente por Asturias. A la  vez que todo él está teñido de un profundo tono épico que refleja el  gran impacto que el imaginario de aquella generación de jóvenes opositores a la dictadura tuvieron los “ incidentes del Norte”, como eufemísticamente les denominó el dictador en alguno de sus discursos. Incidentes que llegaron- como decía nuestro siempre recordado Vázquez Montalbán (¡cuánto te echamos de menos, Manolo!),  a convertir el “Asturias, patria querida” en un canto revolucionario.   
            Reverte ha sabido leer con la perspicacia del novelista y el periodista los informes policiales y detectar cómo traslucen el asombro y desconcierto de las autoridades franquistas ante una huelga que no sólo fue, contrariamente a la tradición bronca y revolucionaria  (1917,1934,1936) de los mineros asturianos, tan pacífica que se la ha llegado a calificar como “la huelga del silencio”. Los mineros  huelguistas y sus mujeres (las cuales fueron uno de los actores fundamentales de la huelga) crearon, incluso, códigos simbólicos como las siembras de maíz en las entradas de las minas por parte de éstas o el gesto de no recoger las lámparas o no bajar las perchas de la ropa de trabajo, sin tener que recurrir a  las asambleas para tratar de evitar las represalias. Actitud pacífica que no evitó la violencia de la represión por parte de del régimen que fue realmente duro con los huelguistas con detenciones, deportaciones, torturas, además de la utilización de otros medios de presión por parte de las empresas como el cierre de los economatos o la pérdida de la antigüedad de los mineros huelguistas.
             El tratamiento que realiza Reverte de  la participación de los obreros católicos de la JOC y la HOAC y sus consiliarios en la huelga nos parece bastante correcto, aunque hemos detectado algunos datos erróneos que se derivan de  haberlos  trasladado sin corregir al libro  desde  los informes policiales y de la guardia civil. Del mismo modo  que  el silencio sobre ellos de las fuentes que ha utilizado, le han llevado a no mencionar a algunos actores importantes de aquella huelga, como es el caso de uno de los principales líderes de los obreros católicos, el empleado Rodolfo Alonso Astoreca, del lado de los huelguistas; y de parte de los represores, al arzobispo- coadjutor de Oviedo Segundo García de Sierra  quien adoptó una postura represora extremadamente  beligerantemente contra los sacerdotes que habían participado en el movimiento huelguístico en consonancia con su acendrado nacionalcatolicismo.
            Pero todo esto no es óbice para  que Reverte haya logrado relatarnos con éxito en 300 páginas de  manera  rigurosa y a la vez amena y asequible, lo que los historiadores hemos contado en miles de páginas. En muchos casos, con prosa plúmbea, de difícil digestión.
( Publicado en Cultura, suplemento cultural de La N

sábado, 20 de diciembre de 2014

LA HISTORIA DEL SIGLO XXI

                                          LA HISTORIA DEL SIGLO XXI

                                                          Julio Antonio Vaquero Iglesias

Eric Hobsbawm es el historiador del siglo XX por excelencia. No sólo porque  es el que mejor ha historiado la pasada  centuria, sino también por la calidad del conjunto de su obra historiográfica. Hasta tal punto que esa valoración positiva ha logrado una no rara, sino excepcional unanimidad  por toda clase de  historiadores y lectores de todo el arco ideológico y de  diferentes  niveles intelectuales. Lo que es todavía más difícil siendo como es un historiador que se mueve dentro de las coordenadas teóricas del materialismo histórico a las que  nunca ha renunciado
Y no ha renunciado a sus fundamentos teóricos a pesar de la crisis que han experimentado desde los últimos decenios de ese siglo los paradigmas “fuertes” historiográficos  como el vinculado al pensamiento marxiano.  Pero siempre lo ha hecho el historiador británico al margen de cualquier planteamiento esencialista doctrinal. Y siempre  ha tenido, además, como prioridad  defender en la teoría y en la práctica el carácter científico del conocimiento histórico por el que  ha hecho una apuesta decidida en toda su obra, huyendo de cualquier veleidad o inclinación hacia esa nueva historia “blanda” posmoderna y narrativa que se ha puesto de moda en los últimos tiempos. Quizás sea la conjunción de estas dos características lo que  explique en parte esa aceptación generalizada que tiene  su obra.  
Paradójicamente, siendo como es el gran historiador del siglo XX, pocos historiadores como él nos han contado con tanta fiabilidad la historia del siglo XIX. Y, además, como nos demuestra  su último libro, a sus lúcidos 90 años, rizando el rizo,   pronostica, conjugando de manera magistral el análisis del  pasado y del presente, cómo puede ser el futuro de la historia del siglo XXI.
Efectivamente,. Guerra y paz en el siglo XXI  (Editorial Crítica, 2007) reúne un conjunto de conferencias dictadas por Hobsbawm en importantes foros políticos, culturales y académicos internacionales, que fueron editadas después en diversas revistas especializadas. Tratan estos artículos  acerca de cinco de las  grandes cuestiones políticas a las que se enfrenta hoy  la humanidad en el  nuevo milenio: los problemas de la paz y la guerra; del imperio y las prácticas imperialistas; la nación y el nacionalismo; la realidad de la democracia liberal; y el de la violencia social y el terrorismo 
Historia no profética
Precisemos el contenido del libro y su significado. No trata concretamente nuestro historiador en él de los problemas económicos mundiales. Pero deja claro que en el fondo de esos graves problemas políticos están  la gran capacidad  tecnológica y de transformación del medio que el hombre ha llegado alcanzar. Así como los profundos cambios que nuestra civilización ha experimentado desde la segunda mitad de la pasada centuria. Cambios que considera como un verdadero salto cualitativo desde la implantación de la revolución neolítica. Y destaca, sobre todo, como telón de fondo de esos graves problemas políticos, el proceso de globalización realmente existente con las secuelas de  polarización económica y social que ha producido a escala mundial y dentro de los estados. Lo que lo convierte por ello en el otro foco generador de inestabilidad política y social que padece el mundo hoy.
Tampoco está en la intención de Hobsbawm hacer de profeta. Sino de practicar algo que sí  se ha considerado siempre una de las funciones sociales más importantes de la historia: contribuir a  explicar el presente y a arrojar toda la luz posible  sobre el futuro que nos espera. Práctica que ahora se desdeña por esa  historia que dedica sus esfuerzos a explicar acontecimientos tan “relevantes” como una matanza de gatos, asunto de una de las obras emblemáticas de esa historia culturalista y narrativa que nos ha traído el posmodernismo. Pero no trata de ser adivino ni de arañar la costra del presente para predecir el futuro ni de determinar lo que va a suceder desde ninguna ortodoxia doctrinal. Sino que intenta, desde el análisis en profundidad de los procesos históricos políticos seculares y sus tendencias actuales, identificar las diferentes y probables alternativas que esas graves y fundamentales cuestiones políticas pueden tener para el futuro de la humanidad.      
 Guerra y paz
            La desaparición de los países del socialismo realmente existente  ha cambiado radicalmente el marco político internacional y con ello ha aparecido un nuevo escenario de la guerra y la paz desde las últimas décadas del pasado siglo. No sólo ha desaparecido el anterior equilibrio de la amenaza nuclear, sino también el  orden internacional creado en el siglo XVII tras la Guerra de los Treinta Años, basado en estados territoriales que tenían un verdadero monopolio de la fuerza dentro de sus fronteras y dirimían sus conflictos dentro de ciertas reglas. Su sustitución por un nuevo orden internacional basado en una sola superpotencia como quiere el actual gobierno de Estados Unidos no podrá, según Hobsbawm, mantener la paz mundial. El siglo XXI será un siglo de guerras endémicas, si no epidémicas. Pero no tanto entre estados como dentro de cada estado, alimentadas por las intervenciones militares de otros estados, dada la crisis y falta de legitimidad que padece el estado- nación y la ausencia de una eficaz y verdadera institución arbitral de carácter supraestatal global. Del mismo modo que por esa y otras razones la violencia social que ha padecido el mundo en  la centuria pasada se hará recurrente Sostiene nuestro historiador, sin embargo, que, a pesar de la nueva naturaleza del terrorismo actual, la lucha contra el mismo no puede considerarse como una verdadera guerra. Su verdadero peligro está más en la manipulación que de él hagan los gobiernos, como ya está ocurriendo.              
De imperios y naciones
Con el nuevo siglo y tras el atentado de las Torres Gemelas, el gobierno de G. W, Bush practica una nueva política imperialista que ha supuesto un cambio radical de la anterior práctica imperial norteamericana. Busca implantar un nuevo modelo de imperio. Se trata de un imperio global que se distingue de todos los imperios históricos que se han conocido. Ningún imperio histórico tuvo ese proyecto de dominio global como se pretende alcanzar ahora. Ni siquiera puede reconocerse en  el modelo más cercano posible, el Imperio inglés del siglo XVIII y XIX. Ésta es la conclusión a la que llega  Hobsbawm tras un magistral análisis del nuevo proyecto imperial norteamericano y sus causas y el que llevaron a la práctica los británicos. Si bien es cierto que éste también tuvo un alcance global, nunca buscó el dominio global. Y su finalidad fue prioritariamente  la explotación  económica de los territorios dominados, no el control estratégico de todo el planeta como pretende ahora el actual  gobierno norteamericano.
Hobsbawm, que  ha sido además  un excepcional y cualificado testigo del fin de algunos de esos imperios regionales del pasado siglo (como nos ha contado en su brillante autobiografía), considera los imperios no sólo como una forma política injusta de dominio, sino también inoperante para mantener el orden político y social, como pretenden algunos de sus propugnadores. Nunca hubo realmente  ni Pax  Romana ni Pax Británnica. Como tampoco hay hoy Pax Americana. No la puede haber bajo un sistema de dominación imperial, porque, como predica el viejo dicho: “Puedes hacer lo que quieras con una bayoneta, salvo sentarte en ella”.  Por eso en todos los imperios, dentro y fuera de ellos, los historiadores han constatado siempre rebeliones  y conflictos entre los dominados que los padecen  y no se creen las justificaciones imperiales. En los imperios históricos, la legitimación era la implantación de la civilización como si de un cultivo se tratara. Sobre  aquellas “razas inferiores y sin ley” de las que  hablaba Kipling. (Por cierto, uno de los autores de cabecera del señor Aznar). En el americano actual son los derechos humanos y la democracia liberal. Lo que Hobsbawm denomina como “imperialismo de los derechos humanos”.
             Para el historiador británico el actual modelo de imperio americano tiene escasa o ninguna viabilidad. No sólo a largo plazo porque la historia demuestra que todos imperios fenecen víctimas de sus contradicciones. Sino que por razones propiamente internas no tendrá gran duración. Ni los propios ciudadanos americanos están interesados en el imperialismo ni en la dominación mundial; ni la economía estadounidense está en condiciones de sostener uno y otra. Tampoco la actual política imperial de Bush hijo satisface a los intereses de importantes sectores del capitalismo norteamericano. Por todo ello, deduce Hobsbawm, llegará  un momento en que los electores y otro gobierno decidirán que es mucho más importante concentrarse en la economía y los asuntos domésticos que en esa desorbitada e irracional  aventura imperial. La actuación de la oposición demócrata y las manifestaciones actuales de  la opinión pública  estadounidense parecen confirmar tal pronóstico.
            Hobsbawm es autor de uno de los más importantes estudios que se han realizado sobre la historia del nacionalismo. De ahí que su análisis y reflexiones sobre la situación actual y el futuro de la nación-estado y el nacionalismo tengan un especial interés. Y la verdad es que a pesar de su corta extensión, su enfoque y contenido no sólo no  defrauda, sino que sabe a poco.
El autor de Nación y nacionalismo desde 1780  evalúa la situación por la que atraviesan la nación-estado y el nacionalismo al comenzar el siglo XXI como un estado de crisis  y ambigüedad. Situación que relaciona con dos importantes transformaciones que afectan al mundo actual y origina una de las más graves consecuencias que padece, a saber. Por una parte, está la inestabilidad política internacional surgida tras el colapso de la URSS  y su secuela de intervenciones militares de las potencias occidentales en los denominados “estados fallidos”. Entre cuyos gobiernos y poblaciones provocan por reacción un fuerte resentimiento contra ellas bajo la forma de un  renovado y virulento nacionalismo.
 La otra causa que mencionábamos son los flujos migratorios internacionales masivos de la globalización que han producido una situación de creciente cosmopolitismo en los viejos estados- naciones, rompiendo su homogeneidad cultural nacional. La carta de la identidad  ciudadana  comienza ya a no ser la partida de nacimiento, sino el pasaporte. Esa dialéctica entre reacción nacionalista y avance cosmopolita no expresa sino la crisis que vive hoy el estado- nación y cuya principal manifestación y consecuencia es el avance en nuestras sociedades de la xenofobia. Hobsbawm ilustra esa contradictoria situación, como buen británico, con  un expresivo, sociológico y delicioso ejemplo sobre la actual situación del fútbol. Pero, no se atreve a pronosticar, si esa crisis finalmente  se consumara, cuál puede ser el posible sustituto del estado-nación.
Democracia de baja calidad.
El siglo XX ha terminado con la difusión por todo el planeta de la democracia liberal como forma política más valorada y aplicada Pero ahora en los umbrales del nuevo siglo, tras la desaparición de los regímenes del socialismo real, la conciencia sobre sus limitadas virtualidades es todavía más evidente. El escepticismo que latía en la conocida sentencia de Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás”, se ha hecho ahora, sin duda, más visible. Pero, además, el nuevo escenario económico y político mundial ha agravado aún más, según Hobsbawm, la condición de baja calidad inherente a la democracia liberal, poniendo incluso en peligro sus elementos positivos. Cumple ya con dificultad las tres funciones y condiciones  básicas que venia realizando: tener más poder  que otras unidades que operan en su territorio; la aceptación sin reservas por sus ciudadanos de su autoridad; y, sobre todo,  la prestación al ciudadano de los servicios que comprende el Estado de bienestar. El capitalismo globalizado neoliberal  vigente ha privatizado muchos de esos servicios. Subordina con ello sectores vitales para el interés público  a los intereses del mercado Y no sólo reduce la extensión y eficacia de tales servicios, sino que contribuye a adelgazar aún más la ya escasa participación ciudadana en la política que existe en la democracia liberal. Por ello, la soberanía del mercado no es un complemento de la democracia liberal, sino una verdadera alternativa a la misma.        
      En fin, Hobsbawm nos vuelve a dejar con este libro una muestra de su gran capacidad de reflexión y finura de análisis histórico, además de su consumada habilidad en el manejo de una vasta y significativa erudición. Esperemos que no sea el último y su lucidez nos pueda seguir iluminando, hasta donde sea posible, el futuro con sus profundos y magistrales análisis del pasado. 

            

viernes, 12 de diciembre de 2014

La vía española a la modernización


                      LA  VÍA ESPAÑOLA A LA MODERNIZACIÓN

 

                                          JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

          
  De todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España / porque termina mal…/  Estos versos de  Gil de Biedma expresan mejor que cualquier  tratado histórico el que fue el  paradigma dominante (casi hasta ayer) de la excepcionalidad (negativa) de la historia de España. Una historia contemporánea llena de violencia en la que la excepción  fue la democracia y la norma, la inestabilidad política y las guerras civiles, anormalidad que  habría llegado a su máxima expresión  en  la guerra civil de 1936. Evolución que habría culminado con la excepcionalidad (positiva) de la  Transición en la democracia tras el final de la Dictadura. Una historia en la que la revolución industrial habría sido un fracaso, el proceso secularizador, incompleto ( incluso hasta hoy mismo) por el dominio abrumador  de una  Iglesia católica, siempre en lucha con el anticlericalismo beligerante e intenso que habría constituido uno de los rasgos peculiares de nuestro proceso histórico contemporáneo. Una historia, en fin, que nos había separado de Europa que siempre fue el camino a seguir y la meta a llegar para todos los intelectuales y políticos  progresistas que en España han sido en los siglos XIX y XX para los que España se vio y se escribió siempre como “problema”: institucionistas, generaciones del 98 y del 14....

            Sin embargo, hoy tras los avances de la historiografía más reciente ese paradigma  de la anormalidad  negativa ya no se sostiene y cada vez aparece más claro que la historia de España no fue tan diferente a las  historias de los otros países de Europa Occidental  En realidad, esta visión de la historia española ha dejado claro que aquella percepción de anormalidad ocultaba un planteamiento equivocado. No había, en realidad, tal “problema de España”, como se denominaba a la pretendida excepcionalidad española. Porque, en realidad, no hay una historia “normal” europea: los grandes estados europeos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, y el resto de los pertenecientes a lo que se ha denominado Europa occidental se “modernizaron” (digámoslo sin tapujos: accedieron al capitalismo industrial con democracia liberal) por vías claramente diferentes. No hay pues una historia de Europa “normal” ( a no ser la idealizada por nuestros intelectuales y políticos) que haya supuesto ni un camino común ni implique unas etapas prefijadas: las rutas hacia la modernización de Gran Bretaña, Francia y Alemania  fueron claramente diferentes entre sí. La pregunta pertinente para España es, pues, ¿cómo fue la vía que siguió nuestro país hacia la modernización? Y la  respuesta sólo puede venir de la historia comparada y desgraciadamente los historiadores españoles no la han practicado con frecuencia y todavía la practican escasamente.

 De ahí la oportunidad de este libro que trata de hallar respuesta a esa pregunta por la vía comparativa. Me refiero a “¿Es  España diferente?. Una mirada comparativa (siglos XIX y XX) (Taurus 2010) que ha  dirigido el profesor de la Universidad Complutense, Nigel Townson y en el que intervienen, además de él, otros destacados historiadores españoles y anglosajones: José Álvarez Junco (la cuestión nacional), María Cruz Romeo Mateo ( la violencia y la inestabilidad políticas), Edward Malefakis ( la II República), Nigel Townson ( la secularización y el anticlericalismo y  el franquismo) y Pamela Radcliff (la Transición), autora por cierto (por qué no recordarlo otra vez) de un excelente libro sobre la clase obrera gijonesa.

            Las contribuciones de estos historiadores demuestran que, si en ciertas etapas y algunos de los aspectos de la contemporaneidad tratados en este libro, España ha sido diferente, eso mismo se puede atribuir a las diferentes historias de los países europeos: desde las de  Gran Bretaña y Francia hasta la de Alemania, pasando por  las de Italia y Portugal y demás países de nuestro entorno, cada una de las cuales tiene sus propias peculiaridades y rasgos, ritmos y períodos históricos diferenciados.

            La gran laguna del libro, a pesar de ciertas referencias puntuales que se hacen a ello, es la ausencia de un capítulo dedicado al supuesto fracaso  económico español. Precisamente, uno de los pocos aspectos de nuestra supuesta excepcionalidad que los historiadores españoles han tratado ya comparativamente llegando a la conclusión de que no hubo tal fracaso, sino cierto retraso en el XIX y un brusco frenazo en el XX consecuencia del paréntesis que supuso la guerra civil. Y quizás también la guerra civil hubiese requerido dentro del libro un tratamiento con entidad propia.  A pesar de ello, estamos ante un libro aprovechable que deja claramente obsoleto el paradigma de la anormalidad de la historia española y bien puede servir  como punto de partida para continuar con el debate historiográfico de cuál fue la vía española a la modernidad. Debate que, sin duda, se convertirá, a medida que la historia comparada vaya avanzando en nuestro país,  en una de las cuestiones más sugestivas y necesarias  para el conocimiento de  la historia de España.          
( Publicado en Cultura, suplemento cultural de La Nueva España de Oviedo)
 


viernes, 5 de diciembre de 2014

ESPAÑA NO FUE (TAN) DIFERENTE


                                          ESPAÑA NO FUE (TAN) DIFERENTE

                                                            JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

          
  Santos Juliá ha escrito libros memorables sobre  la historia contemporánea de España y siempre tendremos que agradecerle su excelente edición de las obras completas de Manuel Azaña. Pero también una parte  importante de su obra  ha sido expuesta en ensayos y estudios históricos de menor dimensión cuyo soporte de publicación han sido revistas históricas especializadas o culturales, libros colectivos y hasta en reseñas críticas en suplementos culturales y en revistas de libros. Precisamente, su último libro,  Hoy no es ayer ( RBA, 2010), recoge   trece de esos trabajos dispersos  (sólo uno  no estaba todavía publicado), pero no menores  que  no sólo componen un conjunto de gran coherencia temática que abarca todo el proceso histórico del siglo XX español, sino que, además, tratan de  algunos de los aspectos fundamentales y más controvertidos de esa historia sobre los que Juliá ha venido manteniendo interpretaciones originales y solidamente fundamentadas que, en algunos casos, rebaten convincentemente algunos de los tópicos más arraigados de esa historia, y, en otros, han suscitado la polémica y la confrontación historiográfica.

            En el artículo inicial, Santos Julia desarrolla la tesis central del libro que recorre, explícita o implícitamente, la mayor parte de  los ensayos y estudios recopilados. Frente a la interpretación de la historia de España bajo el paradigma  de la excepcionalidad que se concreta en la anomalía , dolor, fracaso y decadencia de España, y  que adquirió carta de naturaleza a partir del 98 y se mantuvo como interpretación dominante de nuestra historia  casi todo el siglo XX (y aún hoy sigue impregnando las páginas de muchos de los  libros de texto de nuestros estudiantes de secundaria y bachillerato), nuestro autor mantiene, tras los pasos que en ese sentido había iniciado la historia económica, que, con cierto atraso, también en España existió en las tres primeras décadas del siglo XX un importante cambio social que supuso la introducción en nuestro país un poderoso avance en el proceso de modernización económica y social con el desarrollo de la industrialización, la urbanización, la transformación demográfica en el mismo sentido que habían seguido las grandes naciones europeas. Cambio que se interrumpió con la Guerra Civil  y volvió a reemprenderse en los años sesenta de la Dictadura. La historia de  España no fue, pues, en ese aspecto tan diferente a la de los países de su entorno como nos decía la interpretación de la decadencia y el fracaso.

Sin embargo, esa “modernización”  de la sociedad no tuvo su correlato en cuanto a la forma de estado y al sistema político que, sometidos a numerosos vaivenes y graves limitaciones  durante el siglo XX, han tenido enormes dificultades para transformarse en un Estado democrático homologable a los que establecieron los grandes países europeos. La secuencia de veintitrés años de monarquía constitucional; siete de dictadura con monarquía y sin constitución; ocho de república, de los que tres fueron de guerra civil y con una dictadura en una gran parte del territorio nacional; treinta y seis de dictadura, tres de transición y veintitrés de democracia, es una  palpable y significativa prueba de las dificultades que tuvo España para alcanzar la estabilidad democrática.

La República  – mantiene Santos Juliá- no fue , pues,  un régimen inmaduro que llegó a destiempo, sino el fruto granado de una alianza entre las clases medias y la clase obrera surgidas  de aquel  desarrollo económico- social originado con el inicio del siglo. Por ello, nada había de ineluctable para que aquella primera democracia no pudiera consolidarse y terminase  inevitablemente  en una guerra civil, como todavía  mantiene  cierta historiografía de  la derecha. Como tampoco, en sentido contrario, el cambio social derivado del desarrollismo franquista fue la causa necesaria  y suficiente que trajo automáticamente la democracia. Ésta fue el fruto  de una acción política no sólo proveniente de un pacto entre las elites políticas de  dentro del sistema (una vez que los intentos de reforma  desde dentro del  régimen fracasaron) y las de la oposición tradicional, sino también de una intensa movilización política de una oposición de amplia base social, surgida en gran medida de los cambios sociales traídos por el desarrollismo, y que ya desde los sesenta  había roto el tiempo de silencio que la feroz represión de las primeras etapas del franquismo había impuesto.

Especial interés tienen los artículos finales de  la recopilación que tratan  de los usos y abusos de la memoria histórica no sólo por su actualidad, sino también por el carácter polémico  de su tesis principal. Santos Juliá hace  en ellos un análisis impecable de las causas de ese uso obsesivo de la memoria histórica que estamos viviendo en los últimos tiempos, del concepto de  memoria histórica como memoria colectiva  y de sus  fines ideológicos e instrumentales. Pero defiende la tesis (aplicándola al caso de la memoria histórica de la guerra civil y el franquismo) de que nunca se puede imponer ninguna memoria colectiva desde el poder ni siquiera la democrática ni la antifascista , por la incompatibilidad insuperable que ve  entre  esa clase de memoria y la objetividad del conocimiento histórico.  Una tesis que ha recibido numerosas críticas a las que me uno. Porque una cosa es imponer y otro fomentar y siempre podría difundirse una memoria colectiva democrática modulada y matizada  por la historia.

Eso sí, esa tesis no le impide reconocer explícitamente la justicia de la recuperación de los muertos  todavía insepultos de la guerra civil y del franquismo, de la anulación de las causas penales de los represaliados  por la dictadura  y de las debidas reparaciones que se merecen. Ni, coherentemente, criticar por ello  al Partido socialista por las limitaciones que en ese sentido ha tenido su Ley de Memoria Histórica.    
(Publicado en Cultura , suplemento cultural de La Nueva España de Oviedo)