viernes, 15 de junio de 2018






FRANCISCO QUIRÓS LINARES, UN GEOGRÁFO HUMANISTA    
                                              JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
 El día 1 de junio falleció el catedrático de Geografía de la Universidad de Oviedo, Francisco Quirós Linares y aunque sé que no era persona amiga de honores y menciones y quizás esto explique el respetuoso silencio público de sus discípulos y amigos en su muerte, considero humildemente que es de justicia contribuir a dar a conocer a la ciudadanía asturiana la relevante  importancia que, no sólo para el desarrollo del conocimiento y la enseñanza de la geografía de Asturias y de España, sino  también para el  conocimiento de la historia y  la cultura asturiana, tuvo  su labor científica y su magisterio, amén del ejemplo de honestidad intelectual y personal que nos demostró a lo largo de su largo magisterio en la Universidad ovetense, a la que llegó como catedrático  en 1970  procedente  de la Universidad de La Laguna.
Nacido en Zamora, Quirós estudió en la Universidad Complutense y fue, y este es un dato de suma relevancia en su biografía tanto en el aspecto propiamente científico-académico como en el personal, discípulo del catedrático de aquella universidad, Manuel Terán, intelectual vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, personaje  de una gran estatura científica y moral,  creador de una brillante escuela de geógrafos que partía del principio que el objeto de la disciplina era explicar el espacio geográfico desde la evolución histórica y que para ello se debía acudir no sólo a la historia sino a los conocimientos de todas las ciencias humanas.
 Quirós fue un verdadero maestro en ese aspecto. En parte porque poseía no sólo una profunda cultura histórica, sino  también un dominio solvente  de los saberes humanísticos. Esa amplía visión le llevó a tratar temas muy variados en sus investigaciones, aunque su especialidad fue, sobre todo, la geografía urbana. Son numerosos e imprescindibles para el conocimiento geográfico de España y Asturias sus  trabajos en la revista de Estudios Geográficos y en Ería la revista del Departamento de Geografía de la Universidad de Oviedo, que fundó y dirigió y es hoy uno de foros más importantes de los estudios geográficos en España.  Los puertos, las ciudades, los cementerios de Asturias fueron solo algunos de los variados asuntos que Quirós, excelente y puntilloso escritor, analizó en sus investigaciones. Además de haber dirigido y participado en la publicación de la  Geografía de Asturias  de la editorial Ayalga. Amén de otras  obras de gran importancia para el conocimiento de la geografía española como  Las ciudades españolas en la mitad del siglo XIX   o  Atlas temático de España (en colaboración con Gaspar Fernández Cuesta), entre otras. Algunas de sus obras, recuerdo, nos sirvieron a algunos profesores de bachillerato para explicar en la práctica, a través de itinerarios geográficos, la realidad geográfica asturiana, como fue  enseñanza  de la geografía urbana de Oviedo  a partir de su  pionero y excelente estudio sobre  El crecimiento espacial de Oviedo. 
 Pero no sólo fue un excelente investigador sino que la labor que realizó en la Universidad de Oviedo fue decisiva para la  creación y desarrollo de los estudios geográficos en ella. En realidad, fue el verdadero artífice del Departamento de Geografía de la Universidad de Oviedo y el diseñador del currículo de la licenciatura  y los estudios específicos que de esta disciplina  se están impartiendo en nuestra universidad.
 En efecto, si hoy los estudios geográficos  en Asturias son de los más reconocidos dentro de la universidad española, es en gran medida gracias a su labor.  Del mismo modo, que es obra suya la creación de la nutrida y excelente escuela de geógrafos que han salido de la Universidad asturiana y que hoy no sólo  forman con gran solvencia y preparación a los alumnos de Geografía  que se licencian en ella, como demuestra el que  varios  de ellos ocupan titularidades y cátedras no sólo  en sus aulas sino también en las de  otras universidades españolas. Del mismo modo que tuvo un importante papel en la institucionalización de la profesión geográfica a través de su actividad en la Asociación de Geógrafos de España (AGE) Como se ha dicho con acierto Quirós sirvió  de puente entre aquella  inicial y destacada generación de geógrafos clásicos y las nuevas generaciones de profesionales de esta disciplina.
 No podemos dejar a un lado tampoco la importante labor que Quirós llevó a cabo como investigador y promotor de la investigación de la cultura asturiana, pero siempre desde un planteamiento científico y riguroso. En este campo es de destacar su colaboración como autor con numerosos trabajos publicados  y como miembro de su  junta directiva en la revista Ástura, de la que formaron parte también los inolvidables, y ya fallecidos también, profesores Ignacio Ruiz de la Peña y Santiago Melón, catedráticos respectivamente de Historia Medieval e Historia económica de nuestra universidad. 
  Las emotivas y justas palabras que Quirós dedicó a su maestro Manuel Terán con motivo de su fallecimiento en 1984 podemos aplicárselas también a él, aunque estoy casi  seguro que  con su  modestia habitual las rechazaría con su fina ironía. Decía don Francisco de su maestro que no sólo había enseñado a sus alumnos y discípulos  una disciplina y una tradición científicas que hacían compatibles la ciencia y el humanismo, pero  que había practicado además una norma de conducta basada en la flexibilidad y la tolerancia en su trato con ellos. Actitudes que eran diametralmente opuestas a la intransigencia, la intolerancia y el dogmatismo que predominaban en gran medida en la  época de su maestro y de los que todavía seguían existiendo importantes resabios en la suya. Ese fue efectivamente el modelo de Quirós como científico y como maestro. Y es de plena justicia reconocer que lo llevó a la práctica con probada honestidad intelectual y  ejemplar solidez moral.

(PUBLICADO EN LAS PÁGINAS DE OPINIÓN DE LA NUEVA ESPAÑA, DE OVIEDO)

lunes, 11 de junio de 2018


                 







1968: EL AÑO QUE PUDO CAMBIAR EL MUNDO
                                JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
      El cincuenta aniversario de la denominada revolución de Mayo de 1968 no parece estar aportando ninguna novedad editorial destacada en el análisis de aquellos  acontecimientos. No es sólo que los libros publicados sean sobre todo escritos testimoniales, en muchos casos de los que ni siquiera estuvieron en París en aquel mayo caliente en el que  se podía encontrar la playa bajo los adoquines o los universitarios, no sólo de Paris, sino también de México y hasta de los campus de Estados Unidos, España, Italia, Alemania, Grecia y otros trataban de llevar la imaginación al poder tratando de romper no sólo con la realidad política existente sino también  con  los modos de vivir con aquel mundo surgido tras la ola de prosperidad capitalista de la que el mundo desarrollado gozó tras la Segunda Guerra Mundial y que comenzaba a cuartearse en la década de los  sesenta.
  No sólo, pues, no parece hallarse ninguna novedad importante en esta literatura reciente del 68, sino que, además, en muchos de los análisis publicados en estos últimos meses da la impresión que lo que tratan la mayoría de ellos no es sino blanquear aquella etapa revolucionaria, limitando su significado a un movimiento  de carácter  romántico y al margen de la realidad llevado a cabo por estudiantes franceses, mexicanos, norteamericanos o del resto del mundo desarrollado que protestaban y luchaban por una  revolución sin causa justificada viviendo como vivían en sociedades de un alto  nivel de vida en las que no sólo sus necesidades vitales estaban cubiertas sino que, además, como miembros de familias de la burguesía o de las capas más elevadas de las clases medias, tenían por delante  un halagüeño futuro con la posibilidad instalarse en buenas condiciones en sus respectivas sociedades.
En realidad, se ha dicho y se vuelve a repetir en estos días (y esto tiene, sin duda, un punto de verdad, pero que limitado sólo a ello no deja de ser sino un reduccionismo) que aquellos acontecimientos no fueron sino solo una  revolución cultural que trató de hacer realidad los valores de los sentimientos  equiparándolos con los de la racionalidad instrumental imperante. Que en resumidas cuentas -dicen los que así interpretan mayo del 68- que aquella explosión revolucionaria solo fue flor de un mes y nunca trató de ser en la realidad una verdadera revolución política y social que quisiera transformar radicalmente el mundo. Y esas críticas (lo cual  es realmente muy significativo) provinieron tanto desde el socialismo burocrático de raíz estalinista, asustado por los acontecimientos de Praga, como de los sectores de la derecha liberal y de la socialdemocracia reformista que tenía como única meta política y social la consecución del estado de bienestar.                               
   Frente a estas interpretaciones blanqueadoras y reduccionistas que vuelven a pretender ser hegemónicas con motivo del actual cincuentenario de aquellos acontecimientos, se alza la voz de los que mantienen su interpretación de aquellos hechos revolucionarios como un intento frustrado de un cambio radicalmente transformador. Para ellos, aquel proceso  fue un acontecimiento global que se desarrolló en  numerosos países con causas diferentes, pero con un denominador común: el descontento producido por los efectos negativos del  declive en que comenzaba entrar, en esa década de los 60, aquella larga marcha triunfal del capitalismo tras la Segunda Guerra Mundial.
 Los escenarios de aquella crisis amenazante  fueron  múltiples: la ofensiva del Têt en Indochina, la Primavera de Praga, las revueltas estudiantiles con la famosa huelga general en Paris  secundada por los obreros y acompañada con la toma de fábricas, las manifestaciones en México, Estados Unidos, Alemania, Italia, Grecia, España, Pakistán….  Y específicas fueron  también en cada caso las causas que originaron aquellos estallidos revolucionarios de dimensión global. Sin duda, causas inmediatas diferentes, pero todas con un origen común: los efectos negativos que estaba originando la evolución del capitalismo surgido tras el conflicto bélico mundial tanto el  liberal  del mundo desarrollado como el capitalismo de Estado surgido del burocratismo estalinista del socialismo realmente existente en el Este.
  Entre esas causas específicas  que  originaron los distintos focos revolucionarios del 68 habría que mencionar los negativos efectos que para libertad política y cotidiana tuvieron las  dictaduras de izquierda y de derecha; las graves consecuencias que, tanto para los pueblos  que el neocolonialismo imperante en los sesenta intentaba someter como para las propias sociedades de las metrópolis imperialistas, originó la descolonización en marcha; la falta de libertad real, no formal, que dominaba  en las democracias occidentales, tanto como la ausencia de libertad formal y burocratización imperante en los regímenes del socialismo real; la segregación y el racismo imperantes que desencadenó la lucha por los derechos civiles en países como Estados Unidos y el descontento por la guerra de Vietnam; y, en fin, el ascenso creciente entre las mujeres de la conciencia del sistema patriarcal dominante o la de la sensibilidad ecológica nacida como consecuencia del impulso destructor del sistema capitalista industrial.
 Es claro, pues, que, para quienes interpretan el mayo de 68 desde esta perspectiva, aquellos sucesos se entienden como verdaderamente revolucionarios e, incluso, consideran que muchas de sus demandas siguen siendo todavía hoy vigentes en  la actualidad. Incluso muchas de las  intuiciones y protestas del 68 no sólo siguen presentes  hoy, sino que se han hecho todavía más acuciantes de modo que han sido el origen del  desarrollo y las luchas de los movimientos feminista y ecologista actuales. Y han hecho cada vez más generalizada la conciencia de la necesidad  de un cambio cultural, en el marco de una nueva realidad política, social y económica, que haga efectiva  una sociedad que valore y promueva la expresión de verdaderos sentimientos personales y valores colectivos de la sociedad ante el creciente  individualismo y uniformización social  que  genera el  actual capitalismo globalizado.               
       No es extraño, pues,  que, en  este nuevo aniversario, los que piensan el 68 como lo hemos analizado más arriba consideren todavía pertinente la redición de un libro como 1968. El mundo pudo cambiar de base  que fue publicado en el anterior aniversario de aquellos hechos revolucionarios. Libro cuyo contenido desarrolla un análisis bastante  completo de aquel proceso revolucionario a través de 16 artículos y dos apartados, de reducidas dimensiones. Capítulos y apartados que abarcan desde la visión de conjunto de aquel proceso revolucionara hasta las concretas  de los diferentes focos revolucionarios, con especial atención al caso español al que dedican una parte del libro con artículos  de Jaime Pastor, Manuel Gari y Miguel Romero.
  Estos, como los restantes 17 autores del libro (entre los que tenemos otros nombres tan conocidos como Tariq Alí, David Bensaid o Pierre Rousset), no hacen sus análisis desde una óptica académica propiamente dicha, sino desde el compromiso con los planteamientos de la izquierda radical, además de haber sido todos ellos verdaderos actores en aquellos acontecimientos revolucionarios. Al contrario que muchos de los que hoy escriben sobre mayo de 68,  estos  no  es que pasaran por allí, sino que fueron verdaderos protagonistas de aquellos acontecimientos.
     En fin, a pesar de los diez años transcurridos desde su primera edición, estamos todavía con este libro  ante uno de los análisis más completos del ciclo revolucionario del 68 con una interpretación de aquellos sucesos como una verdadera revolución que buscaba una transformación radical de la sociedad de su tiempo y cuyas demandas consideran  todavía hoy vigentes.
(PUBLICADO EN EL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA NUEVA ESPAÑA)
          
                         



      





FERNADO VII, EL REY FELÓN
                                 Julio Antonio Vaquero Iglesias  
   La biografía histórica  es, sin duda, un género de difícil factura. El historiador puede caer a veces en el error de  centrarse exclusivamente  en su personaje y no darle  la debida importancia al contexto histórico en que se mueve y en otras ocasiones proceder a  la inversa: ensombrecer al biografiado por poner excesivo énfasis en su tiempo histórico. Lo difícil es, sin duda, saber conjugar esos dos aspectos con un difícil equilibrio. Que el personaje biografiado quede, por una parte, individualizado en su pensamiento, actitud y obras y, por otra, que esos aspectos cobren todo su sentido  en el marco de la época y la sociedad que le tocó vivir.
En este caso (Fernando VII. Un rey deseado y detestado) , Emilio Laparra, catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Alicante, ha sabido conjugar bastante bien  esos dos planos al desarrollar la biografía del llamado  rey felón  y es por ello, sin duda, justo merecedor del XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Laparra ya había demostrado anteriormente con su biografía sobre Godoy su gran capacidad para este difícil  género historiográfico. Lo cierto es que  tanto el padre ahora con esta obra de La Parra, como su hija Isabel II, con la biografía que le dedicó Isabel Burdiel de hace unos años, han sido objeto de dos excelentes análisis biográficos.
La verdad es que la caracterización que realiza nuestro historiador del personaje deja, incluso, por los suelos la imagen horrenda  que nos había venido transmitiendo del rey la historiografía liberal, con una diferencia, y es que el autor  demuestra   con su minucioso  análisis documental y bibliográfico de la actuación política y personal del rey que fue un personaje astuto, maniobrero, con cierta inteligencia práctica, pero con escasa capacidad intelectual, pero desde luego sin ningún valor moral.  La figura que  emerge de este análisis biográfico  es la de un Fernando VII  que en lo personal  es un personaje rastrero, sin palabra, mal hijo, campechano, amigo de los chistes y de las burlas populares que disfruta con los miembros de su camarilla. Su propia madre le caracterizó, y tenía motivos y conocimientos para ello, de la manera siguiente: “Mi hijo es de muy mal corazón, su carácter es sanguinario, jamás ha tenido cariño a su padre y a mi….”.
 Si en lo personal, no fue, desde luego, un dechado de virtudes, en lo político fue un golpista consumado; forzó la abdicación de su padre Carlos IV a su favor  en el motín de Aranjuez  e inició una política populista con una sanguinaria persecución de Godoy  y sus seguidores Animado por Napoleón dio  otro golpe de estado a su vuelta del cautiverio (¿?) de  Valençay el  4 de mayo de 1814, contra el régimen liberal de Cádiz. Y volvió a las andadas en el Trienio liberal apoyando la invasión de los ejércitos de Angulema
La  política contra sus enemigos siempre fue la  de la represión sin piedad. Primero, con la abdicación forzada de su padre en  1808, la ejerció contra Godoy y sus amigos (paradójicamente a Jovellanos que no comulgaba ni remotamente con sus planteamientos políticos, lo puso en libertad de su forzado exilio de Mallorca por haber sido Godoy y la  reina  los responsables del mismo y no como reparación de la injusticia cometida con él). La llevó  a cabo después contra los  liberales a los que encarceló, fusiló u obligó a  irse al exilio político, promoviendo la primera ola de refugiados políticos de la historia contemporánea de España. E, incluso, esa represión la ejerció contra su propio pueblo (aquel que le aclamaba como el Deseado) cuando las manifestaciones populares no secundaban sus propósitos. Y en muchas ocasiones  la ejerció con suma cautela procurando buscar las coartadas precisas y los hombres de paja adecuados  para que no le pudiese atribuir a su persona real y así quedase exonerado de su responsabilidad. Tras su vuelta de Francia, como instrumentos de esa represión y control social, Fernando VII restauró la Inquisición que había sido abolida en las Cortes de Cádiz y permitió el regreso de la Compañía de Jesús para imponer la ortodoxia ultracatólica. 
 En fin, por si faltaba algo en este catálogo de iniquidades, Fernando  VII fue un verdadero traidor a su patria.  La Parra llega a enumerar y analizar las  ocasiones en que, en Valençay, el Príncipe de Asturias renegó de España: desde su intento de pasar a formar parte de la familia de Napoleón y reconocerle  pública y notoriamente como “nuestro augusto soberano” hasta felicitarlo por las victorias que las fuerzas invasoras francesas obtenían en suelo español, pasando por otras varias. No es de extrañar que ninguno de los varios planes de evasión que desde el inicio de su “prisión” palaciega francesa  se intentaron desde España e Inglaterra para liberarlo, fuera secundado por el Príncipe de Asturias y los infantes. Con lo que su liberación y vuelta a España hubiesen supuesto para el estímulo de los ejércitos españoles en su lucha contra el invasor francés.
 Que Fernando VII, dejando aparte su etapa de monarca constitucional a la fuerza en el Trienio liberal, no restableció la monarquía absoluta de sus antecesores, sino un régimen de poder personal ya lo sabíamos por Artola, Fontana y otros, pero La Parra en este libro le da una nueva vuelta de tuerca a esta característica principal de su monarquía con un análisis pormenorizado de su funcionamiento a lo largo del tercio de siglo que duró  su complejo reinado. Ese carácter personal  de su poder que anulaba  los limitados contrapesos que sustentaban la monarquía absoluta tradicional ya lo había esbozado en aquella breve etapa en que en Aranjuez consiguió la abdicación forzada de Carlos IV y lo continuó después a su vuelta del “cautiverio” francés en que comenzó no cumpliendo su promesa de convocar a las Cortes y llevó a cabo la primera ola de represión contra los liberales de Cádiz. Y lo consumó  en el llamado sexenio absolutista tras la caída de los liberales en el Trienio
 Los organismos tradicionales de gobierno de la monarquía absoluta  fueron sustituidos por un grupo de consejeros  privados  que ostentaba el verdadero poder en la monarquía mientras  los gobiernos nombrados por el rey apenas tenían su confianza y sus componentes eran despedidos frecuentemente sin motivos aparentes e, incluso, algunos de ellos desterrado o condenado a prisión. El verdadero núcleo de poder estaba en  los componentes de ese consejo privado. Pero también en lo que se llamó  después por la historiografía liberal “la camarilla” aquel conjunto de personajes (los más notables fueron, sin duda, el duque de Alagón y Chamorro cuya profesión inicial había sido la de barrendero de palacio)  que poblaba su antecámara y no sólo le adulaba, reía sus gracias y  le acompañaban en sus salidas nocturnas por Madrid en sus aventuras y devaneos amorosos extraconyugales que le costaron incluso algunos graves  disgustos con la real consorte, sino que fue, sobre todo, un verdadero grupo de presión que le influía políticamente  e incluso intervenía  en los negocios de estado.
    Si a todo lo anterior, le añadimos la pérdida de  nuestro  imperio colonial americano en la que  Fernando VII jugó también  un papel negativo importante, como analiza La Parra, es fácil comprender la conversión de España durante su reinado de gran imperio  en una pequeña potencia de segundo orden en el concierto internacional de la  época.
  En fin, no es fácil predecir (ni los críticos ni los historiadores pueden predecir el futuro) si ésta será o no  la biografía definitiva de Fernando VII. Pero parece fuera de toda duda que  los posibles  estudios que le sucedan tendrán, sin duda, que contar con ella.
          


viernes, 18 de mayo de 2018


          
    



         LA VIGENCIA DE MARX (SIN …ISMOS)
                                             JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
 La conmemoración  del bicentenario del nacimiento de Karl  Marx  es, sin duda, una propicia  ocasión  para  revisitar su figura y su pensamiento  y tratar de establecer si su obra  es ya solamente  carne de las historias de la filosofía, la economía, la historiografía y  las ciencias sociales o si  todavía sus propuestas tienen cierta vigencia en los momentos actuales en que parece cada vez más claro que estamos ante un imparable cambio de  época.  Me refiero a una vigencia  entendida como algo que  supere  la que pueda tener  el pensamiento de un clásico,  esto es, que no solo nos interpele hoy o nos oriente  sobre nuestros problemas actuales, sino que  vaya más allá y en sus planteamientos se encuentren todavía elementos pertinentes y útiles  para poder  entender y transformar el mundo en que vivimos, como  pretendió  hacer Marx.      
   Desde las posiciones ideológicas de la derecha y del pensamiento neoliberal es claro que el  pensamiento marxiano, como el de los marxismos posteriores, es rechazado no solo por sus supuestos  errores teóricos, sino también por las negativas consecuencias que para sus intereses y para sus valores causaron (además de la víctimas que originaron) los regímenes marxistas  que se derivaron de las premisas del pensamiento marxiano. Marx no es para ellos, pues, sólo un clásico negativo, sino el creador de un pensamiento  radicalmente equivocado e inaceptable. 
   Los que participan de esa perspectiva ideológica y política –la del pensamiento de derecha y liberal- entienden, sin duda, que el  hundimiento y final del Imperio soviético, ha sido la demostración inapelable de la falsedad e inconsistencia  de los planteamientos teóricos del pensamiento de Marx. Pero también defienden además  que ese trascendental colapso histórico no es sino también  la prueba definitiva de que el capitalismo es el sistema económico idóneo para el desarrollo de la Humanidad. Desde luego, esos argumentos no sólo  no distinguen entre el pensamiento de Marx (quien, por cierto, siempre mantuvo que él nunca había sido marxista), y el de los marxismos posteriores, sobre todo, el de la vulgata que se  desarrolló y difundió como un catecismo entre  la población de la Unión soviética. Sino que también, con gran incongruencia lógica, coligen que la inviabilidad del sistema soviético es a la vez  la prueba de las bondades teóricas y prácticas del sistema capitalista.
  Sin embargo, la realidad es que ante nuestros ojos  se está desarrollando una gran paradoja, aunque sólo sea aparente. El final “del socialismo realmente existente” está  originando, en cambio, un interés creciente por el  pensamiento marxiano. Interés que está ligado, sin duda, a  los efectos negativos de empobrecimiento y desigualdad social que en las clases populares y medias está causando la Gran Recesión, una más de las crisis económicas (en este caso,  la más profunda, con la del 29, que ha sufrido el capitalismo) que Marx dedujo que necesariamente iría desencadenando en su desarrollo el sistema capitalista.             
 Sin duda, el pensamiento marxiano es hijo de su tiempo y la  concepción de Marx de la filosofía, la economía y la historia adolece de limitaciones  y debilidades, inexactitudes  y hasta de errores  y  no es posible hoy validarlo en su unidad  como ciencia en sentido estricto. Pero presenta y desarrolla un conjunto de intuiciones, conceptos, categorías  y teorías que siguen teniendo  validez  hoy  como instrumentos para el análisis científico  de la economía, la historia, la filosofía y otras ciencias sociales. Y de hecho  ese repertorio sigue siendo utilizado actualmente  por muchos  historiadores, científicos sociales, filósofos y economistas en sus  planteamientos.
 Y si hay que destacar por su vigencia ciertos elementos de su pensamiento, estos son, sin duda, los que  constituyen su análisis crítico del capitalismo realmente existente de su tiempo que excluía  del bienestar social a una gran parte de la sociedad. Esos elementos explicativos  pueden seguir siendo utilizados todavía  hoy para describir y analizar también  algunos de los rasgos fundamentales de la actual forma del capitalismo globalizado financiero que padecemos. Entre otros,  la consideración de las crisis económicas como un elemento sistémico del  desarrollo del capitalismo, la explotación económica de los de abajo  y la lucha de clases consecuente, aunque ahora sea ésta más plural y compleja al incorporar una variedad de sujetos y demandas. O la tendencia inexorable a la  expansión mundial del sistema a través del comercio y las finanzas. Análisis este último, por cierto,  que hace de Marx uno de los primeros teóricos del proceso de la globalización económica actual. O, en el marco de su teoría de las ideologías, el efecto alienador, cosificador que este sistema económico genera, y sigue aún hoy generando, sobre las personas  para conseguir la reproducción y la aceptación del sistema.
  Pero del pensamiento marxiano hay que rescatar hoy también su componente ético. Su consideración de la igualdad como uno de los valores supremos del hombre, su crítica a la exclusión de la riqueza social de una gran parte de la población que origina el capitalismo y su propuesta de emancipación  de los desposeídos a través de la lucha social y política.
      En fin, lo cierto es que, aunque son muchos los  que desean ver a Marx encerrado en el arcón de la historia para siempre, es paradójicamente   el propio capitalismo en su despliegue continúo de riqueza concentrada en unos pocos y de desigualdad y pobreza para muchos quien  nos lo hace recordar de  continúo

(PUBLICADO EN EL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA NUEVA ESPAÑA, DE OVIEDO




             



     1968: EL AÑO QUE PUDO CAMBIAR EL MUNDO
                                JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
      El cincuenta aniversario de la denominada revolución de Mayo de 1968 no parece estar aportando ninguna novedad editorial destacada en el análisis de aquellos  acontecimientos. No es sólo que los libros publicados sean sobre todo escritos testimoniales, en muchos casos de los que ni siquiera estuvieron en París en aquel mayo caliente en el que  se podía encontrar la playa bajo los adoquines o los universitarios, no sólo de Paris, sino también de México y hasta de los campus de Estados Unidos, España, Italia, Alemania, Grecia y otros trataban de llevar la imaginación al poder tratando de romper no sólo con la realidad política existente sino también  con  los modos de vivir con aquel mundo surgido tras la ola de prosperidad capitalista de la que el mundo desarrollado gozó tras la Segunda Guerra Mundial y que comenzaba a cuartearse en la década de los  sesenta.
  No sólo, pues, no parece hallarse ninguna novedad importante en esta literatura reciente del 68, sino que, además, en muchos de los análisis publicados en estos últimos meses da la impresión que lo que tratan la mayoría de ellos no es sino blanquear aquella etapa revolucionaria, limitando su significado a un movimiento  de carácter  romántico y al margen de la realidad llevado a cabo por estudiantes franceses, mexicanos, norteamericanos o del resto del mundo desarrollado que protestaban y luchaban por una  revolución sin causa justificada viviendo como vivían en sociedades de un alto  nivel de vida en las que no sólo sus necesidades vitales estaban cubiertas sino que, además, como miembros de familias de la burguesía o de las capas más elevadas de las clases medias, tenían por delante  un halagüeño futuro con la posibilidad instalarse en buenas condiciones en sus respectivas sociedades.
En realidad, se ha dicho y se vuelve a repetir en estos días (y esto tiene, sin duda, un punto de verdad, pero que limitado sólo a ello no deja de ser sino un reduccionismo) que aquellos acontecimientos no fueron sino solo una  revolución cultural que trató de hacer realidad los valores de los sentimientos  equiparándolos con los de la racionalidad instrumental imperante. Que en resumidas cuentas -dicen los que así interpretan mayo del 68- que aquella explosión revolucionaria solo fue flor de un mes y nunca trató de ser en la realidad una verdadera revolución política y social que quisiera transformar radicalmente el mundo. Y esas críticas (lo cual  es realmente muy significativo) provinieron tanto desde el socialismo burocrático de raíz estalinista, asustado por los acontecimientos de Praga, como de los sectores de la derecha liberal y de la socialdemocracia reformista que tenía como única meta política y social la consecución del estado de bienestar.                               
   Frente a estas interpretaciones blanqueadoras y reduccionistas que vuelven a pretender ser hegemónicas con motivo del actual cincuentenario de aquellos acontecimientos, se alza la voz de los que mantienen su interpretación de aquellos hechos revolucionarios como un intento frustrado de un cambio radicalmente transformador. Para ellos, aquel proceso  fue un acontecimiento global que se desarrolló en  numerosos países con causas diferentes, pero con un denominador común: el descontento producido por los efectos negativos del  declive en que comenzaba entrar, en esa década de los 60, aquella larga marcha triunfal del capitalismo tras la Segunda Guerra Mundial.
 Los escenarios de aquella crisis amenazante  fueron  múltiples: la ofensiva del Têt en Indochina, la Primavera de Praga, las revueltas estudiantiles con la famosa huelga general en Paris  secundada por los obreros y acompañada con la toma de fábricas, las manifestaciones en México, Estados Unidos, Alemania, Italia, Grecia, España, Pakistán….  Y específicas fueron  también en cada caso las causas que originaron aquellos estallidos revolucionarios de dimensión global. Sin duda, causas inmediatas diferentes, pero todas con un origen común: los efectos negativos que estaba originando la evolución del capitalismo surgido tras el conflicto bélico mundial tanto el  liberal  del mundo desarrollado como el capitalismo de Estado surgido del burocratismo estalinista del socialismo realmente existente en el Este.
  Entre esas causas específicas  que  originaron los distintos focos revolucionarios del 68 habría que mencionar los negativos efectos que para libertad política y cotidiana tuvieron las  dictaduras de izquierda y de derecha; las graves consecuencias que, tanto para los pueblos  que el neocolonialismo imperante en los sesenta intentaba someter como para las propias sociedades de las metrópolis imperialistas, originó la descolonización en marcha; la falta de libertad real, no formal, que dominaba  en las democracias occidentales, tanto como la ausencia de libertad formal y burocratización imperante en los regímenes del socialismo real; la segregación y el racismo imperantes que desencadenó la lucha por los derechos civiles en países como Estados Unidos y el descontento por la guerra de Vietnam; y, en fin, el ascenso creciente entre las mujeres de la conciencia del sistema patriarcal dominante o la de la sensibilidad ecológica nacida como consecuencia del impulso destructor del sistema capitalista industrial.
 Es claro, pues, que, para quienes interpretan el mayo de 68 desde esta perspectiva, aquellos sucesos se entienden como verdaderamente revolucionarios e, incluso, consideran que muchas de sus demandas siguen siendo todavía hoy vigentes en  la actualidad. Incluso muchas de las  intuiciones y protestas del 68 no sólo siguen presentes  hoy, sino que se han hecho todavía más acuciantes de modo que han sido el origen del  desarrollo y las luchas de los movimientos feminista y ecologista actuales. Y han hecho cada vez más generalizada la conciencia de la necesidad  de un cambio cultural, en el marco de una nueva realidad política, social y económica, que haga efectiva  una sociedad que valore y promueva la expresión de verdaderos sentimientos personales y valores colectivos de la sociedad ante el creciente  individualismo y uniformización social  que  genera el  actual capitalismo globalizado.               
       No es extraño, pues,  que, en  este nuevo aniversario, los que piensan el 68 como lo hemos analizado más arriba consideren todavía pertinente la redición de un libro como 1968. El mundo pudo cambiar de base  que fue publicado en el anterior aniversario de aquellos hechos revolucionarios. Libro cuyo contenido desarrolla un análisis bastante  completo de aquel proceso revolucionario a través de 16 artículos y dos apartados, de reducidas dimensiones. Capítulos y apartados que abarcan desde la visión de conjunto de aquel proceso revolucionara hasta las concretas  de los diferentes focos revolucionarios, con especial atención al caso español al que dedican una parte del libro con artículos  de Jaime Pastor, Manuel Gari y Miguel Romero.
  Estos, como los restantes 17 autores del libro (entre los que tenemos otros nombres tan conocidos como Tariq Alí, David Bensaid o Pierre Rousset), no hacen sus análisis desde una óptica académica propiamente dicha, sino desde el compromiso con los planteamientos de la izquierda radical, además de haber sido todos ellos verdaderos actores en aquellos acontecimientos revolucionarios. Al contrario que muchos de los que hoy escriben sobre mayo de 68,  estos  no  es que pasaran por allí, sino que fueron verdaderos protagonistas de aquellos acontecimientos.
     En fin, a pesar de los diez años transcurridos desde su primera edición, estamos todavía con este libro  ante uno de los análisis más completos del ciclo revolucionario del 68 con una interpretación de aquellos sucesos como una verdadera revolución que buscaba una transformación radical de la sociedad de su tiempo y cuyas demandas consideran  todavía hoy vigentes.
(PUBLICADO EN EL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA NUEVA ESPAÑA)
          
                         








PACTAR EL DESACUERDO
                                  JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS
 Como es sabido, este libro (Empantanados. Una alternativa federal  al soviet carlista, 2018 )  del sindicalista y político catalán Joan Coscubiela tiene su origen en su notable intervención en el pleno del Parlament de Cataluña como portavoz del grupo parlamentario Catalunya Sí que es  Pot ( CSQEP) los días 6 y 7 de septiembre de 2017 en los debates de la Ley del Referéndum y la Ley de Transitoriedad Jurídica  y Fundacional de la República. Debates en los que nuestro político denunció ante el Pleno la conculcación de los  derechos de las minorías y la ilegalidad de las propuestas del catalanismo unilateralista ganándose el aplauso del bloque constitucionalista y de los miembros de su grupo parlamentario.
  Alguien podría pensar que su contenido no es sino una justificación  de las posiciones discordantes que en el Parlament mantuvo su grupo parlamentario (que se autodenominó expresivamente como “la patrulla nipona”) durante los cuatro duros meses finales  tanto con los grupos constitucionalistas como con los independentistas, defendiendo una tercera posición; la de la equidistancia, pero no la neutralidad, ante el problema de la independencia de Cataluña sobre el que giraron sus debates.
 Pero eso es así sólo en cierta medida.  La primera parte del libro  sí está dedicada a explicar, más que justificar o ajustar cuentas, la posición de su grupo parlamentario  en  aquel enfrentamiento entre el bloque del independentismo unilateral, con su bochornoso intento de  aplicación del rodillo parlamentario para conseguir la desconexión con el Estado español y fundar  una república catalana, y la reacción represora, recentralizadora y exclusivamente judicial del nacionalismo españolista del Gobierno del PP jaleado por el de Ciudadanos. Pero más allá de esa explicación la segunda y tercera parte del libro -que creo  serán las que más interesen a los lectores, sobre todo, a los no catalanes- desarrollan un profundo, agudo y bien articulado análisis de las causas y naturaleza del movimiento independentista catalán y de cuáles pueden ser las soluciones  posibles que deben adoptarse para poner remedio a la que ya es la más grave crisis del Estado español desde el inicio de la democracia
 La tesis central del análisis de  Coscubiela es la de que la causa de esa ola nacionalista que amenaza con anegar toda Cataluña y llevarse por delante  a  la Autonomía catalana y al Estado español  tal y como lo conocemos hoy, no está sólo en las malas prácticas de la política autonómica seguidas desde la Transición  por los gobierno del PP, los de Aznar y Rajoy, que siempre han buscado por ideología y por táctica electoral abortar el profundo e histórico  deseo de  autogobierno de los catalanes y avanzar en cambio por el camino de la recentralización, sino que el movimiento independentista en Cataluña tiene también su origen en los negativos y limitantes efectos que para la soberanía política de los ciudadanos está originando la globalización económica producida por el capitalismo financiero mundial que nos domina.
  En efecto, la  soberanía política empieza a estar sujeta a los intereses de los mercados globales. Y si la política ya no sirve para embridar a la economía y se está convirtiendo en un poderoso factor de la uniformización del modo de vida y de pérdida de la identidad, es explicable que tal situación esté también en el origen de esta nueva oleada del nacionalismo catalán que está poniendo en jaque al Estado español. Oleada que no ha adoptado desgraciadamente las fórmulas del nacionalismo catalán inclusivo que defendieron las izquierdas nacionalistas catalanas durante su lucha contra el franquismo, sino las del nacionalismo identitario y excluyente del nacionalismo romántico decimonónico que, en algunos sectores, llega a decir Coscubiela, y así lo apunta en el subtítulo de su libro, no es sino un nuevo reverdecimiento de las posiciones del carlismo catalán tradicional que el autor denomina como neocarlismo.
  Ese nacionalimo ha adoptado para conseguir sus objetivos la estrategia de un unilateralismo que rompe con los principios democráticos y ha llevado  a Cataluña a un callejón sin salida, a “un empantanamiento” del que puede costar hasta décadas salir. Estamos, pues, dice el autor, ante un  nacionalismo unilateral que parafraseando a Lenin, no es sino la fase superior del procesismo y la enfermedad infantil del independentismo
  A partir de ese diagnóstico, el político catalán propone los remedios que habría que tomar para reconducir la lamentable situación a que nos han llevado tanto las propuestas del movimiento catalanista actual como la reacción represora, inflexible del Gobierno del PP y el centralismo a ultranza que defiende Ciudadanos.
 Para Coscubiela, desde el reconocimiento del derecho a decidir del pueblo catalán y la legalidad constitucional de un posible referéndum en Cataluña, la solución cabal sería una reforma constitucional que constituyera al Estado español como un estado federal asimétrico en el que las naciones como Cataluña tuvieran su pleno reconocimiento, pero sin que eso supusiera en ningún caso la implantación de cualquier clase de desigualdad entre territorios porque una cosa es la desigualdad y otra la diversidad. Y para poder mantener la autonomía de la política frente a la nefasta influencia de  globalización económica apostar por  la Unión  Europea como  espacio político territorial en el que reconstruir la soberanía de la ciudadanía  frente a los mercados.
 Claro es que este objetivo no es cosa de un día,  requiere un largo trayecto y aparece salpicado de numerosas dificultades. Por ello Coscubiela propone, con el sentido práctico del  buen sindicalista y el realismo y  sentido común del seny catalán,  ir avanzando, para salir del empantanamiento actual en que se encuentra  el conflicto en Cataluña a través de lo que él denomina microsoluciones. Como, por ejemplo, aprovechar los márgenes que ofrece la reforma del sistema financiero autonómico para remediar los problemas financieros de la Autonomía catalana o dar un mayor  protagonismo ideológico y político al conflicto social y económico frente a la única cuestión del problema de la independencia.
  Y todo ello debe comenzar por hacer entender a catalanes y españoles, contando para ello con la acción y apoyo de los medios de comunicación ( al contrario del papel que   han tenido hasta  hoy,  que no ha sido sino la  de ser máquinas de  crear hooligans por ambos bloques por lo que les denomina irónicamente  como División Brunete y  División Ítaca),  que la solución no está en la victoria de uno sobre el otro, la del constitucionalista sobre la del nacionalismo unilateral catalán o la inversa, sino por propiciar  la emergencia de otro tercer bloque que hoy mantiene una actitud de equidistancia ante el conflicto, pero no de  neutralidad. Y a partir de ello  Coscubiela, como experimentado sindicalista que ha sido, propone comenzar por lo que parece más razonable: pactar el desacuerdo.    
 El autor  manifiesta varias veces a lo largo de las páginas de su libro su temor de que su contenido nazca ya superado por los  venideros acontecimientos, dado el curso vertiginoso que éstos están teniendo en la crisis catalana. Puede estar tranquilo. La madurez, fineza y detalle de sus análisis (a veces hasta excesivamente prolijos) lo convertirá, sin duda, entre  la profusa bibliografía de variado valor y pelaje ideológico y político que está generando la crisis catalana, en un libro de  obligada  lectura. 
(Publicado en suplemento Cultural de La Nueva España)
                   


sábado, 14 de abril de 2018










  DAVID, RUIZ, HISTORIADOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO
                                   JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS.
La conmemoración este año del cincuenta aniversario de la publicación del libro del historiador y catedrático David Ruiz,  La historia del movimiento obrero en Asturias, es, sin duda, una ocasión oportuna para  repasar, aunque solo sea someramente, la importante labor que David ha desarrollado como historiador y como profesor universitario.  
  Como historiador  su labor  se ha caracterizado por  una profunda  coherencia  investigadora. David, procedente  del Cuerpo de Catedráticos de Instituto, tuvo su primer destino en el Instituto de Algeciras desde donde se trasladó al Instituto de LLanes  y, finalmente, pasó al Instituto Femenino de Oviedo (hoy Instituto Aramo)  para terminar como profesor encargado  de la cátedra  de Historia contemporánea de la Universidad de Oviedo y final y sucesivamente ocupar las plazas de profesor adjunto y catedrático de esa asignatura en nuestra universidad. Su llegada a Asturias no fue fruto del azar de un traslado, sino que estuvo determinada por su interés como investigador de la Revolución del 34 en Asturias. Pero para proceder  a su estudio era necesario conocer en profundidad los antecedentes  y consecuencias de ese proceso revolucionario que puso a Asturias, más que el mito de Covadonga, en el escenario mundial. De ahí la dedicación de su pionera tesis, dirigida por don Juan Uría, al estudio del origen y desarrollo del movimiento obrero en Asturias, como paso previo para un análisis en profundidad de la Revolución del 34. Su tesis fue publicada en 1968, con el título de El movimiento obrero en Asturias. De la industrialización a II República. ...
 Fue, sin duda, un estudio pionero porque en aquellos años la historia dedicada en España al estudio de los de abajo, de las clases populares y trabajadoras apenas si tenía algunas muestras en nuestra historiografía. Pero también y, sobre todo, fue un estudio con profundas implicaciones políticas, porque, en aquellos momentos de duro combate contra la dictadura franquista en el que los obreros asturianos estaban teniendo un papel decisivo, el conocimiento de la historia de las organizaciones obreras y de su lucha histórica era un factor  para su concienciación como clase y, por tanto, una motivación más  para la que estaban llevando a cabo en aquellos momentos.  
 Pero, el interés historiográfico de David siguió estando dominado por el conocimiento en profundidad del proceso revolucionario de 1934, al que dedicó numerosos trabajos posteriores, incluido el que presentó para su oposición a la cátedra de Historia contemporánea de la Universidad de Oviedo y fue publicado  posteriormente como Insurrección defensiva y revolución obrera. El Octubre español de 1934 que culminaron en su estudio definitivo Octubre de 1934. Revolución en la República española.     
   Esa coherencia investigadora está también presente en su labor como responsable del Departamento de Historia contemporánea de la Universidad de Oviedo desde el que  planificó y promovió numerosas tesis y tesinas (42 tesinas y 15 tesis doctorales hasta 2002 según el Diccionario Akal de Historiadores españoles contemporáneos) dedicadas  a la investigación de la historia contemporánea de Asturias tratando cubrir con ellas los diversos aspectos apenas tratados  hasta entonces en nuestra historia regional referidos a su evolución política, económica, social y cultural. E, incluso, como demostración del conocimiento  que tenía de los nuevos temas y corrientes historiográficas que se estaban introduciendo en España en aquellos años, también dedicó la  atención de los trabajos de algunos de sus discípulos a campos más novedosos como  la historia de las mentalidades desde la perspectiva metodológica del materialismo histórico en la línea que era ejercitada en aquel tiempo por un historiador de izquierdas de la talla del francés Michel Vovelle.
   Su metodología basada en una historia social que empleaba el aparato conceptual del materialismo histórico y su posición política ideológica como miembro del PCE  le trajeron muchos problemas, como por ejemplo, el no ser renovado por orden gubernativa su contrato como encargado de la cátedra de Historia contemporánea de la Universidad de Oviedo o la suspensión y retirada de su versión de la Historia contemporánea de Asturias en el tomo correspondiente de la Historia de Asturias de la editorial Ayalga por razones ideológicas. Suspensión, por cierto, que fue finalmente invalidada por los tribunales. En su  defensa y apoyo  tuvo David  a historiadores de la talla de  Manuel Tuñón de Lara y Juan José Carreras Ares.
Como profesional de la enseñanza universitaria, David siempre ha destacado como un excelente transmisor  de conocimientos, sino también por ser un profesor profundamente identificado con sus alumnos con los que siempre ha sabido establecer  una sincera y profunda relación de amistad y cordialidad nacida de la auctoritas y  y no de la potestas. Con los que realizaban bajo su dirección  sus tesinas y tesis su apoyo era siempre sin límites. En mi caso, por ejemplo, que hice una tesis doctoral bajo su dirección cuya bibliografía era, sobre todo, de origen francés y no estaba publicada en España, nunca puso ningún reparo para que el Departamento cubriera los elevados gastos que  suponía su adquisición y nunca me faltó su apoyó y estímulo en los momentos de desfallecimiento  y desánimo por los que pasa todo tesitando. Nunca me preguntó por mi ideología y siempre respetó mi  modo concreto de enfocar la investigación, además de solventarme todas  mis dudas y necesidades de investigación La consecuencia de esa actitud era, como hemos dicho, que, al final, sus alumnos terminábamos estableciendo con él una relación de amistad, más que de profesor y alumno.
Otro rasgo  que siempre ha destacado en esa labor profesoral de David, al contrario de lo que era y en cierta medida sigue siendo habitual en nuestra Universidad, es el no haber practicado la endogamia en la elección de sus alumnos de posgrado. Es más, si ha tenido inclinación hacia alguna clase de ellos, ha sido  hacia los profesores provenientes de los cuerpos de Profesores de Enseñanza Media que querían hacer sus tesis y tesinas Apoyo quizás motivado por su procedencia profesional de esos cuerpos y, sobre todo, por  la ausencia en él de cualquier clase de espíritu corporativo.
Sin duda, el libro cuya edición  conmemoramos este año tuvo una importante implicación historiográfica y política, pero también por ser el preámbulo de un largo, fructífero  y coherente ejercicio de su labor profesional, intelectual y política.   
     (PUBLICADO EN EL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA NUEVA ESPAÑA, DE OVIEDO)